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A VUELTAS CON LA MUERTE DE BEN LADEN

Javier Solana, maestro Ciruela

Confieso, abochornado, que durante mucho tiempo pensé que Javier Solana era una de las figuras rescatables del felipismo. Craso error. Al leer la entrevista que le publica La Vanguardia (edición para ciudadanos de segunda categoría castellanohablantes, 7/5/2011), llego a la conclusión de que, comparado con él, hasta el insolvente Miguel Ángel Moratinos era un híbrido de Metternich y Kissinger.

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Solana, maestro Ciruela, que no sabe leer y pone escuela... y que, para colmo, pretende dar lecciones a Barack Obama y al pueblo de Estados Unidos. Solana desahoga sus torpes lucubraciones en Washington, irritado por el júbilo con que celebran a su alrededor la ejecución de Ben Laden. "Todo el mundo (sic) habría preferido que se hubiera hecho lo que se hizo en España, que es detener y juzgar". Lo cual, vista la cantidad de terroristas etarras e islámicos que salen a la calle con reducciones de condena o, peor aun, absueltos, es una burla sangrienta. Además, Solana fue miembro del gobierno que, para combatir a ETA, optó por la solución drástica de los GAL, solución que, como consta en las hemerotecas, defendí públicamente cuando fue aplicada.

Años de plomo

Aquellos eran los años de plomo, y estaba fresco el recuerdo de la eficaz actuación de los barbouzes, sicarios de la mafia marsellesa, contra la OAS por orden del general De Gaulle. La operación de los GAL estuvo mal ejecutada, por chapuceros o corruptos, pero su esquema era idéntico al que se aplica en todos los servicios clandestinos del mundo. Y allí la mayor injusticia se cometió con el que fue el chivo expiatorio: el general Enrique Rodríguez Galindo, auténtico héroe en la guerra antiterrorista.

Se escandaliza Solana porque los seals hicieron su trabajo "entrando en un país extranjero, en este caso Pakistán, sin comunicárselo". Quien fue jefe de la diplomacia europea hasta el 2009 y secretario general de la OTAN tiene la obligación de saber que Pakistán es refugio y semillero de terroristas protegidos; allí, los golpes de estado están a la orden del día, ahorcan a ex presidentes, asesinan a candidatas a la presidencia, desaparecen dictadores en misteriosos accidentes de avión, se preparan atentados contra ciudades de la India y el poder está en manos de corruptas camarillas militares, mientras las escuelas coránicas adoctrinan a nuevos yihadistas suicidas. Con un arsenal nuclear como telón de fondo. El maestro Ciruela puede tomar por tontos a los lectores de La Vanguardia, pero su flamante cargo de presidente del Centro de Economía y Geopolítica Global (¡!) en la escuela de negocios Esade debería inducirlo a ser más prudente.

Aire de perdonavidas

Solana naufraga en lo patético cuando declama, con aire de perdonavidas:

Hay una tradición, la europea, mucho más jurídica, con mucha mayor claridad en las normas. En Estados Unidos no olvidemos que hay todavía una tradición de lucha de frontera. Aquí la pena de muerte está reconocida. En Europa, no (...) Por tanto hay diferencias en el respeto de algunos elementos que para nosotros son fundamentales y que en este país lo son menos.

Vaya, que este maestro Ciruela aparentemente sabe leer, porque si no no habría acumulado tantos cargos, pero se obstina en no asimilar lo leído, o en tergiversarlo, lo cual hace doblemente ofensiva su soberbia. La tradición de frontera de Estados Unidos se remonta al siglo XIX, y su Guerra de Secesión se desarrolló entre 1861 y 1865. A partir de entonces Estados Unidos tuvo que acudir en auxilio, tanto militar como económico, de Europa durante dos grandes guerras y después de ellas. Solana tiene, para colmo, la insolencia de menospreciar la solidez jurídica y la salud cívica de Estados Unidos, cuando él es producto de la trabajosa transición hacia la democracia de un país que todavía sufre los coletazos de su prolongada guerra incivil, y donde perduran las lacras del terrorismo y el secesionismo. Todo ello mal digerido por los promotores de la memoria histórica que se apoltronan en el partido del justiciero Solana. Escribió, con razón, Joaquín Leguina, que no está contaminado por la tradición de lucha de frontera estadounidense, refiriéndose al lenguaje sectario y maniqueísta de los memorizadores:

Lo que se debiera hacer es precisamente lo contrario, es decir, ampliar el mutuo perdón y hacer que todos los muertos –todos– sean también de todos.

