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ECONOMÍA

¿Hay que subir los sueldos?

En estos días de convulsión económica no han sido pocas las voces de conocidos analistas económicos que han defendido la necesidad de que los salarios se ajusten a la baja para encarar la salida de la crisis.

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La lógica que emplean estos economistas es de sentido común, y el rechazo a asumirla ha sido la madre de todos los estancamientos económicos de la historia: durante los años de la burbuja inmobiliaria, los salarios de los españoles aumentaron como consecuencia no de una mayor productividad, sino de que la orgía crediticia transmitía la ilusión de que éramos más productivos. Así, trabajadores y capitalistas obtenían unas suculentas rentas por construir unas viviendas carísimas que nadie iba a adquirir, y merced a ellas se podían permitir adquirir caros televisores, mobiliarios o automóviles y salir a cenar o a tomar unas copas más veces por semana. Gracias a tan súbito como artificial aumento de la renta de trabajadores y capitalistas en el sector la construcción, los salarios repuntaron igualmente –y de manera igualmente artificial– en el resto de la economía.

Es lógico, pues, que una vez reconocida la burbuja de precios en la construcción, los precios y los salarios del resto de la economía se ajusten a la baja. En caso contrario operaríamos bajo la ficción de que seguimos generando la misma riqueza que creíamos estar generando en los tiempos del boom de la construcción (ya que imagino que pocos negarán que los cementerios de ladrillo que hoy pueblan España no son precisamente un paradigma de la prosperidad). Lo único que cabría matizar a quienes piden salarios más bajos es que no son sólo los sueldos los que tienen que reducirse, sino también el resto de costes empresariales; empezando, por ejemplo, por el coste de los inmubles.

Pero en cualquier caso, se trata de ajustar nuestras rentas a nuestra productividad. Simplemente, no podemos consumir aquello que no hemos creado.

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Al tiempo que durante las últimas semanas oíamos el clamor para que los salarios se ajustasen a la baja, desde ciertos sectores marginales se lanzaba la consigna opuesta: los salarios no sólo no tienen que reducirse, sino que deben subir. La idea, desde luego, servirá para espolear a muchos trabajadores a hacer frente a la reducción, más o menos inevitable, de sus salarios, pero lo cierto es que la alternativa no es salarios bajos vs. salarios altos, sino salarios bajos vs. paro alto.

Quienes defienden una subida de los salarios lo hacen empleando un argumento aparentemente consistente, pero que no es más que mera vulgarización del keynesianismo, a saber: que unos salarios más altos permitirán incrementar la demanda, y que gracias a ello se recuperará la actividad económica.

El argumento es similar a esa absurda operación empresarial que se atribuye a Henry Ford: subir el sueldo a los trabajadores para que puedan comprar más automóviles. Poco sentido tendría que Ford pagara salarios más altos a sus trabajadores con el objetivo de que esos mismos trabajadores le devolvieran, compra de coches mediante, el dinero que previamente les había entregado. Siendo así, más le hubiese valido a Ford retener el dinero que mandarlo en un viaje de ida y vuelta…

Lo mismo sucede en el conjunto de la economía. A día de hoy, nuestra estructura productiva está adaptada a la fabricación de bienes que sólo pueden venderse de manera provechosa a precios absurdamente elevados (por ejemplo, las viviendas). Esto significa que los constructores exigen a los potenciales compradores que renuncien a consumir muchos otros bienes y servicios a cambio de adquirir un inmueble; justamente, los bienes y servicios que esos constructores podrían adquirir con el dinero que obtendrían de la venta de los inmuebles. En España, dado que necesitamos adquirir en el exterior muchos de los bienes que no producimos en el interior (como el petróleo), hemos de vender viviendas (y otros bienes) a los consumidores extranjeros: éstos tendrán que renunciar a comprar otros productos para quedarse con nuestras viviendas, justamente los bienes que los que españoles podremos adquirir con las resultas.

El problema es que, durante años, los extranjeros compraron viviendas en España a precios elevadísimos o bien porque tenían la expectativa de que los precios de esos inmuebles siguieran subiendo y podrían revenderlas con ganancia, o bien porque las rentas que percibían en sus países también se hallaban, como en España, artificialmente elevadas por la expansión crediticia de los bancos centrales y podían permitirse despilfarrar parte de su inflada riqueza en una costosísima casa en nuestro país.

