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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El show y la obscenidad

En toda exhibición hay algo de perverso. Pero hay un paso muy breve del erotismo a la obscenidad, a lo que está fuera de lugar y por eso irrita, a lo que no debería estar en la escena. En términos generales, la política espectáculo que nos ha tocado vivir, el show permanente, es obscena. Y no hay mejor prueba de ello que la Fiesta del Agua, así, con mayúsculas, que se celebra en Zaragoza.

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Del mismo modo que uno no puede enviar a Nureyev a bailar a una clínica de parapléjicos, porque obtendrá más lágrimas de dolor que de emoción, ni puede sentarse a comer en la terraza del palacio de Versalles, como hacían los últimos Luises, para que los pobres vayan a contemplar la satisfacción de su gula, tampoco puede hacer una fiesta del agua, porque le sobra (tanto, que casi echa a perder los fastos por inundación), cuando enormes zonas de su país carecen de ella. Es lo que hace el Gobierno, municipal, autonómico y central, en Zaragoza; con el apoyo, eso sí, de toda la progresía, ecologistas (que no ecólogos) en primer plano. Valencia y, sobre todo, Murcia necesitan que ese desborde del Ebro, que no es ninguna novedad, sea canalizado hacia sus terrenos de cultivo. Negárselo es obsceno.
 
Que el alcalde Belloch se haga fotografiar en la portada de un suplemento de El Mundo en plan ahogado con traje de los que encuentra Grissom, es obsceno. Que la federalización de la nación haya llegado a un punto en que una región puede negarle el agua (y, en consecuencia, el pan) a otras, es obsceno. Claro, que no se la niega a todas: para Cataluña, están dispuestos los socialistas aragoneses a remangarse y ponerse a construir las canalizaciones que hagan falta. Si Barcelona se queda sin agua, los compañeros del PSC pueden perder votos. Pero ¿qué se puede hacer con los murcianos y los valencianos, que votan al PP? El partido, ya se sabe, está por encima de la nación. Es más: ¿para qué queremos que la huerta murciana prospere, o vuelva a ser lo que era, cuando podemos importar sus productos y, de paso, hacer algún favor a los amigos, como Mohamed, Chávez o Kirchner?
 
Pero es que la obscenidad se ha apoderado de la vida política, y hasta de parte de la prensa. Se quejaban hoy mis amigos de La Razón de que Rosa Díez esté "plagiando", dicen, así, entre comillas, muchas de las iniciativas que el PP presentó en el Congreso la pasada legislatura. Por supuesto, habría que decirles: Rosa Díez puede reivindicar con las dos manos los derechos lingüísticos de los hispanohablantes (obscena referencia a los que hablan español en España) porque no lo ha hecho antes con la mano derecha mientras con la izquierda negociaba el estatuto valenciano: no tiene compromisos ni baronías, ni necesidad de hacer concesiones a los nacionalistas de ninguna parte. Como María San Gil, como Ortega Lara, como Regina Otaola, que no negocian en ningún pasillo. Y como Mayor Oreja e Iturgaiz, que aún no se han ido.
 
Moratinos.Es obsceno lo que los socialistas hacen con el agua, es obsceno lo que hacen con los trenes, con las carreteras, con el combustible, al que fijan precio nuestros civilizados aliados; con los inmigrantes, con los jubilados y los pensionados, con la Seguridad Social fragmentada que, de hecho, nos toca vivir (no se enferme usted fuera de Cataluña con la tarjeta sanitaria catalana, porque es igual que si no tuviera nada: es el primer paso hacia la quiebra de la caja única); lo que hacen con las relaciones entre hombres y mujeres, que se han ido pudriendo desde el poder (la novedad de hoy: un teléfono para señores, para que llamen antes de matar a su mujer: una psicóloga con tono de hot line le disuadirá de su empeño). Es obsceno casi todo lo que los socialistas del régimen hacen cada día, desde la repetición de ministros impresentables como la Maleni o el Desatinos hasta su teatralización de la crisis, término cuestionado y cuestionable donde los haya: se puede decir desaceleración, por ejemplo, y designar lo mismo. Es obscena hasta el delirio la existencia misma del régimen priísta socialista nacionalista.
 
