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ECONOMÍA

La competitividad, única opción de desarrollo

La crisis económica no se arreglará con más Estado, ni con más intervención en los mercados, ni con más subvenciones que distorsionen la competencia ni, por supuesto, con más impuestos directos sobre la banca, los empresarios o los trabajadores.

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Por el contrario, más que nunca, se necesita sumar el empuje y la inversión de las clases medidas y emprendedoras, lo que se logrará sólo en un mercado sin barreras normativas y con claras ventajas competitivas.

Permitan que resalte cuatro pilares determinantes para cimentar una ganancia sustancial de productividad.

El primero tiene que ver con la racionalización de los costes salariales. Dado que la política monetaria es competencia del Banco Central Europeo y no se puede devaluar una moneda fiduciaria nacional, los españoles sólo podemos hacer competitivos nuestros productos y servicios reduciendo los costes salariales.

La recuperación económica pasa por que seamos competitivos en el mercado europeo. Así las cosas, es inaceptable que el coste laboral unitario haya aumentado un 30% respecto de Alemania en los últimos 10 años, según refleja el último informe de coyuntura publicado por el IESE.

Evidentemente, es mejor ganar competitividad laboral por medio de una rebaja importante de las cotizaciones a la Seguridad Social en vez de con despidos o recortes salariales, que resultan tremendamente perjudiciales, porque afectan al poder adquisitivo de las familias y, por tanto, a la demanda de bienes y servicios. Desde luego, la rebaja de las cotizaciones sociales debe ir acompañada de un aumento de impuestos indirectos como el IVA, para que cuadren los ingresos fiscales.

En todo caso, ayudaría mucho a la economía española que la negociación de convenios fuese realizada empresa por empresa, que los sindicatos se financiasen con aportaciones de afiliados y simpatizantes y que los aumentos salariales quedasen ligados por ley al incremento de productividad.

El segundo pilar sería la desregulación del sector energético. El objetivo en este campo ha de ser fomentar la competencia de empresas y tecnologías sin que los ciudadanos tengan que subvencionar el carbón, la energía nuclear o las renovables con más de 6.000 millones de euros –más de un billón de las antiguas pesetas– cada año, lo que genera incrementos crecientes en los precios de la electricidad, el gas natural, el diésel y la gasolina.

Si las empresas necesitan contar con unos costes salariales y energéticos competitivos en un mercado global para generar empleo y riqueza, también es importante que se doten de empleados, productos y procesos innovadores. Por ello, el tercer pilar de la competitividad ha de ser la calidad en formación y en investigación, desarrollo e innovación. Es una desgracia que España no cuente con universidades clasificadas entre las cien primeras del mundo por falta de incentivos que premien el mérito y la capacidad de profesores y estudiantes. Por ello, es necesario impulsar la presencia del sector privado en las universidades mediante el patrocinio de cátedras y la desgravación fiscal de becas, contratos y líneas de investigación, por poner dos ejemplos. Igualmente, se debe impulsar la empresarialidad y el I+D+i por medio del establecimiento de semilleros de empresas tecnológicas en los propio campus.

Finalmente, el cuarto pilar de la competencia ha de ser la inversión inteligente en infraestructuras. En un entorno de crisis, tiene mucho que aportar la financiación privada de inversiones públicas mediante asociaciones público-privadas, pues posibilitan la ejecución de proyectos de infraestructuras que soportan el desarrollo económico con una amortización y un retorno de inversión adecuados.

 

© Instituto Juan de Mariana

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