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DRAGONES Y MAZMORRAS

La gran desilusión

Volvía yo hace pocos días de ese país al que ya no sé si calificar de galo, europeo o qué, sobre todo cuando oí en la radio del coche que cierta emisora empezaba su informativo anunciando, con la mayor naturalidad del mundo, que “ayer, en Francia, terminaba el Ramadán”, y lo peor es que continuó desgranando el calendario de esa higiénica práctica en “los demás países musulmanes”, ergo

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Aquello me desconcertó bastante pues nunca había oído yo anunciar el fin de la Cuaresma, por ejemplo, como un acontecimiento de interés nacional, y como soy una afrancesada irredenta, que quieren, me dolió muchísimo Francia, esa Francia de Rabelais, Montaigne, Flaubert, Proust, Paul Valéry, André Gide, esa Francia curiosa de otras culturas, de otras religiones, pero jamás fanática de ninguna, ni siquiera de la suya propia. La Francia aguda, inteligente, culta, que repateó siempre a los reaccionarios de toda laya. La Francia, ¡ay! de la que hoy quedan algunos recuelos, pues quien tuvo, retuvo, y de la que regresaba yo en cierto modo tan contenta por haber hecho un descubrimiento literario que, como todos los que se hacen a estas alturas de la película, no es en modo alguno una novedad, ni un joven talento (aunque en cierto modo sí, pues murió prematuramente) sino un escritor que se dio a conocer poco después de esa Gran Guerra a la que dediqué mi crónica de la semana pasada.
 
Me refiero al escritor Emmanuel Bove, de quien se acaba por cierto de publicar en español una traducción —la primera de este autor— y precisamente de esa primera obra reveladora, titulada Mis amigos (Pre-Textos, traducción de Manuel Arranz) que tanto gustó a Colette, su descubridora y primera editora, y que despertó la curiosidad de Rilke hasta el punto de que cuando fue a París al único escritor a quien pidió conocer fue a su autor. Lean ese libro y encontrarán toda la extrañeza de esa Francia cosmopolita, en la que importaba bien poco el ayuno que celebraran los refugiados y exiliados que acudían a ella, sino el talento y la creatividad que aportaban, entre otras cosas porque tenían una sensibilidad perfectamente compatible con eso que los sociólogos llaman la cultura de acogida y porque, ante todo, les importaba la literatura y la musique avant toute chose. Bove, en realidad se apedillaba Bobovnikoff  y, aunque de nacionalidad francesa, era hijo de un ruso emigrado y de una sirvienta luxemburguesa establecida en París. Su infancia y juventud no pudieron ser más desoladoras ni más traumáticas y eso explica tal vez su excelente dominio de la estética del fracaso (pero no la del desdén) muy próxima a la que cultivaba también por esa época el suizo Robert Walser. No me cabe la menor duda de que si Bove tuvo su momento de gloria literaria, y su oportunidad, no fue sólo por la extraordinaria confluencia de talentos ya consolidados —como fueron la propia Colette, Jean Cassou, Paul Morand, André Maurois, que le defendieron y auparon sino por la extrañeza de la época que le tocó “sobrevivir”.
 
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