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GEOPOLÍTICA

Hacia una definición de la Segunda Guerra Fría

En un artículo anterior esbocé la noción de Segunda Guerra Fría, con la intención de establecer un marco general para el análisis de algunos de los fenómenos a los que se enfrenta la humanidad en general y Occidente en particular en esta época. Ese marco puede ser de utilidad para comprender la críptica política exterior del Gobierno español, que por momentos parece formar parte del problema, más que de la solución.

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La división en Guerras Mundiales, I y II, y Guerra Fría, expresión habitualmente escrita con minúsculas por considerarse que designa un período impreciso antes que una guerra en sentido estricto, tiene una finalidad sobre todo didáctica; no debemos olvidar que la historia no es una sucesión de acontecimientos, sino el relato de esos acontecimientos, y todo relato requiere y establece un orden.
 
La idea de Nolte de englobar todas esas guerras en una sola, la guerra civil mundial ideológica 1917-1989, es decir, de cerrar por sus extremos el siglo XX, un siglo corto, en relación con el comunismo, resulta a todas luces insuficiente, puesto que la Gran Guerra comenzó en 1914 y el ascenso de Lenin al poder –generado, por cierto, desde Alemania– es sólo un capítulo de ese conflicto. Por otra parte, la contienda iniciada en 1914 hunde sus raíces en la guerra franco-prusiana de 1870, la Comuna de París de 1871 y la guerra ruso-turca de 1876-1878, y extiende sus ramas hacia el llamado holocausto armenio y la guerra civil rusa.
 
En cuanto al final, la caída del muro de Berlín da a 1989 un valor simbólico, pero en modo alguno cierra taxativamente la época. La implosión de la URSS sólo termina la etapa de la Guerra Fría en la que el enemigo principal de Occidente es el comunismo soviético. A partir de ahí la relación de fuerzas cambia, pero no desaparecen China, ni Corea del Norte ni Cuba.
 
El logo de la OTAN, en el cuartel general de la organización.Al desaparecer la Unión Soviética, otros países se proponen asumir el liderazgo perdido en la oposición a los Estados Unidos, y no siempre con un discurso de corte antimperialista o proislámico: Francia, que había proporcionado información a los rusos durante décadas, y Alemania, principal acreedor externo del régimen extinto, constituidos en unidad política dominante dentro de la Unión Europea, compiten en radicalidad antiamericana con China, el islam, Cuba y los populismos neocastristas.
 
La guerra de Irak estuvo a punto de acabar con la OTAN: sólo la adhesión española a la alianza encabezada por los Estados Unidos lo impidió, al obligar al eje francoalemán a escoger entre la continuidad de la OTAN o la quiebra de la UE. Por supuesto que nadie lo planteó explícitamente en esos términos, pero ésas eran las cartas que había sobre la mesa. Hay, pues, que redefinir la noción de Occidente antes de establecer con quién nos estamos enfrentando hoy mismo, cuando basta que Condoleezza Rice reitere la decisión americana de no levantar el embargo de armas a China para que Chirac, codicioso aprendiz de brujo, se disponga a vendérselas.
 
En la Segunda Guerra Fría hay campos bien definidos, pero los contendientes no son constantes. Occidente es, por momentos, el conjunto de los ciudadanos de cultura judeocristiana de Europa, América y Oceanía, a los que habría que sumar los pobres olvidados que sostienen idénticos valores en África y Asia –Israel, los cristianos que resisten hasta ser asesinados en India, Indonesia y otros países–. Por momentos, se limita a ser un bloque político en el que los Estados Unidos tienen un papel rector.
 
Cabe pensar que Occidente no se define hoy por sí mismo, sino en función de las batallas que sea capaz de librar contra los enemigos de las sociedades abiertas, ubicuos, europeos o no, comprometidos con proyectos hegemónicos propios, con el terrorismo, con el islam agresivo, con los restos del comunismo, que no son pocos ni débiles, con los autoritarismos populistas.
 
La Segunda Guerra Fría, como la precedente, se descompone en pequeñas guerras concretas. Si hasta los años 80 el riesgo nuclear fue elevado, a pesar de los esfuerzos de algunos dirigentes de los dos lados –la distensión posterior a la crisis de los misiles cubanos le costó el poder a Kruschev, y tal vez la vida a Kennedy­–, ahora es elevadísimo: la bomba no está en manos de dos aparatos relativamente controlables y controlados, sino en manos de cualquiera; ya no hay un botón en la Casa Blanca y otro en Moscú, sino cientos de botones en lugares ignotos, al alcance de un ayatolá o de un coronel golpista de tercera línea, de los cuales nunca hemos oído hablar.
 
Osama ben Laden.Para nuestra tranquilidad –escasa–, los árabes y el islam están apenas si un poco más organizados que en tiempos de T.E. Lawrence: los chiíes están enfrentados con los sunníes, pero los chiíes iraquíes también lo están con sus homólogos iraníes, y se mataron gustosamente entre sí durante varios años; los chiíes de Irán sostienen a Hezbolá, pero no es imposible que esta organización pase al servicio de los sunníes si las cosas cambian en el Líbano y en Siria. Felizmente, Ben Laden es wahabita.
 
Pero, no obstante todas sus contradicciones internas, están ganando la guerra de vientres, y el ingreso de Turquía en la UE sería para ellos un éxito difícil de superar. Y ganaron la guerra de Yugoslavia, la primera en que naciones cristianas se enfrentaron para entregar una de ellas al Islam, en palabras de Massimo D’Alema (¡!): Alemania consiguió que Croacia se independizara y restaurara la estatua de Pavelic, y como consecuencia Bosnia, Kosovo y Albania salieron de la sartén del comunismo para caer en el fuego musulmán. Occidente ha obtenido difíciles victorias en Afganistán e Irak, y avanza en el campo diplomático presionando con ciertos resultados a los sirios.
 
China es ya el segundo consumidor mundial de petróleo: devora el doble que hace diez años, mientras Estados Unidos elevaba en el mismo período la cifra en un 15 por ciento, informa Jaime Naifleisch en Cronista Digital. Basta con ese índice, que naturalmente va acompañado, para comprender a qué nos enfrentamos. ¿Representa Chirac a Occidente cuando se muestra dispuesto a vender armas a los chinos? ¿O es que se trata de armas pacíficas, como las que Zapatero vendió a Chávez para el ejército venezolano –creando un desequilibrio regional importante– y, probablemente, para la narcoguerrilla que está ahogando a Uribe?
 
Los ecoprogresistas, naturalmente, nada dicen de la contribución china a la contaminación planetaria. Forman parte del frente interno occidental, lo que tal vez convenga denominar quinta columna del expansionismo chino, y del árabe, claro está, puesto que el petróleo no viene de la nada, y a veces hasta viene de Venezuela.
 
Por último, el terrorismo. La guerra, que no la lucha, contra el terrorismo, tan ubicuo como el tráfico de drogas, por ejemplo. Tan igual a sí mismo siempre. Estoy dispuesto a conceder que hay terrorismos distintos, que Ben Laden y Josu Ternera no tienen por qué llevarse bien y que la separación de Euskadi de Al Ándalus no es deseada por el jefe saudí, a menos que represente un paso en la campaña de la contra-reconquista –cosa que no se puede descartar–, pero estoy convencido de que tienen un enemigo común: nosotros.
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