Hoy no se da ninguna de estas dos circunstancias, y por tanto ni vendemos al exterior ni hay expectativa de que, con nuestra estructura productiva actual, vayamos a hacerlo en el futuro. Por tanto, los precios de las viviendas y de otros bienes que esperábamos vender al extranjero y a los que ya no podemos dar salida deben caer.

Ante esta certidumbre, a la que no son ajenos bancos y promotoras, por mucho que se resistan a reconocerlo, los capitalistas pueden bajar los precios y vender su mercancía o no bajarlos y comérsela con patatas. Si hacen lo primero, la empresa seguirá en funcionamiento; si no, tendrán que echar el cierre. Pero el quid de la cuestión no reside sólo en el descenso de los precios: si éstos caen pero no lo hacen los costes, los márgenes de beneficio de los capitalistas se estrecharán, y probablemente no les resulte rentable mantener su inversión en España: así las cosas, acabarán echando el cierre (no reinvirtiendo en el negocio hasta su total depreciación) o trasladando sus negocios al extranjero (si es que allí hay mejores oportunidades). O, si tampoco encuentran alicientes en el exterior, terminarán consumiendo un capital que ya no les sale a cuenta inmovilizar durante varios años para obtener, con riesgo, unas rentabilidades exiguas.

Eso es, de hecho, lo que está sucediendo ahora: industrias que no pueden bajar precios porque sus costes se mantienen artificialmente elevados (en muchos casos, porque los precios tendrían que caer tanto que se situarían por debajo de los costes) terminan cerrando y despidiendo a toda la plantilla. Al final, pues, sólo se mantienen en pie las explotaciones más rentables, aquellas que siguen vendiendo su mercancía a precios lo suficientemente elevados como para ser rentables, a pesar de sus elevados costes. El resto desaparece, lo que tiene por consecuencia la emergencia de legiones de parados de difícil colocación en nuevas industrias, pues ningún capitalista espera poder vender nueva mercancía a un precio lo suficientemente alto como para que le resulte rentable pagar los altos salarios actuales.

Así pues, el subir los sueldos, tal y como proponen algunos pseudoeconomistas, sólo agravaría el problema: los márgenes empresariales se estrecharían más y –por difícil que parezca– el paro alcanzaría  cotas aún mayores. Es absurdo pensar, tal y como sostienen, que con mayores salarios podrán pagarse precios mayores, y que por esta vía se incrementarán los márgenes. Una parte muy relevante de la demanda española se dirige al extranjero, y los extranjeros no van a estar dispuestos a asumir esas subidas. Tampoco puede argüirse que, en ese escenario, la mayor demanda española se redirigiría al interior, aprovechando la capacidad productiva ociosa de nuestras empresas. Y es que nuestras empresas no colocan a medio gas la producción de aquellos bienes que los españoles demandan, sino la producción de aquellos que no demandan, a los precios actuales, ni los españoles ni los extranjeros.

Muchos de los bienes que comprarían los españoles si sus salarios fueran más elevados sólo los encontrarían en España –si es que los encontraban– a precios sustancialmente mayores que en el exterior; lo que nos lleva de vuelta al principio: dado que los extranjeros no pagarían precios desorbitados por los productos españoles, los empresarios nacionales no obtendrían los ingresos necesarios para pagar los nuevos salarios y quebrarían.

No estoy diciendo, claro, que España no pueda producir en el futuro bienes con una calidad suficiente como para venderlos al extranjero a precios elevados que puedan sufragar unos salarios igualmente elevados. Digo simplemente que la estructura productiva no es de plastilina, y hoy no tenemos el capital físico y humano necesario para ello. No estamos capacitados para autoabastecernos ni para producir una mercancía con alto valor añadido que exportar. Si pudiéramos hacerlo, los capitalistas tendrían tantos o más incentivos ahora (con costes laborales algunos suicidas reputan demasiado bajos) que después de una subida salarial. Colocar los bueyes antes de la carreta, se llama.

La modernización de nuestra economía precisa de tiempo y recursos; unos recursos que serían destruidos por unos salarios artificialmente elevados.

En definitiva, la subida salarial sólo beneficiaría a los trabajadores especializados de sectores con mayor valor añadido, es decir, a aquellos que ya tienen unos sueldos superiores a los de la media, y cuyos empleadores o pueden permitirse reducir un poco sus amplios márgenes o repercutir los sobrecostes en los precios finales. Al resto, esa medida lo único que haría sería condenarlos al paro. No deja de ser curioso (aunque coherente en el fondo) que semejantes medidas sigan brotando de una izquierda cada vez más reaccionaria.
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