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DEL TROTSKISMO AL LIBERALISMO

El hábito de la duda: una respuesta para cada pregunta

En este país de extremos que es España, y en el mundo hispánico en general, está muy mal visto que los individuos evolucionen o acuerden su paso intelectual y político al de la realidad. En el mundo anglosajón nadie se rasga las vestiduras ante el paso de Churchill del Partido Conservador al Liberal y, más tarde, nuevamente del Liberal al Conservador. Ni ante el paso de Ronald Reagan del Partido Demócrata, en que inició su camino, al Republicano, con el que llegó a la Presidencia. Pero entre nosotros el paso de la izquierda al liberalismo es causa de desconfianza, repudio y crítica, cuando no de calumnia interesada.

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La deriva inversa, de la derecha a la izquierda, tampoco es de rosas: que lo cuenten Verstrynge o Pimentel. Pero lo que parece inquietar especialmente es lo que ha sucedido con los que hace no demasiados años, desde posiciones críticas, creíamos aún que el sendero de la izquierda no desembocaba en un callejón sin salida. Supongo que hay razones para esa inquietud: ya somos muchos, está claro que no nos mueven intereses inmediatos ni el afán de popularidad, y nuestra experiencia tiene paralelos en todo Occidente.
 
Constata el profesor José María Marco, en un artículo publicado en Libertad Digital, que una parte importante de los llamados neocons americanos proviene de las filas del trotskismo, y hace una breve historia del proceso seguido por los más notorios miembros del grupo. Sienta así las bases para un análisis de lo ocurrido en España, donde no pocos de los que hoy nos encontramos en el pensamiento liberal conservador venimos de la izquierda, y en incontables casos del trotskismo.
 
Cuenta Marco que, en una primera etapa, "los futuros neocon quisieron salvar a la izquierda de sus propios fantasmas" y "reivindicaron sistemáticamente el ideario de progreso, libertad individual, igualdad, patriotismo y democracia" que había sido su bandera histórica. En un segundo período, coincidiendo con la declaración de Irving Kristol, que en los primeros años 70 se dijo "asaltado por la realidad", tuvo lugar el paso del grupo al Partido Republicano.
 
El hecho de que las izquierdas actuales, y con ellas la prensa en su conjunto, considere que ese partido, nacido al calor de la causa abolicionista y portavoz del Norte industrial frente al Sur algodonero, representa a la derecha americana es más revelador del estado de las izquierdas que de las ideas republicanas. Pero estas líneas no están destinadas a glosar la historia de Lincoln y sus sucesores, sino a hablar del trotskismo como fuente de una tendencia intelectual que conduce al liberalismo.
 
Josef Stalin.La noción, sostenida por la mayoría de los trotskistas post y paratrotskianos –valga el ejemplo del POUM, que el propio Trotski consideraba ajeno–, de que el trotskismo nace de una disidencia del stalinismo es falsa. Trotskismo y stalinismo son esencialmente diferentes.
 
Stalin es la continuidad del zarismo por otros medios: tan características del siglo XX son las monarquías republicanas, de las que España es modelo, como las repúblicas formales de régimen monárquico, de las que Rusia es modelo, imitado en China, Cuba, Venezuela y otros países –en la China de después del Gran Timonel, monarquía colegiada–. Trotski había apuntado al cambio radical de régimen y había formado el Ejército Rojo como alternativa al viejo ejército del zar para defender una naciente república frente a la continuidad de la autocracia. De ahí su ruptura con los bolcheviques y su exilio. Y su doctrina de la revolución permanente como opción distinta del socialismo en un solo país, que extremaba la autocracia política en su necesaria deriva hacia la autarquía económica.
 
Los esfuerzos realizados por los servicios soviéticos para asesinar a Trotski, finalmente coronados por el éxito de mano de Ramón Mercader, revelan hasta qué punto Stalin le consideraba el enemigo principal de su proyecto.
 
Pero si nos limitáramos a esos hechos seguiríamos sin comprender el carácter singular del trotskismo. Para empezar a entenderlo hay que recordar que Trotski, Lev Davidovich Bronstein, era judío. Como judíos son en altísima proporción los neocons. Suponer que el pensamiento de Trotski era pensamiento marxista sería un error. El trotskismo tiene más de judío que de marxista, aunque asuma el marxismo como la instancia de progreso intelectual más señalada en su época.
 
Pero el marxismo de Trotski era como el de Gisors, el personaje de La condición humana de Malraux que dice: "El marxismo no es una doctrina, es una voluntad [...] es, para el proletariado y los suyos, vosotros, la voluntad de conocerse, de sentirse como tales, de vencer como tales; no debéis ser marxistas para tener razón, sino para vencer sin traicionaros". Nada más. Ningún otro compromiso, ningún doctrinalismo vano.
 
La clave pedagógica del pensamiento judío es el pilpul, un ejercicio dialéctico, modelo de discusión talmúdica, en el que se confrontan declaraciones de autoridades en busca de contradicciones y de afinidades, para arribar a nuevos conceptos. También la casuística cristiana guarda relación histórica con ese método. Nadie puede negar que los judíos, los jesuitas y los trotskistas componen tres grupos humanos especialmente entrenados para el debate.
 
León Trotski.Trotski era, por don natural y por formación hebraica, un gran polemista. Y el hombre que discute, que pone en duda las afirmaciones, tanto las ajenas como las propias, que posee la honestidad necesaria para no creer ni siquiera, o sobre todo, en sí mismo, tarde o temprano es "asaltado por la realidad" como Irving Kristol y se reconoce en el pensamiento liberal.
 
Apuntemos, para esa difícil síntesis que aún nos falta, que el liberalismo es, entre otras cosas, el territorio de la duda, y que tal vez sea por ello que las izquierdas, necesariamente utópicas y, por ende, totalitarias, lo perciben como "derecha", una noción vaga por demás, que sólo alcanzan a definir pobremente a través de lo que no experimentan como propio.
 
Esos dos elementos, la concepción del marxismo como instrumento limitado en lo histórico y el hábito de la duda, el reexamen permanente, están en los fundamentos de los numerosos tránsitos del trotskismo al liberalismo que tienen lugar en nuestros días, y no sólo en la élite del Partido Republicano de los Estados Unidos. Pero hay que añadir un tercer factor: la capacidad de dar una respuesta para cada pregunta.
 
La revolución permanente que Trotski preconizaba como proyecto dista mucho de ser una idea, y es, en cambio, parte sustancial de esa realidad que nos asalta. Sólo hay que mirar con atención y tener la modestia imprescindible para aceptar que la historia no la hacemos los hombres, ni en masa ni individualmente: apenas si, en el mejor de los casos, conseguimos administrarla.
 
La globalización es la forma real que la historia ha dado a la revolución permanente: de ahí que las izquierdas organizadas se declaren antiglobalizadoras; no se trata tanto de que se opongan a la realidad como de que confundan la realidad con una idea, algo muy corriente en el marxismo vulgar, sea comunista, sea socialdemócrata. "Programa, programa, programa", reclamaba Julio Anguita; "la izquierda tiene que ganar primero en las ideas", dice Zapatero.
 
Llaman programa o ideas a una serie de respuestas a las demandas de la realidad. Respuestas que siguen siendo las mismas por mucho que cambien esas demandas. Los que hemos hecho, o estamos aún recorriendo, el camino hacia el liberalismo sabemos que no hay respuestas constantes y que, de haber un orden teleológico en la historia, nacerá de la flexibilidad con que respondamos a las preguntas del mundo, incluidas, desde luego, las que seamos capaces de formular.
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