Castigo ejemplar

Alardear, además, como lo hace Solana con irritante engreimiento, de una presunta tradición europea más jurídica, con mucha más claridad en las normas, que, a diferencia de la estadounidense, excluye la pena de muerte, implica arrumbar en el trastero de la historia el acto de justicia más portentoso y trascendental que se registró en el siglo XX: el ajusticiamiento en la horca de los criminales de guerra condenados por el tribunal de Nuremberg. Un tribunal cuya legitimidad ha sido impugnada con razón por demócratas de conducta intachable, pero que igualmente impuso un castigo ejemplar a culpables de atrocidades que ningún código penal contemplaba, precisamente porque no tenían precedentes. "Los aliados –explica un historiador– debían inventar un cuerpo legal que criminalizase los delitos nazis, con vigencia retroactiva". El fiscal británico, el ministro de justicia sir David Maxwell Fyfe, lo resumió así:

Nuestra tarea (...) consiste en hacer que se juzgue y condene a los nazis más destacados y se ejecute a muchos de ellos.

Lo más chocante, desde el punto de vista actual, fue la presencia en el tribunal, primero como fiscal y después como juez firmante de las penas de muerte, del general soviético Yona Nikitchenko, que había participado en las purgas de disidentes de los años 30 y que, en Nuremberg, atribuyó a los nazis la matanza de oficiales polacos que los comunistas habían perpetrado en Katyn. El mariscal de campo sir Bernard Montgomery fue muy sincero cuando dijo que los juicios habían convertido en crimen el librar una guerra sin éxito,

lo que llevaría a que los generales del bando derrotado fueran juzgados y ahorcados después de los hechos.

Y agregó que si los alemanes hubieran ganado la guerra, él mismo podría haber sido juzgado. Hermann Göring, el más cínico de los reos, que eludió la horca suicidándose con una cápsula de cianuro, prefirió citar en cambio una frase atribuida a Winston Churchill: "En la lucha por la vida y la muerte no existe, en definitiva, la legalidad". Lo importante, empero, y lo que quedará registrado en los textos como un hito histórico, es que los criminales juzgados por ese tribunal atípico pagaron sus culpas en el patíbulo.

En plan bestia

La controversia que pretenden montar algunos formadores de opinión frívolos que pueden desvariar desde el paraíso de los privilegiados, y sobre todo aquellos cuyo rencor contra la sociedad abierta no reconoce límites desde que ésta borró del mapa a la mayoría de los leviatanes totalitarios, esa controversia, repito, queda reducida a su justa e ínfima dimensión cuando se recuerda que Nuremberg tampoco se ciñó a los cánones que reivindica Solana. De todos modos, no es superfluo echar un vistazo al argumentario de estos formadores de opinión para desenmascarar la catadura de sus autores y la perversidad de sus intenciones. A la cabeza del equipo está, infaltable, el gurú del movimiento antisistema y anti todo lo que huela a sociedad abierta: Noam Chomsky.

El discurso de Chomsky tiene algunos puntos de contacto con el de Solana, aunque en plan bestia. Denuncia un "asesinato planificado", sin "ningún intento de aprehender a la víctima desarmada", que debería haber sido sometida a un "juicio justo". O sea, comunicarle su derecho a permanecer en silencio, tras su detención, como en las películas de Hollywood, para que luego pudiera acogerse a la Quinta Enmienda ante el tribunal de turno. Chomsky abraza todas las teorías conspiranoides sobre el ataque a las Torres Gemelas, hace hincapié en que Bin Laden sólo era "sospechoso" y despacha su autoinculpación con un chiste: "Alardeó de algo que consideraba un gran logro (...) suena más bien como si yo confesara que gané la maratón de Boston". Ni siquiera falta, como en el sermón de Solana, el reproche por la violación de la soberanía de Pakistán. Si los ahorcados de Nuremberg hubieran contado con un defensor tan imaginativo, quizás habrían podido terminar sus días en un palacete de la Costa Azul.

