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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La crisis de las ciencias blandas

Tengo sobre el escritorio El libro negro del psicoanálisis, obra colectiva publicada en francés en 2005 con un llamativo subtítulo: Vivir, pensar y estar mejor sin Freud. Todos los autores son psicólogos o psiquiatras en ejercicio, y proceden de la escuela freudiana. Es otra muestra de una crisis cuyo comienzo su puede fechar en 1984, con la aparición de The Assault on Truth: Freud's Suppression of the Seduction Theory (El asalto a la verdad. La renuncia de Freud a la teoría de la seducción, Seix Barral, Barcelona, 1985), de Jeffrey Moussaieff Masson.

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Todos los colaboradores del Libro negro se manifiestan contra Moussaieff Masson, pero se ven obligados a comentarlo porque fue el primero exponer el dedo en una llaga abierta y dolorosa: Freud mintió, y en más de una ocasión, cuando convino a su doctrina; los principios del psicoanálisis no se derivaron de la observación de una serie de casos, sino que los casos fueron adobados, cocidos y presentados en función de esos principios. Y lo que nadie, salvo Moussaieff Masson, parece dispuesto a reconocer: mintió al decir que los traumas de origen sexual se derivaban de fantasías. No es del caso entrar en detalles en los estrechos límites de este artículo, pero lo que dice Masson, basándose en cartas del propio Sigmund, es que, en efecto, en el diván le fueron contados al maestro acontecimientos reales que él no podía revelar ni siquiera en el marco de las historias clínicas anónimas; cosa que, en realidad, resulta perfectamente creíble en el país de Fritzl.
 
En paralelo a este proceso en una de las principales corrientes de pensamiento del siglo XX, el psicoanálisis, que además de ser sometido a grave crítica tiene que enfrentarse ahora a la aparición de las neurociencias, vemos que, con ciertas diferencias temporales, algo parecido está sucediendo en el conjunto de las llamadas ciencias blandas o ciencias del hombre, entre las cuales hay que dar especial protagonismo a la historia (y las denominadas ciencias auxiliares, o ancilares, de la misma), la sociología (nacida en la estela del marxismo, a favor o en contra), la ciencia política, los diversos constructos ideológicos que se amparan bajo el amplio paraguas de la geografía humana, la antropología (con origen en el colonialismo y con derivados que llegan hasta la antropología feminista y la antropología de la liberación, sea esto lo que sea).
 
En el terreno de la historia, como ya he señalado en ocasiones anteriores en este mismo periódico, se ha avanzado por el camino de la crítica más que en ninguna otra rama, debido a las obras de Heers, Pernoud, Sevillia, Martin Bernal y otros, editados en español pero menos difundidos de lo que sería de desear. En todos los casos mencionados se trata de obras contra corriente en lo relativo a las verdades históricas establecidas, a las periodizaciones a las que el relato histórico ha sido sometido desde el Libro de Daniel en la Escritura hasta el Romanticismo, del cual poco nos hemos apartado.
 
También ha habido, y hay, un serio análisis de la influencia del marxismo en nuestra comprensión del pasado. Pero tengo para mí que en ese punto se cometen varios errores, el primero y más importante de los cuales es la sobrevaloración de la obra de Marx y de Engels, explicable dada su influencia en la realidad política del siglo XX, pero injusta si nos atenemos a la realidad doctrinal de esa escuela. El propio Marx se encarga de precisar sus fuentes ideológicas: la filosofía alemana, con cumbre en la dialéctica hegeliana; la economía política inglesa y el socialismo utópico francés. Elude, olvida o simplemente no es consciente de su fuerte inclinación positivista, aún más marcada en la obra de Engels que en la suya; y sin embargo es ahí donde está la clave del conjunto de saberes más o menos ciertos, más o menos mágicos, que se ha ido acumulando en los dos últimos siglos como bagaje de las ciencias del hombre.
 
La que podríamos llamar desviación positivista del pensamiento decimonónico es lo que genera la totalidad de las ciencias blandas, lo que determina su existencia misma, su constitución como ciencias. Yo prefiero llamarlas seudociencias, partiendo de la idea de que el pensamiento entró en un callejón sin salida, del que ahora sólo es posible salir retrocediendo, al aceptar un traslado, prácticamente sin matices, del paradigma de las ciencias físicas al resto de los conocimientos humanos.
 
Parece obvio que, por ejemplo, la historia no es susceptible de experimentación en laboratorio, ni de sometimiento a métodos de prueba y error; visto lo cual, no cabe postular su condición de ciencia en el sentido estricto del término: no cabe determinar leyes precisas, habría que estar loco para decir que todas las revoluciones (en el caso de que tales entidades existan), por ejemplo, obedecen a una legalidad de la historia.
 
Sin embargo, eso fue lo que se hizo. Y se hizo de modo tan exitoso que hasta aquellos que jamás leyeron una página de Marx están dispuestos a asegurar cosas tan peregrinas como que el nazismo surgió como consecuencia de la hiperinflación y el desempleo en la Alemania de los años veinte, o que había un desarrollo tal del capitalismo en Rusia antes de 1917 que el proletariado encabezó el movimiento bolchevique. Por no hablar de las explicaciones economicistas de la mayoría de los acontecimientos cotidianos, que son las que, hoy por hoy, se encargan de mantener la división tradicional entre izquierdas y derechas: pobres contra ricos o, en los más exquisitos, proletarios contra burgueses, dos categorías a todas luces inexistentes. La gente habla en marxista como habla en prosa, sin darse cuenta.
 
Lo que se está elaborando en la crítica de las seudociencias es un nuevo paradigma, o una serie de nuevos paradigmas, uno para cada campo del conocimiento, al menos, que sustituya al de las ciencias físicas. El estudioso mexicano César Cansino, que acaba de ganar el premio de ensayo del diario La Nación de Buenos Aires con La muerte de la ciencia política, habla de Thomas S. Kuhn en las primeras páginas de su libro. No es la primera vez que me topo con el nombre del autor de La estructura de las revoluciones científicas (1962, varias ediciones en español: la última, de FCE de España, en 2005) en los últimos días. Y me parece adecuado, porque nadie ha ahondado como él en el problema de los cambios de paradigma y porque sospecho que lo que estamos a punto de descubrir en el terreno de las seudociencias es algo tan obvio como que la Tierra es redonda o que gira alrededor del Sol, y no a la inversa.
 
Entre tanto, seguimos yéndonos por las ramas, como corresponde a las épocas de decadencia generalizada, y sosteniendo discusiones bizantinas, y nunca mejor dicho. Lo que olvidamos es que la decadencia no existe como fenómeno simple: o está escondiendo la gestación de un ser nuevo, de rasgos inimaginables, o está alentando una sustitución igualmente inconcebible. Hace poco precisaba Gabriel Albiac en La Razón, glosando con sabiduría a Marx, en una debida defensa del mismo que nada tiene que ver con la defensa del marxismo como peste: "Karl Marx, que tenía una excelente formación clásica y se pasó media vida leyendo en griego, no se engañaba sobre el significado de la palabra crisis: discernimiento o desenlace, momento resolutivo en el cual se configura el curso de un nuevo futuro".
 
 
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