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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La mediocridad

Se puede cantar con la misma musiquita que "la felicidad, ja, ja", aquel engendro del que es autor Palito Ortega, a quien el peronismo convirtió en el gobernador Ramón Ortega en su provincia natal, Tucumán. Allí me crucé con él hace justo cuarenta años, en el ascensor del Hotel Claridge: yo salía y él entraba. Lo acompañaban dos antidisturbios, pese a que en aquella época era sólo un cantante popular.  

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Pero no era de ese tonto aparente de lo que yo me proponía hablar, sino de la mediocridad. Ortega es un tipo astuto y eso lo deja fuera de este juego: la astucia suple a la inteligencia en los oficios de representación. Un político astuto pasa por inteligente con más facilidad de la debida. Véase el caso de Felipe González. Ferlosio, de quien no soy devoto, lo definió limpiamente: "Gatazo blanquinegro y tontiastuto, castrado, gordinflón y satisfecho".

Hace medio siglo, yo leía todo mezclado: Stendhal y José Ingenieros, Krishnamurti y Herman Hesse, Gurdjieff y Marx. Me faltaba aún para le lectura metódica y con maestro. Tal vez un par de años. Pero de todo aquel maremágnum me quedó clara una cosa: hiciera lo que hiciera en la vida, debía huir de la mediocridad. Los caminos posibles eran tres: el del genio, el del santo o el del héroe. Cierto que para tales propósitos hacía falta un ego desmesurado, que es precisamente lo que se posee de sobra en la adolescencia. La cosa era: ¿prefiero parecerme a San Agustín, a Einstein o a Bonaparte? O San Francisco, Galileo, San Martín. Sin embargo, no se trataba de una estupidez ilimitada, porque, si bien era imposible como programa vital, esas medidas servían para ver mejor a los demás.

En cuanto uno se plantaba con el metro del ideal delante del cura de su parroquia –que no era, digamos, San Felipe Neri–, o del médico que le había tocado en desgracia en el hospital –que no era Jonas Salk–, o del general de escalafón que jamás había visto una guerra, ya sabía a qué atenerse. Por doloroso que resultara el sistema de medida aplicado a uno mismo, proporcionaba un gran aplomo aplicado a los demás. Uno se daba cuenta en cuestión de días de que estaba rodeado de mediocres de toda clase. Pero había excepciones, claro. Conocí sacerdotes dignísimos, maestros empeñados en su tarea con verdadero amor, políticos lúcidos y movidos por un ideal, grandes artistas, grandes músicos, grandes escritores. Genios, aunque no lo fueran del todo, aspirantes a la santidad, héroes civiles.

No voy a poner ejemplos. Cada uno tiene los suyos, supongo. Además, ya no tiene la menor importancia. Era un tiempo en el que la mediocridad era mayoritaria, pero no absoluta. Muy distinta de éste, en que la mediocridad lo domina todo y casi no se ven excepciones. A juzgar por los libros que se publican, que no son los únicos que se escriben, la literatura es un desierto. De género, para colmo. El cine, y no tan sólo el español, da unas gotas de talento cada mil películas. Las ciencias no avanzan de acuerdo con la acumulación de saberes, sino a las órdenes de los Estados o de las grandes industrias: no hay lugar para un Cajal o un Pasteur. (Churchill presionaba a Fleming, pero se trataba de salvar millones de vidas y ninguno de los dos esperaba un descubrimiento, sino apenas un método para sintetizar lo que ya había).

Ya conocemos a Obama, un mediocre astutísimo y camaleónico. Los candidatos republicanos dan ganas de llorar. Hace décadas que los Estados Unidos no tienen un gran presidente. ¿Por qué habríamos nosotros de esperar que el nuestro no dijera que no somos Uganda? Recordarle a un ministro de Economía en activo que España no es Uganda roza lo ugandés o, como se decía antes de la corrección política, lo cafre. Además de asustar mucho. Y no es que yo espere demasiado de los economistas. Eso sí, tengo en cuenta que el psicoanálisis, que es una no ciencia como la economía, ha dado más tipos brillantes.

Gran Hermano proporcionó a la televisión una fórmula que se ha ido reproduciendo a velocidades epidémicas. No conozco actividad más mediocre que la que se realiza viendo vivir en tiempo real a un grupo de mediocres vocacionales. En la cara culta del ocio, las novelas históricas parecen llamadas a demostrar que siempre hubo mediocres, y que los héroes siempre fueron menos heroicos de lo que parecían.

 O sea que impera: la mediocridad, ja, ja.

 

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