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REESCRIBIR LA HISTORIA

Lo trágico y lo diferente

En las euforias del nuevo régimen, el sabio profesor Tierno Galván proclamó urbi et orbi que España había dejado de ser trágica. En circunstancias parecidas, don Manuel Azaña proclamó que España había dejado de ser católica, y tuvieron que pasar muchas tragedias para que se cumpliera el piadoso deseo de don Manuel.

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Vamos a ver cuántas pasan para que se cumpla el de don Enrique. Ha transcurrido un cuarto de siglo y no se enciende un televisor ni se conecta una radio ni se abre un periódico sin que nos salpique el alma una tragedia. Yo debo decir que, para mí, España había dejado de ser trágica por lo menos desde que acabó la guerra civil, para volver a serlo desde el punto y hora en que a Tierno y a sus amigos les parecía que dejaba de serlo. En el teatro griego una tragedia se plantea cuando un bien se opone a otro bien, y en política cuando se da carta de naturaleza a los demonios familiares y se institucionalizan sus enfrentamientos. Baste observar la delicadeza de los cumplidos que los adversarios se cruzan en las campañas electorales. Pero esto es juegos florales. Lo que cuenta es lo que pasa en la calle, como diría Juan de Mairena, y de lo que pasa en la calle nos dan excesiva cuenta los morbosos medios de manipulación de masas.

Posiblemente para neutralizar el mal efecto de esas informaciones, esos mismos medios, a los que hay que sumar “nuevos valores” descubiertos o valores viejos rescatados con premios astronómicos por editoriales que han perdido la vergüenza o que nunca la tuvieron, se dedican a reescribir la historia, manipulando fotografías y documentales en el mejor de los casos o inventándose unos malos y unos buenos de guardarropía en un país que nunca existió. El caso es demostrar que lo trágico se reduce a los tiempos en que la fotografía y el cine eran en blanco y negro, y que del blanco y negro tenían la culpa los sempiternos enemigos del tecnicolor multicultural. Porque la tragedia no está por lo visto en que corra la sangre, sino en que el blanco y negro impidiera ver su color.

Si Tierno, en vez de decir, “España ha dejado de ser trágica”, hubiera dicho “España ha dejado de ser diferente”, la cosa se entendería mejor, pues de hecho, todos los Gobiernos que se han sucedido en este cuarto de siglo, han procurado acabar con el “hecho diferencial” de España… a la vez que fomentaban los “hechos diferenciales” de las diversas regiones que la componen. La España “trágica y diferente” es un invento al parecer de los viajeros románticos, los “curiosos impertinentes”, desde Borrow y Ford hasta Hemingway y Brenan, que venían en busca de algo que en su tierra por lo visto no se daba, que era lo pintoresco y, en el fondo, lo trágico. Esta es la tesis que sostiene el periodista británico Burns Marañón, en la línea antedicha de los Gobiernos de “este país”. Según Burns, no es que España haya dejado de ser diferente; es que nunca lo fue, pues, como es sabido, la España del XIX, al menos desde la muerte de Fernando VII, fue más o menos como la actual, constitucional y modélica, en la que bandidos y morenazas, contrabandistas y cigarreras, “toreros y gitanos” (Machado dixit), y palabrejas como “pronunciamiento”, “junta”, “camarilla” y otras de parecido jaez eran mera anécdota en la que inexplicablemente se empeñaban en fijarse los susodichos “curiosos impertinentes”.

Otros que incurrieron en esa “impertinente curiosidad” fueron los de la generación del 98, en la que hay que inscribir las palabras de Machado antedichas, y en una conferencia mía al respecto, el director del centro oficial correspondiente me corrigió diciendo que todos sus lamentos eran gratuitos, pues la España de hace un siglo “iba bien”, como de la de un siglo después diría algún responsable de la cosa pública, y además proyectaba construir unos buques de guerra mucho mejores que los destruidos en Santiago y en Cavite.

Es curioso que la abolición de la “España diferente” pase por la reivindicación de unos periodos y episodios históricos en los que lo trágico alcanzó hitos de crueldad y pintoresquismo. ¿Se reconoce Andalucía en La consagración de la copla de Romero de Torres? ¿Dónde y cuándo situamos los esperpentos del intocable Valle-Inclán? ¿Dónde y cuándo La Andalucía trágica de Azorín? ¿Dónde y cuándo Las Hurdes de Buñuel o el estrago de Casas Viejas? Por cierto, un historiador de la nueva escuela, es decir, un historiador retroactivo, en una conferencia taurina, incluía este episodio en una demagógica enumeración de represiones derechistas. Me temo que tendré que aclarar que esa tragedia ocurrió en pleno bienio de quema de conventos, con el Sr. Azaña en el Gobierno. También se dice y se escribe ahora que en septiembre de 1923 y en julio de 1936 España era una balsa de aceite que no justificaba lo que pasó en esas fechas. Hay que tener morro.

Yo no voy a perder el tiempo en refutar a historiadores y folicularios retroactivos, pues ellos se delatan y se refutan a sí mismos. Por ejemplo, el maestro de todos esos historiadores, don Raimundo Carr, confiesa paladinamente que una de sus fuentes históricas más fidedignas es la novela, en particular la de Delibes y Umbral, y en un diario andaluz, después de contar en muchas entregas y con profusión de ilustraciones una de esas historias retroactivas, sacan una foto del actual Jefe del Estado besándole la mano a una presunta actriz ante la mirada sonriente de su director. Y dice el pie: “Almodóvar, símbolo de la España moderna”.



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