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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Hoax

Hay momentos en que uno está tonto. Si esos momentos coinciden con un pico de astucia del contrincante, uno lleva las de perder. Suele pasar en internet con los bulos bien empaquetados. Pero no sólo en internet.

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Hay por ahí un par de consecuentes lectores de mis artículos (v. esto y esto) que dedican un tiempo precioso a detectar en ellos los hoax (que así se llaman los bulos en la red, con término inglés) que me cuelan. Están muy preocupados por mi credibilidad, según dicen. Han contabilizado tres "últimamente", aunque uno no sea de mi autoría y ni siquiera corresponda a mi texto: se trataba de una foto trucada en la que se veía a Mohamed VI y al presidente Zapatero a los lados de un mapa de Marruecos en el que aparecían Ceuta, Melilla, Canarias y el Sahara, señalados en color como territorio marroquí. No era vero, aunque sí ben trovato, porque existen fotos de Zapatero y de Aznar en el despacho del rey moro, en cuya pared luce un mapa idéntico. Hice cambiar la ilustración inmediatamente, no para no perder credibilidad, sino porque correspondía.

El segundo fue la ridícula aceptación por mi parte de unas supuestas palabras de François Fillon que hace un par de años habían sido atribuidas también al primer ministro australiano, a propósito de las cuales hice poner una nota al texto tan pronto como me lo señalaron. "De todas partes se regresa, menos del ridículo", decía Perón, como me recordó hace poco Carlos Rodríguez Braun. Curiosamente, lo decía cuando estaba en pleno ridículo con su mujer y su secretario, el Brujo. Bueno, estamos condenados a caer en él más a menudo de lo que parece. Lo indudable es que el señor Fillon no dijo exactamente eso, y que señalarlo parece ponerlo a salvo de injurias por su xenofobia, pero resulta que el gobierno francés se ha "demostrado" xenófobo ante los gitanos rumanos, como ya lo había hecho Sarkozy como ministro de Interior y en relación con la misma etnia. De modo que atribuirle exactamente esas palabras es un error, pero esas palabras son coherentes con el pensamiento de Fillon. Lo que significa que la aparente defensa de Fillon es, en última instancia, un ataque a mi persona y no otra cosa.

En cuanto al tercer bulo, que se refiere a la boda colectiva de niñas en Gaza, no sólo me lo colaron a mí, sino a El País –que rectificó en una fe de errores puesta al final de las Cartas al Director– y a Periodista Digital, aunque el diario en papel fue bien tratado por los cazadores de hoax y el periódico de Alfonso Rojo fue condenado por su "tendenciosidad".

El medio digital está lleno de riesgos: las cosas te llegan bien envueltas, con referencias que hacen verosímil lo que no es verdadero. Como en la vida. Uno no puede decir cuál es su fuente cuando da una información, aunque sepa que no hay fuente absolutamente fiable. Lo he repetido muchas veces: la historia es un relato, con un narrador lleno de debilidades e intereses, de ideología, de parcialidades. En determinado nivel, las fragilidades de ese relato son obvias, como en esas cosas que se hacen circular por cadenas atribuyendo un poema cursi o un pensamiento de idiota a Borges o a García Márquez. En otro nivel, nada es del todo claro. Hay webs dedicadas a sostener hoax que hasta los periodistas más perceptivos se tragan y mencionan como fuentes. Webs de propaganda que parten de la permanencia de los prejuicios: por ejemplo, todo lo que se diga sobre la CIA es creído por una parte considerable de los lectores.

El fenómeno de la propaganda palestina clama al cielo: por mucho que se haga para desmontar los trucos fotográficos y los vídeos hechos con actores, los reenvíos se multiplican por miles. Todos sabemos que existe Pallywood, una fábrica de pesadillas, ya que no sueños, pero estamos condenados a ver portadas de periódicos en las que los hoax de ese origen han sido voluntariamente admitidos y reproducidos: todo es legítimo contra Israel. Por cierto, esos lectores preocupados por mi credibilidad sospechan que yo estoy dispuesto a hacer lo mismo en sentido contrario: a admitir voluntariamente cualquier cosa que justifique mi obsesivo antiislamismo. Así lo ven ellos. Mucho me temo que la exagerada atención que me dedican tenga por finalidad convencerme o desprestigiarme, olvidando que yo soy un paranoico al que realmente persiguen. De ser así, deben agradecerle el esfuerzo los camaradas de Webislam –fuente de incontables hoax, por cierto–, que me incluyeron en su lista de fatuables hace tiempo, en compañía de gente tan diversa –todos amigos, eso sí, aunque con visiones del mundo distintas– como Pilar Rahola, Gustavo de Arístegui, Gabriel Albiac, Jon Juaristi y un considerable etcétera.

Internet es una fuente inagotable de basura y de información. Yo recibo a diario un centenar de correos reenviados por distintas personas o grupos. Borro unos noventa en cuanto veo de qué van. Y de los otros diez, acabo por archivar uno o dos para futuros trabajos. No siempre sanctos ni valiosos por sí mismos. En mi biblioteca tengo un ejemplar de Mi lucha y otro de los Protocolos de los sabios de Sion, que se difundieron tanto como si hace cien años hubiese internet y que son los dos libros más traducidos en el mundo islámico, de los poquísimos que se traducen. (Esta última frase se puede aislar, se puede reproducir con mi firma sin mentir y, sin embargo, no me define ni explica mi pensamiento). Los tengo porque hay que refutarlos constantemente, las penosas ideas que en ellos se exponen son el pan de cada día. Con el mismo criterio archivo documentos que me llegan.

Durante más de setenta años, la URSS volcó sus afanes en la divulgación de bulos, por un lado, y en la negación de otros, por otro. Cuando yo aceptaba no pocos de esos hoax impresos, contaba con la simpatía de unos cuantos que ahora me detestan y tenía sobrada credibilidad, entre otras razones porque la gente oye lo que quiere oír. Ahora poseo minuciosos lectores que me amenazan con la pérdida de esa misma credibilidad por haber desertado de las estupideces más gordas de mi vida. La culpa no es de internet, ni de los hoax, que están en portada de grandes periódicos, sino del color del cristal con que se lee.

Una vez, un hombre que destacaba por su ignorancia –sostenía que la Tierra es evidentemente plana y que no existen las lluvias de estrellas, y no exagero– le dijo a mi amigo Jaime Naifleisch que él no leía periódicos porque la mitad de lo que publicaban era mentira. Jaime le pidió entonces que le señalara qué mitad y el individuo, impotente ante el desafío, respondió que las dos. Escribir consiste en gran medida en determinar qué mitad es mentira y qué mitad es verdad, rumiar la porción cierta y poner orden en ese conjunto. Por supuesto, el resultado rara vez es impecable. Pero el saber está lleno de vacíos y la cultura es una suma no sólo de éxitos del conocimiento, también de estrepitosos fracasos.

 

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