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MEDIOS DE COMUNICACIÓN

La responsabilidad y la libertad de expresión

Jaime Urcelay, presidente de Profesionales por la Ética, explicaba recientemente en una entrevista que su plataforma piensa prestar especial atención a los medios de comunicación.


	Jaime Urcelay, presidente de Profesionales por la Ética, explicaba recientemente en una entrevista que su plataforma piensa prestar especial atención a los medios de comunicación.

El impacto de determinados realities, series y programas de entretenimiento en un adolescente es probablemente mayor que una clase de Historia o de Matemáticas. Muchos de ellos no respetan el horario infantil y juvenil para tratar según qué temas y con según qué lenguaje. El chico que no puede ver tal o cual espacio en la televisión puede hacerlo luego en internet, o descargárselo directamente en el ordenador o en el teléfono móvil. Y si no tiene ninguno de esos dispositivos a mano, recurre a los de sus colegas.

Este fenómeno está contribuyendo a que se pierdan los valores (por los modelos de referencia de nuestros jóvenes); por eso, es necesario, según Urcelay, que los gobiernos regulen los contenidos televisivos, que no financien esas series. La base del problema es que la familia ha perdido el papel de transmisor de valores, por lo que habría que apoyarla desde el Estado mediante políticas activas. Profesionales por la Ética va a luchar por ello. Los padres deben ser conscientes de que es su responsabilidad, su deber y su derecho educar a sus hijos y transmitirles valores.

La pregunta del millón es: ¿debería prohibirse la emisión de esos contenidos? ¿Debe el gobierno meter un tijeretazo a esos programas? Si observamos el nulo resultado de la regulación de los contenidos en las franjas de horario infantil, nos damos cuenta de que no se pueden poner puertas al campo. La responsabilidad no es del Estado; al contrario: la función de éste es preservar la libertad de expresión. Tampoco es su responsabilidad preservar la familia ni vigilar qué valores se transmiten en la sociedad; sino de la propia sociedad, es decir, de cada una de las personas que la componen: los padres, los hijos, los publicistas, los productores, los directores de cadenas de televisión, los fabricantes de iPhones...

En el momento en que un padre compra un ordenador a su hijo, ya sabe que no va a poder ejercer de regulador (excepto en lo relacionado con aquellos contenidos para los que hay filtros disponibles); lo mismo cabe decir cuando el objeto regalado es un iPhone. Si opta por no comprarle nada... no resolverá el problema: como ya se ha apuntado arriba, serán los amigos del chaval los que, con sus teléfonos y ordenadores, enseñen a éste lo que quieran enseñarle.

¿Son responsables quienes realizan esos programas, o las cadenas que los emiten? Puede darse el caso de que una cadena tenga una sensibilidad especial hacia la infancia y decida emitir contenidos blancos. Igual que otra puede emitir documentales sobre la naturaleza o alinearse con determinados valores. Pero puede que no, y no sería censurable. La audiencia manda. Quienes pueden eliminar de la parrilla esos programas son quienes los financian: los anunciantes. Pero ¿cuál es el criterio? ¿Debería una empresa tener un objetivo moralizante a la hora de publicitarse? Puede ser que alguna empresa lo tenga; así, hay alguna marca de cosméticos que tiene a gala no utilizar nada que haya tenido que ver con la experimentación con animales. Pero puede que no, y tampoco sería censurable. El sano objetivo de las empresas es el bendito lucro, que permite que los pobres sean menos pobres y que nuestra esperanza de vida sea mayor.

¿Quién está al final de la cadena? El ciudadano, el consumidor soberano, que puede presionar a esas empresas para que no financien según qué programas o para que se emitan a otra hora y no estén disponibles en internet. Pero ¿qué hacen las asociaciones civiles? Mirar al otro, sea el Estado, el empresario, las cadenas de televisión o los presentadores de los programas.

Los referentes de la juventud y el papel de la familia como transmisora de valores son cuestiones demasiado importantes como para dejarlas en manos del Estado; hay que defenderlas individualmente, día a día, en especial con el ejemplo, y no excluyendo a nadie, profiriendo condenaciones al fuego eterno o proclamando verdades absolutas. Esa no es forma de convencer. Se trata de que nuestros conciudadanos estimen que, visto lo visto, se sobrevive mejor con unos valores y no con otros. Y eso, de momento, es una asignatura pendiente.

 

© Instituto Juan de Mariana 

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