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LA DEGRADACIÓN DE LA POLÍTICA

Esto ya es una república

Cuando vemos la putrefacción del Parlamento vasco por los terroristas y sus cómplices, o la del Parlamento catalán por los clanes de la vaselina y la corrupción patriótica, o al presidente Majadero elogiar los procesos democratizadores en Palestina e Iraq, que él mismo saboteó y sigue saboteando con todas sus fuerzas… 

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Cuando observamos la continua exhibición de demagogia, estupidez y corrupción que nos brindan a cada paso los politicastros izquierdistas y separatistas, la conversión de la política en picaresca o algo peor, sumada a la torpe blandenguería con que suele conducirse la derecha, entendemos que "esto es una república", frase con la que popularmente se aludía antaño a situaciones de caos, ineptitud e irresponsabilidad, resumiendo las dos experiencias republicanas sufridas por España.
 
La comparación con el pasado viene de inmediato a la cabeza. La realidad de la II República la describe muy bien Miguel Maura, que tanto contribuyó a traerla y luego a justificarla. Por ejemplo, narra cómo se le ofreció un honrado republicano para gobernador civil de Segovia: "Es que mi compadre, el padrino de mi hija, ¿sabe?, tiene un hermano que está establecido en Segovia y tiene una casa de bebidas (…) y los veranos vamos allí a pasar dos semanas y lo pasamos muy bien, y ahora, con esto de los gobernadores, pues hablé con don Álvaro de Albornoz y le dije a ver si podía ser, porque desde el cargo podía ayudar a mi amigo, que quiere establecerse arriba, en la Plaza, y poner ya un café serio, ¿sabe?".
 
Al personaje, republicano entusiasta y de toda la vida, no le arredraba el cargo, porque ya le había instruido don Álvaro: "Me dijo que era cosa de mano izquierda y de quinqué –señalando el ojo con el índice–, y eso, aunque me esté mal el decirlo, yo tengo para vender…”. Don Álvaro opinaba que “esa gente es utilísima y hace republicanos con sus entusiasmos. Son como misioneros”.
 
No todos eran así, claro, pero estos marcaban la pauta. Azaña no cesa de lamentar la bajísima calidad intelectual y moral de su propia gente: "botarates", "loquinarios", "obtusos" y epítetos parecidos salpican sus diarios. De un congreso del principal partido republicano, el Radical Socialista, explica: "Llevan tres días mañana, tarde y noche, desgañitándose. Y lo grave del caso es que de ahí puede salir una revolución que cambie la política de la república".
 
Manuel Azaña.Entre denuncias por falsificaciones en la representación de afiliados y amenazas de revelar corruptelas (¿les suena?), el congreso resultó un "escandalazo tremendo", aunque lo calmaron las apelaciones sensibleras de un orador (a esta gente les encanta la verborrea humanitaria): "Después de tan feroces discusiones se han echado a llorar oyendo el discurso de Domingo; se han abrazado y besado; han gritado… Gente impresionable, ligera, sentimental y de poca chaveta".
 
Aunque Azaña no era propiamente un demócrata y tiene graves responsabilidades como aprendiz de brujo en la gestación de la guerra civil, no hay duda de que destacaba intelectualmente muchos codos sobre sus correligionarios, cuya "inepcia, injusticia, mezquindad o tontería" se le hacían insufribles. Describe con amargura a aquellos izquierdistas que desprestigiaban las Cortes con sus enredos palabreros: "No saben qué decir, no saben argumentar (…) No se ha visto más notable encarnación de la necedad (…) Diríase que estaban llamando al general ignoto que emulando a Pavía restablezca el orden (…) Me entristezco casi hasta las lágrimas por mi país, por el corto entendimiento de sus directores y por la corrupción de los caracteres". O bien: "¿Estoy obligado a acomodarme con la zafiedad, con la politiquería, con las ruines intenciones, con las gentes que conciben el presente y el porvenir de España según se los dictan el interés personal y la preparación de caciques o la ambición de serlo?". O, en otro lugar: "Veo muchas torpezas y mucha mezquindad, y ningunos hombres con capacidad y grandeza bastantes para poder confiar en ellos (…) ¿Qué va a pasar aquí? ¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?". Etcétera.
 
Se ha solido acusar de soberbio a Azaña, por tratar tan mal a los suyos en sus diarios, pero un examen imparcial de los hechos obliga a darle la razón. La república fue pronto monopolizada por políticos realmente nefastos. La seudohistoria que nos ha contado estos últimos treinta años una serie de caciques intelectuales mezquinos, oportunistas y "sin ninguna idea alta" nos ha pintado un cuadro maravilloso tanto de la república como de Azaña, sin reparar en lo contradictorio de tal pretensión: probablemente nadie ha retratado a aquel indigno régimen con trazos más sombríos que el propio Azaña.
 
Y ahora resurgen los rasgos más repulsivos de aquella república. Durante más de un cuarto de siglo ha predominado, aun con mil quiebras y dificultades, el espíritu generoso y elevado de la Transición, pero eso se ha acabado. No hay ninguna razón por la que una república deba ser peor que una monarquía, pero en España, tradicional y un tanto misteriosamente, el ideal republicano parece concitar a los elementos más degradantes y degradados de la política: todos los que amenazan la democracia y la unidad de nuestro país se sienten republicanos, como los de tiempos de Azaña, y admiran a los majaderos y provocadores que trajeron la guerra civil. Conviene ver el peligro a tiempo y plantearse qué hacer ante él: la historia no debe repetirse.
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