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CIVILIZACIÓN

La ciencia también es cultura

No, los científicos no son depositarios de la verdad absoluta. Ni siquiera lo que saben está asegurado como cierto al cien por cien. Recuerdo que mi abuela, cuando le contaba mis cuitas amorosas de adolescente, siempre me decía: "Niño, una relación es una etapa de la vida hasta que llega otra mejor". En lenguaje académico, a eso lo llamamos falsabilidad.


	No, los científicos no son depositarios de la verdad absoluta. Ni siquiera lo que saben está asegurado como cierto al cien por cien. Recuerdo que mi abuela, cuando le contaba mis cuitas amorosas de adolescente, siempre me decía: "Niño, una relación es una etapa de la vida hasta que llega otra mejor". En lenguaje académico, a eso lo llamamos falsabilidad.

Toda teoría es válida y aceptada como correcta hasta que llega otra que la mejora y sustituye. Nos equivocamos, por decirlo de alguna manera, hacia arriba. Si un científico demostrase que la teoría de la relatividad es errónea, ya sólo podríamos leer sobre ella en los relicarios de la historia de la ciencia. Si un teólogo demostrase la inexistencia de Dios, de él –del teólogo, se entiende– no quedarían ni las reliquias. Dicho de otra forma: quien debe creer lo que dicen otros hipoteca su libertad; quien sabe que sus conocimientos son limitados y probablemente inciertos, en cambio, tiene siempre la opción de mejorar su criterio. Esta es la idea central y la garantía del progreso. Y la única posibilidad que tenemos de equivocarnos hacia arriba pasa por que estemos continuamente en proceso de formación.

Y es precisamente en el campo de la formación donde nos encontramos ante un oscuro y sórdido panorama. Según el último estudio PISA, el 20% de los escolares españoles no entiende lo que lee. Si tenemos en cuenta que la situación es la misma desde hace, al menos, diez años, fácilmente podemos concluir que la comprensión lectora de un porcentaje significativo de jóvenes es deficiente. Los jóvenes españoles hacen botellón y creen que Voltaire fue el inventor de las pilas eléctricas. O les gustaría ir de Ampere a Inglaterra. El español medio no lee la prensa porque no la entiende. Es mejor ver la televisión, cuyo lenguaje generalmente llano alcanza mejor a quien confunde a ver con haber.

Desolador, si pensamos que precisamente la ingeniería, la energía, la salud y el abastecimiento de alimentos –materias en las que es imprescindible entender lo que se lee y calcular lo que se pretende– son los grandes retos de nuestro futuro. Desalentador, comprobar cómo la calle y casi todos los medios juzgan estos asuntos y a quienes en ellos trabajan desde la más absoluta ignorancia.

La discusión sobre la vida y la muerte, sobre la pobreza y la riqueza está en manos de políticos, escritores, columnistas y teólogos. Personas que se permiten hacer valoraciones de cosas sobre las que no tienen el conocimiento más rudimentario. Todos nos unimos al coro para gritar "¡No a la tecnología genética!" sin tener la menor idea de lo que es un gen. ¿Por qué creemos que un teólogo o un político pueden aportar ideas más profundas al asunto de la investigación sobre células madre que un biólogo molecular? ¿Aprendieron en dos tardes lo que éste lleva estudiando toda una vida?

Hace algunos años Dietrich Schwanitz escribía en su lamentablemente famoso Bildung (en España publicado por Taurus como La cultura. Todo lo que hay que saber) la siguiente frase:

Los conocimientos de las ciencias naturales se enseñan en la escuela, contribuyen a una mejor comprensión de la naturaleza, pero no aportan nada para mejor comprender una cultura. No se deben ocultar los conocimientos de las ciencias, pero no son parte de la cultura.

Es tal la arrogancia que se desprende del texto de Schwanitz, tan grande el error, que no pocos de sus seguidores más acérrimos pasan de puntillas sobre ella si se les mienta.

Quien se dedica a la ciencia no sólo aprende fórmulas y cifras, aprende cómo funciona el mundo, aprende dónde están las fronteras de nuestro conocimiento y, sobre todo, aprende a ser escéptico, a desarrollar preguntas críticas, a utilizar su libertad de pensamiento. ¿No es todo ello, acaso, un pilar de toda cultura?

Hemos pasado de un mundo lleno de predicadores a un mundo lleno de opinadores. De un mundo lleno de creyentes sometidos a un mundo lleno de ignorantes sometidos. La llave para romper este círculo vicioso está en la escuela. Recuperar el verdadero valor de la excelencia, del conocimiento crítico, de la información veraz es ya misión para nuestros nietos. Pero para ello debemos enseñarles hoy que sólo el esfuerzo genera beneficios, sólo el aprendizaje acerca al conocimiento, sólo la autocrítica nos permite crecer.

 

LUIS I. GÓMEZ, editor de Desde el Exilio y miembro del Instituto Juan de Mariana.

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