En este circo tampoco podía faltar el incansable confidente y emisario de subversivos Adolfo Pérez Esquivel, quien aprovecha el generoso espacio que le cede la dictadura castrista en su red Cuba Debate - Contra el Terrorismo Mediático para asestar sus acusaciones a Barack Obama en una extensa carta escrita de tú a tú, de premio Nobel de la Paz a premio Nobel de la Paz:

Al dirigirte esta carta lo hago fraternalmente y a la vez para expresarte la preocupación e indignación de ver cómo la destrucción y muerte sembrada en varios países, en nombre de "la libertad y la democracia", dos palabras prostituidas y vaciadas de contenido, termina justificando el asesinato.

El término asesinato se repite como un mantra a lo largo de toda la filípica, acompañado por las consabidas dudas acerca de la culpabilidad del ejecutado y de la autoría del ataque contra las Torres Gemelas. No conforme con esto, el invitado de la red castrista acusa, ahora sin dudas ni reticencias, a Barack Obama de incrementar el odio y traicionar sus principios.

Plañideras de Ben Laden

Que Chomsky y Pérez Esquivel, enemigos acérrimos de las sociedades abiertas y de la civilización occidental, se comporten como plañideras de Ben Laden no tiene nada de raro, como tampoco lo tiene que los acompañen Ignacio Ramonet, director del desorbitado Le Monde Diplomatique, y, en la retaguardia apolillada, la estrambótica Maruja Torres. Lo que me aflige, en cambio, aunque ya nada me sorprende, es ver en el pelotón de insumisos a Josep Ramoneda, cuyo artículo "Sensibilidad democrática" (El País, 5/5/2011) exhuma los más rancios clichés de la retórica sesentayochesca: "el coraje de desafiar al Imperio", "los ideólogos del poder occidental" y, como innovación, "el servilismo a Obama", los "recortes de derechos y libertades básicas", el "cargarse el espacio de libre circulación de Schengen" y "el uso en España de la Ley de Partidos para echar de las elecciones a dos partidos legales". Sin omitir, por supuesto, la cláusula de que en una cultura democrática "a los criminales se les detiene y se les entrega a un tribunal para que sean juzgados", como nos lo recuerdan enfáticamente Solana y los veteranos demócratas Chomsky, Pérez Esquivel e Ignacio Ramonet. Sólo les falta, a todos ellos, abominar de la versión tortuosa de la justicia que se aplicó en Nuremberg y exigir la reivindicación póstuma de los allí ahorcados.

Y si digo que me aflige el artículo de Ramoneda es porque, cuando llegué a Barcelona, entablé con él una relación afectuosa, que culminó cuando me ayudó a ingresar como colaborador en La Vanguardia, por lo que siempre le estaré agradecido. Pero después me dolió asistir a la gradual metamorfosis de un liberal de izquierda, racionalista, antidogmático y desprovisto de prejuicios identitarios, a quien apreciaba y admiraba, que terminó convirtiéndose en el intelectual orgánico del secesionismo catalán y de la progresía beligerante. Ahora, Ramoneda ha obrado el milagro de transformar fugazmente, con el citado artículo, el desdén que siempre me inspiraron la idiosincrasia y la trayectoria política de Zapatero en un sentimiento parecido a la compasión. Compasión al ver cómo lo abandonan y abominan de él quienes lo adulaban por su hostilidad al "Imperio", por su falso y frívolo progresismo de escaparate, por sus transacciones con los terroristas y secesionistas, y por la ductilidad con que lucía el laicismo histriónico al mismo tiempo que concertaba alianzas con quienes ahogaban el laicismo kemalista.

Pero no importa. Ben Laden está muerto y bien muerto. Los ahorcados de Nuremberg están muertos y bien muertos. Y si a alguien no le gusta, que se joda.

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