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UNA ACTITUD DE LA IZQUIERDA

Giner y las raíces del antiespañolismo

Le agradezco a Agapito Maestre el interés que demuestra por mi trabajo sobre la historia intelectual y política de nuestro país. Algunas puntualizaciones, en cualquier caso. Parto de una constatación que me parece indiscutible: la izquierda de nuestro país tiene una especial dificultad para hacer suya la idea de la nación española.

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Le resulta difícil pensarla, le resulta difícil aceptarla, le resulta difícil dar una dimensión nacional a su proyecto y colabora con personas y organizaciones que tienen por primer y tal vez único objetivo destruir España. Ocurrió en la Segunda República y vuelve a ocurrir ahora. Es el caso de Izquierda Unida y de buena parte de los socialistas, sin excluir a ZP.
 
No sé cómo calificar esa actitud como no sea de antiespañola. Es una característica propia de la izquierda de nuestro país. La izquierda francesa, la alemana, la inglesa o la italiana, por poner ejemplos cercanos, tienen cada una sus características propias. Ninguna de ellas plantea ningún problema con la unidad nacional y la continuidad de la nación, temas que están fuera del debate político. La izquierda española sí ha hecho de la nación un tema de debate político.
 
Esa particularidad de la izquierda española es reconocida por todo el mundo y tiene signos evidentes: el progresismo identifica España con una actitud reaccionaria y se niega a defender activamente su continuidad. Esta actitud ha sido atribuida a dos motivos fundamentales: a) el fracaso del liberalismo en España se debe en buena medida a su incapacidad para articular un proyecto propio de idea nacional, que debería poner en el acento no en la unidad sino en la pluralidad de la nación española: desde el federalismo de la Primera República hasta los intentos secesionistas actuales hay una continuidad evidente: b) la apropiación y el monopolio por parte de la derecha de la idea nacional, de los símbolos de la nación y de los sentimientos y los afectos en los que se funda la lealtad patriótica.
 
Son motivos dignos de ser tenidos en cuenta, pero si fueran los únicos, lo más lógico sería que la izquierda hubiera asumido un discurso patriótico y una dimensión nacional. No ha sido así. Cuando la izquierda (como en el caso de Azaña) ha intentado articular un proyecto que llamaba nacional, se ha encontrado siempre en la misma situación. Planteaban —o más bien soñaban— con un proyecto de patria nuevo, reinventado, que negaba la tradición y lo existente que está en la raíz de la idea de nación. El resultado era que la patria que proponían o era pura poesía, muy bella y completamente ineficaz, o requería para su realización dinamitar la España que conocían y con ella buena parte de sus habitantes. Que algunos de ellos, como Azaña, estuvieran dispuestos a inmolarse en el altar de esa patria no nueva no mejora el proyecto. Al revés.
 
Es lo que pasó durante la Segunda República y lo que está en la raíz de la simpatía o la comprensión de buena parte del progresismo español hacia el terrorismo, simpatía que hemos comprobado en España durante mucho tiempo y que ha tenido manifestaciones muy recientes, que están en la mente de todos. Esta particularidad de la izquierda española —digo bien, español: que sea antiespañola no quiere decir que no se española— tiene varias raíces. La más importante es la actitud segregada desde el círculo más íntimo de la Institución Libre de Enseñanza, y en particular por Francisco Giner de los Ríos, uno de esos santos intocables en los que se basa el prestigio intelectual del progresismo. Giner odiaba la España de su tiempo, y el proyecto de Institución Libre de Enseñanza, su obra principal, está dedicado en muy buena medida a la articulación de ese odio.
 
No es un anatema ni un insulto. Giner fue un hombre con una energía y una constancia admirables, que supo plasmar en la realidad una idea que entonces, en el último tercio del siglo XIX,  era marginal y excéntrica. La Institución, por otra parte, dio frutos muy valiosos en numerosos campos, como la investigación histórica, la filología e incluso la ciencia. Pero además de eso, se nutre sin remedio del rencor antiespañol de su fundador.
 
Ese rencor se nutre de otro elemento: la desconfianza hacia sus compatriotas. Los españoles de la época habían elegido, con toda claridad, un proyecto liberal que desembocaba lógicamente, aunque no sin problemas, en la democracia. En su trayectoria intelectual, Giner se va alejando del liberalismo que había heredado para reconvertirse al organicismo antiindividualista y se muestra radicalmente desconfiado de la democracia. El sabía que lo que entonces empezó a llamarse “las masas”, es decir la ciudadanía, el cuerpo electoral, nunca respaldaría un proyecto como el suyo. Por eso se encierra en su propio proyecto, destinado a formar una minoría egregia que acabaría dando a luz la nueva España que exigía la desaparición de la real, la España liberal y predemocrática de la Restauración.
 
Giner es una figura singular no por su obra, que nadie ha leído y es imposible de leer, sino por su carácter, su capacidad de trabajo y lo sectario de su proyecto, que exigía una lealtad absoluta, sin fisuras, a quienes participaban de él. Tuvo éxito. La crisis del liberalismo a principios del siglo XIX facilitó las cosas: los ideales de libertad, individualismo y patriotismo que habían sido los del liberalismo hasta ahí fueron sustituidos por los organicistas y antiespañolistas de Giner. En España, la quiebra del liberalismo no lleva a los intelectuales al socialismo (encerrado por su parte en la misma desconfianza hacia la democracia que sentía Giner), sino a esa peculiar combinación, tan propiamente “institucionista”, de progresismo, elitismo y deslealtad hacia la patria.
 
La herencia sigue viva. La Segunda República dio el poder a los discípulos de Giner. Para marcar bien su raíz, quisieron hacer del discípulo predilecto de éste —Francisco Cossío— presidente de la Segunda República. No pudo ser, porque Cossío era muy mayor para entonces, pero el patriotismo ideal y destructivo de la Segunda República es el fruto de aquellas actitudes. La Segunda República terminó como todos sabemos, con esos nuevos patriotas aliados de quienes, como Esquerra Republicana, se habían propuesto destruir España.
 
Luego la dictadura, con su exaltación de un patriotismo excluyente y político, reavivó la identificación del progresismo con la deslealtad a la nación. Pero una vez desaparecida la dictadura, hace ya más de 25 años, el antiespañolismo continuó. Lo que prueba que sus raíces eran más hondas que las de la pura reacción contra la exaltación nacionalcatólica del franquismo.
 
Todo esto debería ser historia, arqueología pura y simple. No lo es. Lo demuestra la dificultad de buena parte del progresismo español para demostrar su lealtad a la nación española, la patria común. En otro orden de cosas, mucho más modesto, lo demuestra el linchamiento intelectual, moral y social del que hemos sido y somos objeto quienes nos hemos dedicado a seguir esta línea de investigación. Buena parte del progresismo español, el que domina la universidad y los medios de comunicación, se niega a manifestar claramente su lealtad a la nación, pero no soporta que se constate esa situación de hecho y que se investigue las razones que le llevan a esa actitud. Ellos pueden manifestarse contra España, pero quienes lo decimos conculcamos su libertad de expresión.
 
En esas estamos.
 
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