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DE IRÁN A VENEZUELA

El fin siempre justifica los medios

Por si aún alguien no lo hubiera pillado, el lujo de clichés que acaban de regalarnos los medios de comunicación sucesiva e indistintamente a propósito de Irán, Michael Jackson y Honduras debería bastar, de una vez por todas, para desambiguar el latiguillo: el fin justifica los medios.

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Lo de menos es que la revuelta callejera en Teherán haya pasado, en menos de dos semanas, de titulares de portada a página 11 (y que no se quejen los opositores a Ahmadineyad, caray, que encima los sacamos en página impar), barrida por la halitosis, más que por el viento, que sopla desde Los Ángeles. Este Eolo de tres al cuarto es un clásico del poder de cuatro cuartos, antiguamente cuarto a secas. Reza: if you can't beat them, join them. Them, por cierto, es un it: la actualidad. Una dama (es un decir) que va por ahí paseándose en cueros. Para llamar la atención, claro, que si no lo tendría crudo.

Tampoco importa mucho que el tratamiento informativo que haya recibido o esté recibiendo la actualidad iraní, ya ajada, o la hondureña –que desde ya mismo debería poner sus pétalos a marchitar– tenga más de comodona adaptación a nuestros viejos mitos y cuentos populares que de voluntad de reflejar, con un poco de honestidad y conocimiento de causa, realidades que no encajan forzosamente en ese cartabón. Se nos ha dicho de todo sobre la revuelta teheraní: que es un clon de Tian An Men, que representa al sector "reformista" de la sociedad en pugna con los clérigos "integristas". Hasta se dice por ahí, en editoriales y columnas de opinión que hacen méritos por figurar en la sección "Horóscopo", que si todo eso sucede en Irán ahora, ahorita mismo, es porque el malvado Bush ha sido devuelto a su rancho de Texas y al fin Obama ha podido ejercitar su multicultural taumaturgia en El Cairo.

De todo, ya se ve, como en botica. Salvo lo esencial. Baste con esta esencia de rosa de Isfahán: los medios confín han pasado de puntillas sobre el eslogan preferido por los jóvenes teheraníes (y unas jóvenas que tan arrojadas se muestran en su repudio a la República Islámica que osan salir a la calle debidamente veladas). O sea: Alajú Ajbar (© Seyyed Ruhollah Musavi Jomeini).

Por supuesto, ni un detalle como este ni mucho menos la condición de hijo del régimen de Mir Hosein Musavi ha servido para que los periodistas se salgan del guión o vistan a la desnuda dama, al menos, con un négligé. ¿Por qué molestarse? Seguirán cobrando lo mismo, escriban lo que escriban a miles de kilómetros de distancia de lo que realmente sucede. En cuanto a los otros, los llamados enviados especiales, cuando no redactan sus notas, pomposamente apellidadas reportajes, desde la más cómoda y segura capital vecina a la zona de turbulencias eólicas, se someten a lo que saben que su jefe de redacción espera de ellos: que "trasladen" la realidad a las "expectativas" de los lectores.

Aquí estamos, pues. Los lectores. O blogueros o twitteadores. Da igual: vamos todos en el mismo barco. Unos en cubierta, otros pocos en la sala de mandos, el resto repartidos en los tres niveles preceptivos de camarotes. La verdad es que no acabo de comprender los sofisticados distingos entre estas categorías de viajeros. Hoy por hoy (que diría Dame Actualidad, y además tendría razón), da igual qué páginas webs o blogs sean más visitados, y por descontado cuál sea el impacto de las redes sociales en internet. Incluido Twitter, claro está, que respecto de sus hermanas mayores tiene la única virtud de la brevedad y mayor instantaneidad (también, por tanto, fugacidad). Y da igual por la única razón válida para el latiguillo, debidamente desambiguado. O sea, la pasta. La guita. Los churupos. Money makes the world go round, que cantaba Liza.

Y el dinero, por ahora (dice, prudente de golpe, la maja desnuda), sigue yendo a parar a la caja de los medios de siempre. Medios casados, también desde siempre, con la maja y que, por más infidelidades que se permitan, jamás resolverán en divorcio este matrimonio de conveniencia. Con fines como Dios manda, es decir contantes y sonantes. Que es lo único, qué le vamos a hacer, que cuenta en esta perra vida.

Mario Vargas Llosa.Porque esto es así y no se detecta siquiera el más tímido soplo de un suave alisio que venga a perturbar la primacía de Eolo y la maja en cueros, me encantó recibir la noticia, en mi camarote de tercera, de la inauguración de una muestra de fotoperiodismo en Caracas. Para empezar, porque los venezolanos están tan desfasados que no acaban de comprender que sale a cuenta ir de perritos falderos de la maja desnuda. Como no le mordisquean los tobillos, de lo que sucede en Venezuela la dama se digna, si acaso, susurrar algo al oído a su querido Eolo cuando todo ha pasado y algún charco de sangre se divisa en lontananza, o si alguna figura estelar, como Mario Vargas Llosa, se ha frotado los bajos del pantalón con los chuchos caribeños.

También, porque montar en Caracas una exposición con fotos de actualidad (sí: instantáneas de la dama en su tocador) publicadas en los medios impresos venezolanos es una primicia: vivir de espaldas al trasero de la dama, a veces, tiene estas compensaciones. Veinte años después del primer Visa pour l'Image, los felices habitantes de ese país, puesto que viven al margen de los devaneos entre medios y fines, disfrutan ahora del placer de recibir en plena quijada la bofetada de la realidad.

Porque sí, así es, qué le vamos a hacer: desde la Guerra de Secesión, ese ancestro del periodismo, nada como una imagen para desencajarle a uno la mandíbula y ponerle las ideas en su debido lugar. Mal que les pese a los privilegiados periodistas del primer mundo, tan ahítos de todo que se permiten despreciar las imágenes periodísticas. Los unos por esnobismo estético: qué horror, pero si no hay concepto o intención artística detrás de esta imagen, chillan despavoridos. Los otros también chillan, o ululan (según la hora y lugar), pero más bien por calvinismo de salón y boutade: como soy periodista escribidor, decreto que el sesgo es el habitante, si no exclusivo al menos privilegiado, de la provincia de la imagen. Extraordinario: como si el lenguaje no fuera, desde siempre, la más dúctil herramienta de trucaje y manipulación de la realidad. Como ya sabía Platón en su República y todos los dictadores aprenden en su escuela.

En fin. No sólo porque es una exposición extemporánea y bienvenida, o bienvenida porque extemporánea. También, y por último, porque ha irritado a la empresa Chávez, Castro & Hijos que alguien se atreva, imágenes al canto, a recordar que el precio de su mercancía averiada invariablemente lo pagan los ciudadanos de a pie. Mucho más ahora, que el régimen del tirano bufón le ha puesto la proa a los medios de comunicación independientes y críticos. Porque lo que muestran la mayoría de estas imágenes, reproducidas en la prensa venezolana en los últimos tres años, es la realidad que viven los habitantes de su reino de violencia, indiferencia y olvido.

Sobre todo, olvido. Hasta que pase algo, y la dama indecente y su consorte de fétido aliento se dignen poner en papel cuché la realidad venezolana. No temamos: sólo por un par de días, y para disfrute de estetas y orondos calvinistas.
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