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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El uso político de las lenguas

El perverso uso político de la lengua ha llevado a invertir el sentido de su función. De instrumento de comunicación, han pasado a serlo de separación. En el mundo, y no sólo en nuestro limitado espacio nacional, donde el vascuence, el catalán y el gallego han venido subvirtiendo todo el entramado de relaciones que componen una nación.

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Hace años la Crida, una esperpéntica organización parapolítica de los nacionalistas catalanes radicales, difundió un mapa, un planisferio, en el que aparecían señalados todos los países y regiones en los que, según ellos vendían, había "lenguas oprimidas". Como por entonces yo era joven y tenía ánimos para la discusión de lo inmediato, me detuve en una parada callejera en la cual se regalaban esos mapas, y en la que había uno expuesto. Le pregunté al muchacho que se encargaba de aquello por qué habían señalado el Paraguay, conociendo de antemano la respuesta: me dijo, como era de esperar, que el guaraní era una lengua oprimida por el español invasor, y que los indígenas tenían todo el derecho del mundo a expresarse en ella.
 
Era la época, todavía, de Stroessner, un militar sin guerras, primera generación en Paraguay, hijo de alemanes o alemán él mismo, que gobernó el país con mano de hierro durante largo tiempo. Stroessner promovió ampliamente el uso del guaraní en los medios de comunicación, sobre todo en el más influyente entre las grandes masas de analfabetos: la radio. Había más emisiones en guaraní que en cualquier otro idioma: tal vez el dictador no lo supiera designar así, pero hacía ingeniería social mediante la inmersión lingüística.
 
¿Qué se proponía el hombre con aquello? Pues evitar que los paraguayos escucharan las radios en español y en portugués que, desde Argentina, Uruguay y Brasil, emitían sus programas con serias críticas al régimen. Fue un proceso de aislamiento, un cordón sanitario lingüístico, que le permitió sobrevivir como último dinosaurio de la región. Desde luego, la cosa fue promovida como preservación cultural, pero poco tuvo de preservación, puesto que Paraguay había sido arrasado en el siglo XIX, durante una guerra que se convirtió en uno de los verdaderos genocidios previos al siglo XX (los otros fueron el de la Vendée y el del Congo): "No debe quedar vivo un paraguayo mayor de diez años", sentenció un prócer argentino, y así se hizo, dando lugar a lo que, generosamente, cabría calificar de interrupción en el desarrollo histórico del guaraní, que quedó como lengua residual de las mujeres indígenas sobrevivientes y que no creció en la escritura.
 
Como factor de división y, por lo tanto, de debilitamiento institucional de los Estados en los que el conflicto prospera actúan hoy el flamenco y el valón en esa Bélgica que se mantiene milagrosamente junta, que no unida, solo por alojar en su territorio la capital de la Unión Europea. Lo mismo cabe decir del inglés y el francés en ese Canadá que Francia quisiera seguir viendo como colonia propia en América: aún tengo presente la visita de De Gaulle a Canadá, y su pomposo discurso oficial que terminó con una provocación a sus anfitriones: "¡Viva Québec libre!", se permitió proferir Le General (no sé si Leclerc, el verdadero héroe de la resistencia francesa, superado políticamente por el militar alto al que Churchill despreciaba con toda su alma, hubiese hecho algo parecido).
 
Por otra parte, tengo que concluir que no es en vano que Alemania y Francia ocupen el puesto que ocupan en nuestros destinos, vista la claridad con la que han enfocado históricamente la identidad de lengua y nación. Alemania, desde Lutero. Francia, desde la revolución de 1789, que encontró un país lingüísticamente disperso e impuso a sangre y fuego el francés, hasta entonces privativo de la Île de France y algunas otras zonas.
 
Resulta curioso constatar que son los progres los que más se inquietan por el destino de las lenguas minoritarias, cuando hubiesen sido de todo punto imposibles algunos de los avances de los que tan orgullosos están: por ejemplo, los procesos de descolonización y el nacimiento en África de nuevos Estados, que en algunos casos han llegado a adquirir entidad de naciones. Véase Argelia: cuando los franceses colonizaron el territorio se hablaban allí veintinueve variantes del árabe, mutuamente ininteligibles (como lo eran hasta la impostación del batua las ocho lenguas que ahora se quieren "integradas", desde el vizcaíno hasta el bajo navarro, según bien explica Gregorio Salvador en Lengua española y leguas de España): la independencia de Argelia no era posible sin una lengua que permitiera organizar a los distintos sectores étnicos y culturales (aún hoy con enormes conflictos entre ellos), y esa lengua fue el francés, difundido y asumido por la omnipresencia de la escuela pública de los colonizadores. En francés se estructuró el Frente de Liberación Nacional y en francés se rigieron los prostíbulos con que se financió en buena parte su guerra. También en francés tuvieron que entenderse los torturadores de la OAS, de muy diversos orígenes, aunque en la dirección se encontraran los cuadros croatas de la escuela ustacha de Pavelic, que más tarde, una vez servidos los objetivos de De Gaulle, se sometieron al inglés para montar la tristemente célebre escuela de monstruos de Panamá.
 
Cuando Perón regresó a la Argentina y tuvo lugar la matanza de Ezeiza, en la que cayeron cientos de ingenuos militantes que iban a recibir a su líder, las órdenes de fuego se dieron en francés, aunque la proporción de croatas fuese similar a la que había en la OAS, puesto que se trataba de la misma gente: Pavelic fue protegido por Perón y sólo más tarde cooptado por De Gaulle, pero sus hombres venían de la experiencia argelina. En la última exposición de World Photo Press, que acabo de ver, está la imagen de un animal con forma humana, al que el hipócrita redactor de los textos de acompañamiento designa como "general disidente" en el Congo, un tipo siniestro, con unos ojos sin fondo, con un secuaz armado hasta los dientes a cada lado, y la pared que le guarda las espaldas se ve cubierta de pintadas con el nombre de su movimiento, de liberación, por supuesto, todas en francés. Tampoco esa guerra eterna y sin sentido se podría librar en las lenguas locales, ni se podría hacer propaganda o amenazar universalmente valiéndose de ellas. Hasta las más hondas desinteligencias requieren para realizarse que los enemigos se entiendan.
 
Pues bien: para los nacionalistas de todo pelaje, guaraníes o flamencos, catalanes o quebequeses, las lenguas han dejado de ser un instrumento de comunicación y han pasado a ser un objeto de identidad colectiva, cosa que está más allá del sentido común y de la prueba histórica. Nada sorprendente en una época en la que el derecho a la igualdad ha sido sustituido por el derecho a la diferencia. Nada menos.
 
 
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