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LAS BRIGADAS DE DARWIN REY

Los intocables

Fue una gran serie americana de comienzos de los sesenta y, en los ochenta, una película de Brian De Palma: el agente federal Eliot Ness se enfrentaba a los gangs de Chicago, decidido a acabar con el contrabando de alcohol y poner entre rejas a Al Capone. ¿Qué pueden tener en común los intocables Ness y su equipo con las Brigadas de Darwin Rey? ¿Que no han oído hablar de este gang? Pues ya va siendo hora.

Ana Nuño
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Empecemos aclarando lo que no era Ness. Hay gente que sigue creyendo que Ness trabajaba para el FBI y que fue el principal responsable del procesamiento criminal de Capone. La verdad es otra. Fue el Departamento del Tesoro y no el FBI el organismo responsable de enviar a Capone a Alcatraz. Ness trabajaba en Chicago para la Oficina de Prohibición del Tesoro, asignado al equipo encargado de la lucha contra el contrabando de alcohol y no al que rastreaba la evasión de impuestos de las bandas del crimen organizado en esa ciudad. Este otro equipo fue el que recabó suficientes pruebas para inculpar y procesar al famoso gangster. O sea que Ness y sus chicos tenían por única misión frustrar las actividades de contrabando de alcohol, utilizando cuando era preciso métodos tan violentos como los de sus enemigos, mientras que el otro equipo, integrado por técnicos y analistas financieros, debían hallar pruebas de fraude fiscal. Sin duda las acciones de los primeros llevaron a Capone a cometer errores que acabaron facilitando la labor de los segundos, pero lo cierto es que aquéllos fueron el brazo ejecutor de éstos, los auténticos cerebros de la operación.

Ahora, dejemos claro lo que no son los brigadistas de Darwin Rey: científicos. Las Brigadas de Darwin Rey, de hecho, son a los científicos lo que los intocables de Eliot Ness eran a los expertos en evasión fiscal del Departamento del Tesoro. Es decir, no cerebros, sino meros brazos ejecutores. O, si se prefiere, agitadores y propagandistas. Con la importante salvedad de que trabajan sin misión oficial asignada: a diferencia de los funcionarios de agencias federales estadounidenses, a los brigadistas nadie los ha reclutado ni tienen sus competencias definidas y nadie les paga un sueldo por su dedicación a la causa o por obtener resultados. Otra cosa es que algunos hagan méritos con la esperanza de que algo les toque, pero lo tienen más bien crudo: los científicos no pagan, más bien les pagan a ellos. Gobiernos, centros de investigación privados (con ingentes ayudas públicas), instituciones académicas vinculadas a empresas tecnológicas punteras, laboratorios de investigación subcontratados por el ejército o alguna gran compañía farmacéutica o la NASA... sin los cuales no habría investigación y descubrimientos científicos.

Una de las consecuencias del agitprop de los brigadistas es que se acaba perdiendo de vista esta realidad. La realidad, vamos. En las filas de los brigadistas hay firmes paladines de esta dama siempre prestos a arremeter contra los molinos de viento de sus rivales: las pseudociencias, la ficción (novelas, poesía), la superstición (religiones de todo cuño, pero sobre todo las denominaciones de origen cristianas: serán paladines, pero no tontos, y saben que de embestir lanza en ristre contra los molinos del islamismo podrían no salir ilesos). Lo curioso es que los mismos luego van y declaran su fe, por ejemplo, en que la genética los librará de morir. Como si la genética no formara parte de la realidad (y no digamos ya la muerte), y como si los genetistas no trabajaran (ellos sí, desde luego) ciñéndose a una misión, por lo general definida por no científicos, si se apartaran de la cual dejarían al instante de recibir los fondos necesarios para seguir investigando.

Tal vez si fueran un poco más diligentes y se ocuparan, como los científicos que tanto dicen admirar, de trabajar duro para hacer avanzar los conocimientos y, a la vez, menos incultos en esas artes que tanto desprecian, algún arreglo tendrían los brigadistas. Por ejemplo, para subsanar su enciclopédica ignorancia de lo que es y para qué sirve la literatura, podrían empezar por leer el Quijote, que tampoco es que sea un libro tan difícil de entender (bastante más confusos son los pronunciamientos de los brigadistas, y mucho peor escritos). Y quizá después se lo pensarían dos veces antes de incurrir en remedos ingenuos y patosos (patosos porque ingenuos) de aquella leyenda del bálsamo de Fierabrás que el hidalgo, tan enloquecido por sus desordenadas lecturas como los autodidactas metidos a brigadistas científicos por las suyas, le recomienda encarecidamente a su escudero:
Es un bálsamo (...) con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna. Y ansí, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sotileza, antes que la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana (Parte I, cap. X).
Las Brigadas de Darwin Rey son apenas una minúscula gota de agua en el océano del agitprop científico. ¿O sería más honesto decir pseudocientífico? Los primeros en atreverse a blandir este epíteto injurioso son, precisamente, los científicos. Quiero decir los de verdad, no quienes se dedican al metaocio de divulgar lo que han leído en revistas de divulgación científicas. Y conste que no se han privado de hacerlo recientemente en el caso del agitprop científico más exitoso de los últimos años: el calentamiento global antropogénico. Perdonen ustedes el helenismo: o sea, la doctrina de los que creen, como en el medievo se creía en el efecto salvífico de un supuesto pedazo de la Vera Cruz, que las variaciones al alza del termómetro son causadas exclusivamente por los homínidos sapiens. Una trola que le ha venido de perlas a no pocos dirigentes políticos para hacer aquello para lo que les pagan (sí, estos también saben que sólo los memos trabajan gratis): distraer a los potenciales electores de sus verdaderos problemas, repartir entre sus contratistas el dinero que no es de nadie (o sea, el que paga con sus impuestos el rebaño de electores) y justificar su condición de floreros de lujo en las variopintas cumbres de jefes de estado.

