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'INDIGNACIÓN' DESNORTADA

El enemigo equivocado

Muchos jóvenes españoles se sienten indignados. Sufren un altísimo nivel de desempleo y unos cuantos millares se han lanzado a las calles a protestar. Algunos piden una huelga general. Curioso remedio. Algo así como cortarse la pierna para aliviar el dolor de un juanete.

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Los indignados estiman que les han fallado la sociedad y el Estado. Casi no hay puestos de trabajo, y los que hay suelen estar mal remunerados. ¿Por qué? Sólo tenemos una respuesta razonable: porque no existen suficientes empresas exitosas que generen beneficios, inviertan y creen empleo. Si existieran, y si esas empresas fueran tecnológicamente avanzadas y competitivas, tendrían que pagar salarios altos para conservar a sus trabajadores. Eso es lo que sucede, por ejemplo, en Alemania, Suiza o Dinamarca. En esos países no pagan mucho porque las leyes así lo indiquen, sino porque producen lo suficiente para poder hacerlo.

Los jóvenes españoles (y los griegos, y los portugueses) han identificado bien el síntoma, pero se equivocan en la solución. Si entendieran realmente el origen de sus quebrantos estarían pidiendo medidas que favorecieran la acumulación de capital, las transferencias tecnológicas, la apertura y flexibilización del mercado, la reducción de la carga social que pesa sobre el empleador y lo disuade de contratar nuevos trabajadores, la ampliación de los horarios y del calendario dedicado al comercio, la reducción de la carga fiscal y una mejor formación académica, para que el sistema educativo sea capaz de fomentar el capital humano adecuado.

Si comprendieran cómo aliviar sus penas estarían estimulando una atmósfera en la que germinasen los ciudadanos emprendedores, pidiendo al Estado y a las cámaras de comercio facilidades para crear empresas: brindando asesoría técnica, adiestramiento laboral, acceso a locales comerciales y oficinas en condiciones privilegiadas durante el periodo de despegue e información sobre oportunidades económicas; eliminando trabas burocráticas y reduciendo sustancialmente los costes de lanzamiento de cualquier iniciativa empresarial. Si el problema radica en que no hay suficientes empresas, ¿no es obvio que la solución estriba en conservar las que hay y crear las que se necesitan a la mayor velocidad posible?

Si los jóvenes (y los no tan jóvenes) indignados fueran capaces de pedir al gobierno las medidas que se requieren para superar la crítica situación económica y mejorar el clima laboral, insistirían en que se reduzca el gasto público para que los intereses de la deuda no devoren los recursos fiscales y se pueda emplear ese dinero en crear infraestructuras necesarias para el conjunto de la población; en que se controle la inflación para que el sueldo de los trabajadores no pierda progresivamente valor adquisitivo; en que no se asignen subsidios arbitrariamente, porque el dinero con que se premia a unos suele gastarse en detrimento de otros igualmente necesitados; en que se vigile la corrupción y el dispendio y en que se creen sistemas rápidos y justos de arbitraje para solucionar los inevitables conflictos que surgen en el desempeño de las actividades económicas.

Carece de sentido exigir u ofrecer un puesto de trabajo como si fuera un derecho. Esas son chácharas demagógicas de los políticos en periodos electorales. Los empleos estables se crean cuando se descubre una oportunidad de satisfacer cierto intercambio que generará algún beneficio al que compra y al que vende. Este fenómeno sólo ocurre en el seno de las empresas, terreno en el que España y América Latina tienen un enorme déficit. Tampoco es razonable pedir a gritos y con amenazas que otros se esfuercen y arriesguen su patrimonio para crear empresas con el objeto de dar trabajo a quienes desprecian a los empresarios.

El debate, en suma, debe centrarse en esta cuestión esencial: ¿por qué España y otras naciones del sur de Europa no han sido capaces de crear un tejido empresarial variado y poderoso? Los grandes países del planeta –que no lo son necesariamente por sus dimensiones, por su población o por su poderío militar– se caracterizan por haber logrado desarrollar un denso y competitivo aparato productivo: ¿por qué Portugal, España, Grecia (y toda América Latina) no han logrado algo parecido a lo que observamos en las naciones escandinavas, Austria, Alemania, Holanda, Israel y otra media docena de pueblos laboriosos dotados de economías más sólidas que las que encontramos en algunos países del sur de Europa?

Desgraciadamente, no es este enfoque el que vemos entre los indignados. Suelen creer que el problema es por los excesos negativos del capitalismo y no por lo que realmente sucede: la debilidad tradicional del capitalismo empresarial en ciertas zonas del mundo como consecuencia, probablemente, de comportamientos negativos fuertemente arraigados en la cultura. Sería muy útil que quienes protestan en las calles y plazas españolas dirijan su indignación al sitio adecuado. Me temo que no lo harán.

 

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