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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

La reacción es de izquierdas

Una cosa es que seamos muchos— sobre todo entre mis amigos—quienes debido a los años, la experiencia y los fracasos hayamos perdido las ilusiones “revolucionarias” de nuestra juventud, incluyendo el militantismo y hasta el sacrificio, y otra que todos nos hayamos convertido en reaccionarios. La reivindicación del continuo aumento de los impuestos, como exigencia “de izquierdas”, constituye el meollo de todos los programas de la socialburocracia (cuando los tiene) e incluso de la ultraizquierda.

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Quizás hayamos llegado a la postura que puede resumirse con la célebre frase de Churchill, que declaró que la democracia representativa era el peor de los sistemas, con la exclusión de todos los demás, aunque yo, personalmente ya no esté de acuerdo con esa divertida frase, esa houtade, que utilicé infinidad de veces en infinidad de discusiones no sólo por su menosprecio de la democracia, sino sobre todo porque implícitamente significa que podrían existir sociedades perfectas, pero que mientras tanto, tendremos que contentarnos con esas, imperfectas, pero menos malas que todo el resto. No existen, ni pueden existir sociedades perfectas. La idea de una sociedad perfecta, como la idea de un “hombre nuevo”, son ideas peligrosas y totalitarias. El dinamismo de la democracia capitalista —a ver si nos acostumbramos a llamar las cosas por su nombre— se basa en la permanente lucha de los individuos no en búsqueda de la perfección, sino de la mejora, de la reforma.
 
Pero, paralelamente a nuestros destinos individuales, a nuestras desilusiones y sinsabores, que, desde luego, son importantes para nosotros, un factor esencial desempeña su paradójico papel: la izquierda, todas las izquierdas y cuanto más extremas peor, se han transformado en fuerzas reaccionarias. Bueno, siempre tuvo, junto a su combate por los derechos y reivindicaciones de los trabajadores, sus rasgos reaccionarios: el terror de la revolución francesa, el terror bolchevique, los campos de concentración, etcétera, no creo que puedan calificarse de otra forma, pero su transformación actual es más absoluta y concierne hasta sus relaciones ideológicas con la Naturaleza. Buen síntoma de ello es que su peor insulto, su enemigo obsesionadamente denunciado, algo compartido por ciertos sectores de la derecha, es el liberalismo, y liberal se ha convertido en sinónimo de criminal. Existió, sin embargo, en Europa a lo largo del siglo XIX y principios del XX una izquierda liberal que defendía el sufragio universal, la libertad de expresión, la libertad sindical, el pluripartidismo, etcétera. Todo ello ha desaparecido hoy, con la excepción discutida y discutible del New Labour británico. Hoy, lo poco de liberalismo que existe en Europa se sitúa a la derecha, o si algunos lo prefieren, al centroderecha. Daré un par de ejemplos de esta transformación de la izquierda en fuerza reaccionaria: el estado, el “estado de bienestar”, el “estado todopoderoso”, que lo rige todo, la salud, la familia, la seguridad social, la enseñanza, la cultura, la economía, y claro, el ejército, la policía y la Justicia.
 
Esta concepción del estado, con la reivindicación del continuo aumento de los impuestos, como exigencia “de izquierdas” constituye el meollo de todos los programas de la socialburocracia (cuando los tiene) e incluso de la ultraizquierda. Oír a los pocos supervivientes del anarcosindicalismo español o francés defender a rajatabla el estado es para morirse de risa. Es cierto que desde el principio, que arbitrariamente sitúo con Marx, las cosas eran ambiguas porque en su programa, o manifiesto, comunista la revolución destruiría las clases, y por lo tanto el estado, que sólo representa la “clase dominante”, pero sólo después de un periodo de transición, de duración indefinida —o infinita— durante el cual, el estado, con el apodo de “dictadura del proletariado” (una de las estafas intelectuales más absolutas de la Historia), lo domina todo. Como en la URSS, que les duela o no a los marxistas antiestalinistas. Pero vayamos a la experiencia de todos los estados comunistas reales, pero también a los del socialismo árabe, como Irak, Siria, Argelia, etcétera, y de otros países del llamado Tercer Mundo, como India, por ejemplo, que logró salir de la hambruna y la miseria precisamente al abandonar su política de estado todopoderoso, introduciendo algo de liberalismo en su economía. Pero esta experiencia desastrosa de nada ha servido a la reflexión de la izquierda, primero porque no reflexiona, pero también porque si algunos siguen considerando el estado como un padre bondadoso, que incluso si no trabajan les debe alguna limosna para ir tirando, los más lo desean como un padre furioso, que castigaría como se merecen a sus enemigos. El anhelo de una “buena dictadura de izquierdas”, con gulags repletos, resiste a todos los vendavales. Todo esto es viejísimo, y hasta en la Biblia se encuentran situaciones similares y similares formas de pensar.
 
El tema de la ecología, del medio ambiente, se ha convertido en tema y negocio universales. Como para todo el resto, de manera totalmente anticientífica y totalmente supersticiosa. Pero, lo que domina en la izquierda y concretamente en los Verdes es el rechazo perfectamente reaccionario del progreso. Progreso industrial, económico, científico, todo progreso es considerado como criminal. Incluso si con palabras diferentes, a veces, sus discursos son los mismos de los que se oponían en le siglo XIX, sin remontar más lejos, que también se podría, al ferrocarril, las fábricas, la electricidad, como obras del Diablo que iban a destruir la armonía de la Naturaleza, creada por Dios. El eje actual de esta lucha reaccionaria contra el progreso se sitúa en torno a la energía nuclear, esa maravillosa invención humana, que, como otras, conlleva sus peligros, pero cuyos resultados positivos son tan evidentes que pese a la gigantesca influencia de las supersticiones, y de los Verdes, alemanes en primer lugar, continúa, pese a todo, desarrollándose.
 
Marx declaró que eran reaccionarios los que defendían la autarcía económica contra la expansión mundial del capitalismo. ¿Dónde están hoy los marxistas que defienden lo mismo, aparte de Susanne Berger? ¿Dónde se sitúa la reacción hoy, sino en esa burocrática y pesada izquierda que intenta con la coartada ideológica y trasnochada de “otro mundo es posible”, lo cual traducido al castellano significa, el viejo mundo era mejor, impedir el desarrollo de la mundualización, que significa, por ejemplo, que la electricidad llegue a la más remota de las aldeas africanas?
 
Pero lo peor de todo, para mí, la prueba evidente de que la izquierda actual es reaccionaria, es su antisemitismo. Claro que, como siempre, hay que matizar porque dos de los “genios fundadores”, Marx y Bakunin, eran antisemitas, pero eso, sus herederos, lograron arrinconarlo durante un periodo y se presentaron, con pruebas fehacientes, como antirracistas. E incluso hoy, en el seno de esa izquierda, aún no totalmente monolítica, hay voces que se indignan por el ambiente de antisemitismo, incluyendo el de sus propios camaradas. Pero son pocos, y me temo que no se salvarán del naufragio. Que se lo pregunten a Gabriel Albiac, si no.
 
 
 
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