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ECONOMÍA

La alteración de la moneda

Uno de los fenómenos económicos que más atención suele recibir por parte de la prensa es el de la inflación, que es de larga data. Así, ya en época del emperador Nerón se tenía constancia de su existencia.

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Para hacer frente a los crecientes gastos del ejército y la administración pública, Nerón decidió alterar el contenido del denario y el áureo. En el año 64 fijó el contenido de plata del denario en 3,4 gramos, frente a los 3,90 que tenía anteriormente, y el contenido del áureo bajó de 8 gramos de oro a 7,3. En lugar de financiar el aumento del gasto con una subida de impuestos, optó por envilecer la moneda, lo que en el fondo no dejaba de ser un impuesto indirecto.

Los precios de los bienes subieron tras dicho envilecimiento, e, irónicamente, la recaudación no aumentó especialmente. Y es que los ciudadanos romanos prefirieron atesorar las monedas antiguas, que contenían más metal precioso, y efectuar sus pagos –impuestos incluidos– con las nuevas.

El envilecimiento de la moneda fue muy común, al punto de que en el siglo III el denario apenas tenía un 2% de su contenido original de plata. Los precios, claro, reflejaron este fenómeno: experimentaron una subida del 15.000% durante dicho siglo. De hecho, hubo un tiempo en que parte del estipendio de los legionarios se pagaba en especie, precisamente, por el ínfimo valor de la moneda.

Para acabar con la inflación, el emperador Diocleciano intentó establecer controles de precios. En el año 301 publicó el Editum de Pretiis Maximis, donde se establecía un precio máximo reducido para determinados bienes; los infractores podían ser castigados incluso con la muerte.

El resultado no pudo ser más desfavorable. Muchos de los bienes cuyo precio se fijó desaparecieron de los mercados oficiales, se ejecutó a infractores del decreto, pero los precios siguieron sin someterse a los dictados del emperador. El Editum acabo siendo ignorado y, finalmente, derogado por Constantino I.

En el siglo XX el fenómeno de la inflación fue especialmente dramático. La tasa más alta jamás conocida fue la del pengo húngaro, que llegó a alcanzar el 1,3 x 1016% mensual: los precios se duplicaban cada 16 horas. En 1946 se llegó a lanzar un billete de 100 trillones (1020) de pengos, billete que tiene en su haber el dudoso honor de ser el de mayor denominación de la historia.

En tiempos más recientes tenemos el ejemplo de Zimbabue. Para financiar su programa de confiscación de tierras, Robert Mugabe exigió al banco central que imprimiese más billetes, lo que condujo a tasas de inflación cada vez mayores. En noviembre de 2008 la tasa mensual se situó en el 79.600.000.000%: los precios se duplicaban cada 25 horas: ha sido la segunda mayor tasa de inflación conocida.

El efecto de niveles de inflación como esos ha sido siempre el mismo: la moneda envilecida ha acabado por no tener uso alguno y siendo reemplazada por otra (con más metal precioso, o bien de algún país con menos inflación), o por algún metal precioso; o bien se ha vuelto al trueque. Siempre, la población ha salido terriblemente empobrecida.

El origen de todas las políticas inflacionarias ha sido siempre el mismo: tratar de alterar el papel principal que tiene el dinero como elemento facilitador de la compraventa y del ahorro supeditándolo a otras funciones, como la de financiador del Estado. Aunque prácticas como la monetización directa hace tiempo que no se realizan en los países occidentales, ello no significa que no existan sugerencias peligrosas. Así, ocasionalmente, se escuchan propuestas, consideradas no convencionales, sobre el papel que debe desempeñar la moneda, como puede ser la eliminación de billetes por sorteo, la aplicación de tasas de interés negativas por parte de los bancos centrales o la creación de billetes con fecha de caducidad. Estas propuestas se han escuchado con más fuerza en los dos últimos años: el objetivo, según sus promotores, es aumentar el consumo y contribuir a la superación de la crisis. Si se pusiesen en marcha, los efectos serían como los que en otros tiempos o lugares generaron hiperinflación.


© AIPE

JUAN JOSÉ MORA VILLALÓN, miembro del Instituto Juan de Mariana.
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