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LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Catalanismo, nacionalismo, independentismo

Hace ya tiempo que los conceptos catalanismo, nacionalismo e independentismo han dejado de tener significados distintos para mezclarse en un magma confuso que les ha hecho perder sus perfiles específicos en aras de la construcción nacional. Pero históricamente no ha sido así.

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Cada concepto ha caracterizado una época y una aspiración, sea ésta cultural, política o las dos cosas a la vez. Con el alineamiento explícito con la independencia de los representantes del catalanismo Jordi Pujol y Artur Mas en los referendos del derecho a decidir, la ambigüedad calculada ha llegado a su fin. La sociedad catalana ha de emanciparse de esta estafa, y los custodios de la legalidad constitucional han de hacer cumplir la ley.

Veamos el recorrido del fraude.

– El catalanismo cultural. (Objetivo: convertir al catalán en lengua escrita y culta y conseguir el reconocimiento de las tradiciones populares catalanas. Época: mediados del s. XIX).

Los Juegos Florales de 1859 –en plena Renaixènça– impulsan la voluntad de convertir al catalán en lengua escrita y literaria. Los avatares de la historia la habían dejado reducida a mera lengua oral y familiar. Las causas de tal postración van desde el declive medieval y la peste negra del s. XIV, que diezma la población de Cataluña (queda reducida a 300.000 personas), al desplazamiento en el siglo XVI del poder naval, económico y político al Atlántico en perjuicio del Mediterráneo, donde el reino de Aragón tenía una posición privilegiada. Estos reveses dejan al catalán en desventaja ante otras lenguas del continente europeo, como el francés o el castellano, que comenzarán a afianzarse en este siglo y el siguiente, en sustitución del latín, por entonces lengua franca y de asentamientos legales, educativos y religiosos.

Perdido ese tren, los logros de autores medievales como Bernat Metge o Ramon Llull, u obras como Tirant lo Blanc, no tendrán continuadores. Tampoco ayudarán la legislación a partir del Decreto de la Nueva Planta (s. XVIII) ni las disposiciones educativas de la monarquía ilustrada de Carlos III, que tienen al castellano como único idioma oficial. Cuando se producen las primeras reivindicaciones culturales aún quedaba medio siglo para que naciera Franco y casi un siglo para que éste se convirtiera en la disculpa preferida del catalanismo para justificar su declive, pero ya entonces la reivindicación de la lengua catalana se utiliza como instrumento político.

Prat de la Riba.– El catalanismo político. (Objetivo: bilingüismo y autonomismo con reconocimiento de la nacionalidad catalana dentro del Estado. Época: finales del s. XIX - principios del s. XX).

Minoritario, burgués, alejado del liberalismo y cercano al carlismo, el catalanismo político añade a la reivindicación del catalán como lengua literaria el reconocimiento de la singularidad y el autogobierno de Cataluña. Dos tendencias se consolidarán a finales del s. XIX: la federalista de Valentín Almirall y la carlista de Josep Torras i Bages. Alrededor de esta voluntad regionalista se escriben las Bases de Manresa (1892), primer esbozo político claramente autonomista, y echa a andar la Lliga Regionalista, liderada por Prat de la Riba, promotor del uso del concepto de nación para designar a Cataluña, frente al resto de España, a la que asigna la denominación de Estado (v. La nacionalitat catalana, 1906). El propio Prat de la Riba presidirá la primera concreción de esa voluntad diferenciadora: la Mancomunidad, concedida en 1914 y disuelta durante la dictadura de Primo de Rivera, en 1925. Es el antecedente de la Generalidad de Cataluña.

Con la llegada de la Segunda República se instaura la Generalidad y se aprueba el primer estatuto de autonomía (1932). Ese primer estatuto no pasa de un catalanismo político perfectamente encajado en la estructura del Estado, y su política lingüística no amenaza al castellano. A pesar de las asonadas políticas de Macià y Companys, se puede decir que, socialmente, el catalanismo político no pasaba de una voluntad de autogobierno dentro de España.

– El nacionalismo soberanista. (Objetivo: monolingüismo encubierto, derecho de autodeterminación y Estado propio en cuanto se disponga de mayoría social).

La larga dictadura franquista, con su hiriente desprecio por las diferencias culturales y lingüísticas, exacerbó las reivindicaciones catalanistas hasta el resentimiento. O al menos las justificó. En ese contexto nació el independentismo del PSAN y ERC. Pero habremos de esperar a la restauración de la Generalidad, en 1979, para comprobar que lo que quería Jordi Pujol era transformar el catalanismo político en un señuelo para imponer el nacionalismo soberanista. Jugaba con sobreentendidos soberanistas. "Avui paciencia, demà independencia", murmuraba la militancia de CiU a principios de los ochenta en cada acto de afirmación nacional. Todo a su tiempo. En Cataluña, las consignas palpitan sobreentendidas sin necesidad de mayores explicitaciones.

