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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La bomba atómica

La propaganda ha conseguido que la gente recuerde algunas cosas y olvide otras, al crear una suerte de condicionamiento merced al cual unos términos están inextricablemente ligados a otros. Por ejemplo: energía nuclear = Hiroshima. Ni siquiera "Hiroshima y Nagasaki": no hace falta mencionar la segunda ciudad.

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El gobierno que más o menos la mitad de los españoles –en esa mitad responsable entran también los que no se reconocen españoles– ha dado al conjunto tiene problemas serios con la energía nuclear, además de la probada ignorancia de no pocos de sus ministros.

El de la sonrisa presidencial anuncia por un lado que piensa cerrar la central de Garoña, que nos proporciona bastante energía barata, en cuanto se cumpla el primer plazo de funcionamiento inevitable. No ha explicado si piensa venderle los residuos a la Camorra, o a alguna mafia rusa, ni si tiene algún otro plan para ellos. Eso sí: nosotros estaremos limpios de esa cosa horrible y contaminante que los demás no sólo usan, sino que piensan ampliar en los próximos años: somos candidatos al puesto de primer país europeo libre de humo de tabaco y de centrales nucleares.

Por otro lado, y sin que se le mueva la sonrisa ni aparezca en sus ojos azules la menor prueba de conmoción, anuncia también que España tiene una cantidad de uranio importante, y que lo vamos a explotar. ¿Para qué? Pues para vendérselo a los bárbaros que lo usan. No pregunta si en centrales, bombas atómicas o aparatos médicos: igual, todos dirán lo mismo que Ahmadineyad, que es para empleo pacífico.

Por un tercer lado aparece Javier Solana, que, en los largos años que lleva en la corte europea, da la impresión de haber aprendido un poco de política de Estado y, por una vez, en lugar de dedicarse a los daños colaterales serbios, ha pensado por un instante en España: ha dicho que sería un error cerrar Garoña.

¡Menos mal que lo ha dicho uno de ellos! En este terreno, el PP hace rato que se ha llamado a silencio, por dos buenas razones: porque no sabe qué decir, y si lo averigua sólo le servirá para que cualquier Pepiño –ahora elevado a los altares también por la derecha masoquista porque le ha prometido a la Comunidad de Madrid acabar con las eternas obras que tienen paralizado el centro de la capital desde hace años– venga a decir de inmediato que los populares son unos asesinos de masas que en vez de soñar con los angelitos sueñan con hermosos y tremendos chernobiles, de los que debe de haber visto Rutger Hauer antes de enfrentarse con la Tyrell y con Harrison Ford. Y es que a eso se dedica la derecha española: a preparar un futuro espantoso del que sólo nos pueden salvar los blade runners del socialismo.

Yo, como todo aquel de que tenga ganas, he aprendido unas cuantas cosas en mi experiencia personal y en la lectura de periódico, a lo que en los últimos años se ha añadido internet. Ha aprendido que hay cánceres que se curan con radioisótopos. He aprendido que por cada episodio de CSI que veo –todos, y muchos dos veces por voluntad de la cadena emisora– recibo una cantidad inocua pero importante de rayos gamma, que no me generarán una leucemia pero pueden inquietarme al respecto. He aprendido que murieron de cáncer, al cabo de los años, militares americanos que participaron de las primeras pruebas nucleares en el desierto de Nuevo México, y uno que otro francés o algún nativo de la zona de Bikini, pero también sé que todas las pruebas posibles de esa clase están hechas. Y que después de Hiroshima y Nagasaki no se han arrojado bombas atómicas sobre población civil ni sobre militares en guerras localizadas.

Prefiero, sin duda, que el botón rojo lo tenga un presidente de los Estados Unidos, aunque sea Obama, a que lo tenga Ahmadineyad o cualquier yihadista de los que hacen terroríficas –y nunca mejor dicho– maravillas con aparatitos caseros o con armas y explosivos de los que vende Al Kassar por ahí. Eso también es aprendizaje, si uno quiere. Y, desde luego, prefiero tomarme el tiempo necesario para resolver el problema de los residuos nucleares –soluciones hay, incluido el infinito e ignorado espacio exterior, que aún tardaremos en habitar– y, entre tanto, tener energía barata y no dependiente de Arabia Saudí ni de Chávez.

En cuanto a España, me gustaría salir de una vez del círculo vicioso de la dependencia que con tanta claridad estableció hace ya mucho don Ramón Carande: ¿por qué escoger la producción de materias primas y la compra de manufacturas, cuando la Reconquista terminó hace más de quinientos años y ya no quedan razones para tener un estructura propia de la "economía de campamento"? ¿Por no tener centrales nucleares tendremos ahora un Almadén del uranio, como aquel del mercurio de los Grandes Austrias y la plata del Potosí? A lo mejor hay que pensar en preguntarle a algún escritor independiente, como hizo Felipe II con Mateo Alemán, para que nos informe realmente de lo que sucede con los trabajadores del uranio, que puede ser más de lo que les sucede a los empleados y vecinos de Garoña o de otros sitios que no son Chernobil.

Y Chernobil ocurrió porque tenía que ocurrir: era el producto de una sociedad que ya había colapsado, después de más de setenta años de socialismo real, corrupción, burocracia e irresponsabilidad. No sabemos, porque el sistema en el que vivimos no es de fiar, si los tornillos con que se sellaron las partes de la central de Garoña no los vendió, por poner un ejemplo, un primo de aquel director (de paisano) de la Guardia Civil que decía que era ingeniero y no lo era. Quiero creer –el actual estado de cosas no me lo asegura: el Consejo de Seguridad Nuclear depende de Sanidad, el ministerio ese de la gripe A en el Hoyo y la cadena de montaje de abortos– que en el último punto de la cadena –que no es la Organización Internacional de Energía Atómica, la de Mohamed el Baradei, o eso espero– habrá uno de los hombres justos que al final siempre salvan el mundo. Hay quien dice que son cuatro, otros prefieren la cifra de dieciséis, y Yahvé, que siempre fue un poco extremista, decía que le bastaba con uno.

Tendrán la palabra, pues, Job o el profeta Elías.

¡Cuánta ignorancia en los que nos mandan!


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