Y por casa, ¿cómo andamos? No celebramos la fiesta del agua, pero hacemos algo muy parecido: permitimos que la mejor gente de la derecha española vaya a desembocar al mar, dejando millones de hectáreas de secano. El vuelco y la desilusión van siendo de tal magnitud que no sólo el PSOE ganaría hoy con más holgura que en marzo, sino que la gente ha dejado de ver el informativo de Matías Prats (último refugio de la decencia televisiva) y se va pasando en masa al de Telecinco (que no habla de nada). Ha triunfado el show.
 
No es verdad que el PP tenga en este momento "algunos" votos menos que en marzo, mera cosa de intelectuales radicales que se superará con un pasito a la izquierda populista, sino que ha perdido, y pierde cada día, miles de electores.
 
Rajoy.Es obsceno que, a estas alturas, Rajoy siga sosteniendo que no ha abandonado sus "principios", cuando el próximo congreso está encargado de redefinir las relaciones con los nacionalistas, y hasta se plantea la creación de un órgano permanente, llamado en principio Consejo Autonómico, que federalizaría la estructura misma del PP. ¿No era acaso la unidad de la nación española uno de esos "principios" a los que Rajoy afirma no haber renunciado?
 
Es obsceno que sigamos sin propuestas concretas de nombres de dirigentes hasta el congreso del partido. Es obsceno que Fraga diga ahora que él es de "centro reformista", "como Obama", y a continuación afirme que Gallardón es el futuro porque representa precisamente eso (lo hizo en el El País el domingo pasado).
 
No, si al final va a tener razón Jesús Cacho, el único periodista que ve más conspiraciones que yo en nuestro entorno, en un artículo que me ha enviado mi generoso amigo Pedro Martínez: todo estaba pactado de antemano entre los dos partidos y con la anuencia de la Corona, más interesada que nadie en que el sistema se convierta en régimen: Rajoy iba a perder (Arriola dice ahora que lo sabía, como los adivinos que, por ética, jamás hacen malos augurios) y le iba a abrir el camino a Gallardón, que al parecer tiene unas tragaderas sólo comparables a las de los prohombres del felipismo, cuando de los Albertos, De la Rosa y otros empresarios geniales por el estilo se trata. Los resultados, no hay duda, fueron los que deseaba S. M., como dejó bien claro al elogiar a su amigo de León. Curioso país, éste, con un rey socialista.
 
Y también va a tener razón mi amigo Gabriel Albiac cuando manifiesta su repugnancia por toda política y jura no volver a leer autores posteriores al XVIII. Toda política es, o resulta hoy, obscena. Como la fiesta del agua. Habrá que alejarse de ella.
 
Si no, uno hace lo que todo el mundo ante el show: observen ustedes a ese grupo de tipos tripones junto a la barra: ninguno de ellos llegará jamás se ser Beckham ni Ronaldinho, pero todos saben cómo debería haber jugado cada uno de ellos. Ahí está la perversión, en una mezcla de envidia, pereza y admiración por lo que otros hacen o poseen: ellos saben que son auténticas beldades, pero prefieren, por modestia, parecer Bea la Fea, dicen. Eva Perón iba a visitar a los pobres (así lo decía ella) con abrigos de pieles y muy enjoyada. Un día se le ocurrió a uno de sus asesores sugerirle que tal vez tanto lujo pudiera suscitar alguna reacción de parte de los visitados, que esperaban a la visitante con ansiedad porque siempre iba a regalar cosas. "¡No seas gil!", respondió ella: "Si a ellos, lo que les gusta, es verme así". La señora andaba escasa de teoría sociológica: ignoraba quién era Pareto, pero el instinto le decía la verdad. Perfectamente obsceno. Pieles y joyas: una exhibición pornográfica.
 
 
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