Sus primeros pasos al frente de la Generalidad lo dejaban claro. El bilingüismo reivindicado por el catalanismo político de Prat de la Riba se convertía en coartada para desplazar al castellano por el catalán en una primera etapa; en una segunda, éste se impondría como única lengua institucional. El manifiesto de los 2.300 alertó de la trampa en 1981, y el de 1994, "En castellano también, por favor", dio cuenta de la impostura y organizó la resistencia. Detrás de la lengua venía la nación, no como ente cultural y político dentro del Estado, como quería Prat de la Riba, sino como ente con derecho a tener un Estado propio. Tal derecho, por supuesto, no se exigía de inmediato ni a las bravas: el objetivo era lograr una mayoría social que lo hiciera inevitable. Por eso se convirtió la escuela en escuela catalana en lengua y contenidos, se creó una red de medios públicos de comunicación identitarios y se extendió una tupida malla de organismos, instituciones y asociaciones, bien nutridos de subvenciones públicas, con el objetivo de crear la atmósfera propicia al soberanismo y para poder prescindir emocionalmente de España.

Mientras cultivaba el resentimiento contra España, el nacionalismo de Pujol se presentaba como autonomista y bilingüista. Una mascarada que a la vuelta de los años se tornó grotesca.

– Independentismo. (Objetivo: monolingüismo explícito, catalán como única lengua oficial, independencia de Cataluña e incorporación de los Països Catalans a la Unión Europea).

ERC es históricamente el partido representativo del independentismo catalán; pero, para lo que nos ocupa –definir las diferencias conceptuales actuales entre catalanismo, nacionalismo e independentismo–, la fecha que hay que retener es 1989, cuando Ángel Colom accede a su Secretaría General. Con él, el independentismo renuncia a la violencia, que históricamente había sido una constante –desde el Estat Català fundado por Francesc Macià hasta Terra Lliure, desaparecida en 1996–. Actualmente, Ángel Colom es el secretario para la inmigración del gobierno de CiU, y su tarea primordial es velar por que la lengua de acogida sea únicamente el catalán, y la cultura catalanista la argamasa sentimental para convertir a los recién llegados en patriotas catalanes. Buscan la hegemonía social del soberanismo, y los inmigrantes son la población más fácil de modelar.

Los antecedentes inmediatos del independentismo actual los hemos de buscar en el PSAN (Partit Socialiste D'Alliberament Nacional), fundado en 1969. Ya en democracia, numerosas formaciones, entidades y asociaciones, a menudo enfrentadas entre sí, vienen a representar al independentismo: además del PSAN y ERC, el Moviment de Defensa de la Terra (MDT), las CUP, Reagrupament, Solidaritat Catalana; las juventudes de Esquerra y CiU, Estudiants en Acció, CEPC, Alternativa Estel (estos dos últimos ya unificados en el Sindicat d'Estudiants dels Països Catalans SEPC).

La campaña por el derecho a decidir, que ha llevado a la celebración en toda Cataluña de numerosas consultas por la independencia (la primera tuvo lugar el 13 de diciembre de 2009 en Arenys de Munt), ha permitido identificar y a la vez desenmascarar las pulsiones independentistas de todo el catalanismo, no sólo del soberanista. El apoyo de Mas y Pujol a estas consultas y su alineamiento con la independencia desdibuja los vértices más pronunciados que servían para diferenciar los conceptos arriba referidos y abre paso a un catalanismo independentista por grado o por fuerza.

Nadie puede saber hasta dónde llegará esta insumisión a las reglas constitucionales. Sí sabemos, porque así lo han declarado, que no van a cumplir varias sentencias del Tribunal Supremo sobre cuestiones lingüísticas y la del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto. No sabemos si este proceso se acelerará o se enquistará; sí sabemos que ahora mismo están echando un pulso al Estado para conseguir un pacto fiscal o concierto económico que puede agrietar la solidaridad y legitimidad constitucionales. Como sabemos que, hoy, amparados en el catalanismo, todos están jugando sucio con las instituciones democráticas. Dejarse enredar por las matizaciones conceptuales puede servir a los socialistas del PSC para esconder sus vergüenzas, pero no para ocultar su cobardía y su traición a España.

Catalanismo, nacionalismo e independentismo son conceptos, aparentemente, distintos, como soberanismo, derecho a decidir, pacto fiscal o concierto económico. Aparentemente. En la realidad, son conceptos análogos y momentos distintos de un mismo proceso.

Las palabras del portavoz de CiU, Jordi Turull, en el debate para tramitar la ley de independencia en el Parlamento de Cataluña el pasado 13 de abril, en contestación al defensor de la iniciativa, Strubell, de Solidaritat Catalana, despejan cualquier duda sobre las intenciones finales de CiU:

Que estemos de acuerdo en el qué [la independencia] no quiere decir que estemos de acuerdo en el cómo, ni en el cuándo.

Ahora sabemos con toda seguridad que sólo es cuestión de tiempo. En cuanto las circunstancias les sean favorables y tengan la seguridad de que no habrá contrapartidas costosas, romperán la baraja. Denlo por seguro. Mientras tanto, seguirán gestionando el fantasma del independentismo para obtener ventajas con el autonomismo. Es el negocio del que vive una clase social en Cataluña, que se denomina catalanista, nacionalista o independentista según le interese, en detrimento del resto de catalanes. Una jugada maestra para excluir de la ciudadanía a la mitad de Cataluña, eliminarla laboral y socialmente. Desde luego, mucho más educada y eficaz que la solución final del expeditivo nibelungo. 

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