Si son tan insignificantes las Brigadas de Darwin Rey, ¿por qué dedicarles un artículo? La verdad es que por varias razones. Algunas son tópicas, en las tres acepciones de la palabra: triviales, superficiales y circunscritas a un lugar. Remito al lector interesado en estas murmuraciones a los links colgados en postdata. Otras están a medio camino entre lo tópico y lo noticioso. Por ejemplo: las ciencias genéticas (sí, hay más de una; no, no todas son "perversas", como piensan los integristas de más de un bando religioso; y sí, también las hay que no existen fuera de los cerebros enfebrecidos de los Sancho Panza del brigadismo científico) están poniéndose de moda. Quiere decir esto solamente que los no científicos, por lo general periodistas y especies parásitas afines, comienzan a poner el foco en algunos avances de estas disciplinas. A su perpleja manera, es decir, deduciendo de lo que leen un confuso mantra de wishful thinking. No soy una especialista en brigadismo pseudocientífico, pero en el par de horas que he perdido buscando referencias, he descubierto que, además de los clásicos derivados del darwinismo social (racialismo científico, eugenismo positivo, neodarwinismo, darwinismo neuronal), existen (o pretenden manifestar su existencia, como sucede con la oceánica e inasible inteligencia alienígena a la que se enfrenta el protagonista en Solaris, de Stanislaw Lem) nada menos que un darwinismo nutricional, otro pragmático y optimista, y hasta se debate la existencia de un darwinismo... ¡judío!

Pero alguna otra objeción, menos endeble, puede hacerse a los razonamientos de los brigadistas. Que a menudo incurren, lisa y llanamente, en contradicciones y paralogismos. Por sólo citar lo obvio: si de verdad creen que en el futuro la tecnología que pudiera derivarse de la aplicación de los descubrimientos de la genética a la prevención de enfermedades y el evitamiento de patologías será a su vez capaz de prolongar la vida indefinidamente, ¿qué necesidad tienen de seguir defendiendo a machamartillo la selección natural darwiniana? Si los individuos de la especie no tienen que seguir luchando para adaptarse al medio y garantizar su supervivencia, ¿qué sentido tiene seguir moviéndose en el marco conceptual darwiniano?

A menos que lo que realmente estén deseando los paradójicos sectarios de Darwin que creen en la vida eterna vía manipulación genética sea la aparición de una nueva raza, constituida por quienes sean diseñados para sobrevivir eternamente o escogidos, entre los desechos más nobles de la anterior raza, la mortal, por algún rasgo excepcional. Que, por cierto, no hace falta delirar o ser vidente para suponer que podría no tener sustrato genotípico alguno. ¿Por qué en este terreno no habría de suceder lo que ya se está produciendo en otros, igualmente modelados por la aplicación de tecnologías sofisticadas a campos no científicos? Ahí están, sin ir más lejos, los millonarios que han comprado su billete para los futuros primeros vuelos orbitales comerciales. El único criterio de selección al que han tenido que someterse es el tamaño y contenido de su cuenta bancaria. (Ojo: no hay que descartar que algún individuo anómalo de una especie destinada a extinguirse salga por ahí diciendo, serio y campanudo, que existe el gen del Bank of America).

No hace falta estar dotado de gran agudeza mental (y del gen asociado, que sin duda existe) para vislumbrar un futuro levemente distópico detrás de estas pueriles fantasías de supervivencia. Porque sin duda hay millonarios que también son ejemplares de la especie superiores, en el sentido de la selección natural de Darwin, pero parece, cuando menos, poco científico decretar que todos los millonarios ya han evidenciado su superioridad natural por el solo hecho de haber trepado hasta la cúspide de la pirámide social. Pero no vaya a creerse: hay mucha gente dispuesta a creer en estas cosas. Es decir, a utilizar la ciencia como pretexto para seguir cultivando la vieja doctrina de la predestinación, tan del gusto de las más agrias sectas protestantes. Curiosamente, se da el caso de que los autodidactas en materia de ciencia que sólo aspiran a dos cosas: a) no morirse nunca y b) que los mejores ganen siempre (y nunca se mueran), no sólo se consideran, con o sin fundamento, miembros de la clase de los mejores, sino ateos. A pesar de creer en guiones de ciencia ficción.

Cosas veredes, le decía el hidalgo a su escudero.

En suma, que está claro que algunos no pierden la sana costumbre de perder el tiempo. Es una lástima que para confirmarlo también haya que perderlo. Me consuela saber que, en mi caso, sólo han sido un par de horas. Pero pobres brigadistas, hay que ver: pasarse la vida produciendo como salchichas argumentos en pro de lo que no comprenden y en contra de lo que desconocen. Sin siquiera el aliciente de saber que pasarán a la fábula o el mito como los Eliot Ness de la pureza darwinista. Como poco, esto sólo debería bastarles para dudar de la eficiencia de la selección natural de los individuos más aptos de la especie.


Postdata. Como siempre tiene que haber un culpable, aunque no sea Ness quien lo meta en la cárcel, confieso que, en este caso, no ha sido otro que mi querido Horacio Vázquez-Rial. Él fue quien abrió la caja de los truenos (sin quererlo, de ello estoy segura) cuando hace un par de semanas publicó, en este mismo espacio, lo que le inspira "la moda de la inmortalidad". Artículo al que, airada, respondió en su blog mi no menos querida María Teresa Giménez Barbat, animadora de la brigadista Cultura 3.0, con una andanada entre divertida y crasamente ad hominem.

Como se ve, algunos ya están de vacaciones y pueden permitirse estos ocios.
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