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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Los muertos

He tenido una iluminadora conversación con el doctor Pedro Cossio, quien fuera, como su padre, médico de los presidentes argentinos y, en esa función, atendiera los últimos días de Perón.

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Cossio tuvo la colaboración en aquel complicado trance de Carlos Seara, y ambos han escrito un libro magnífico por lo detallado y bien escrito: Perón. Testimonios médicos y vivencias (1973-1974), que acaba de ser declarado por el congreso argentino "de interés nacional".

Esta vez, la charla derivó hacia un tema crucial: el de la eutanasia. Y las ideas del doctor Cossio me parecieron espléndidas. Yo, como mis lectores tal vez sepan, me opongo frontalmente a la posibilidad de que un médico, en su propio nombre o en el del Estado, o un grupo de parientes de un enfermo tomen decisiones acerca del momento de su muerte. Existen razones obvias, pero que no sobra mencionar una vez más:

 

el derecho a la vida no puede ser regulado ni limitado por el Estado;

los familiares tienen o pueden tener intereses patrimoniales que condicionen su opinión, y sus deseos, necesidades y patologías anímicas los alejan de la objetividad, amén del hecho de que no hay garantías ni formas establecidas para los afectos: el amor y el odio se rozan y se confunden demasiado a menudo;

el asombrosamente veloz avance de las ciencias y de la técnica clínica y quirúrgica ha arrumbado para siempre el concepto de incurable: un nuevo tratamiento puede aparecer de un día para otro, del mismo modo en que cabe probar de un día para otro la inocencia de un condenado a muerte, tema habitual en el cine americano;

los métodos para combatir el dolor no tienen por qué ser terminales, pese al doctor Montes (véase a este respecto Morfina roja, de Cristina Losada).

Otra cosa, sin embargo, parece ser la determinación, expresa y firmada por el paciente con la suficiente antelación, de ser desconectado en caso de muerte cerebral, con la posibilidad de donar los propios órganos para trasplantes, órganos que pasarían así de una persona biológicamente viva (pero sin capacidades intelectuales, afectivas o volitivas y sin conocimiento consciente) a otras en riesgo de muerte: la vida de un individuo se prolongaría así en la de otro u otros. Se trataría de una decisión de principio, solidaria con la especie y coherente con el mandato de amar al prójimo como a uno mismo.

Pero no nos engañemos, dice el doctor Cossio: el muerto cerebral no está muerto. Es una persona con todas sus funciones orgánicas preservadas: de no ser así, sus partes no podrían ser empleadas para sustituir partes de otra, y ni el corazón ni el riñón ni el hígado servirían para continuar activas en un cuerpo distinto. Es sólo el cerebro el que está dañado irreversiblemente, al menos mientras no se encuentre el camino para la regeneración de tejidos nobles, asunto en el cual también se hacen progresos a diario.

Y propone el ilustre médico una cuestión definitiva: el muerto cerebral está en condiciones de reproducirse: testículos y ovarios continúan produciendo espermatozoides y óvulos, lo que convierte al sujeto en padre o madre potencial, con todo su material genético intacto. La elección de una pareja, aunque esto parezca hoy ajeno a la conciencia general, es también la elección de un padre o de una madre para los propios hijos (siempre me falta un mandamiento en el que se diga que hay que honrar a los hijos y a las hijas), y se ha dado más de un caso de matrimonios jóvenes en que uno de los miembros ha entrado en muerte cerebral, en general por accidente, y se han culminado exitosamente no sólo embarazos en curso, sino fecundaciones in vitro posteriores a la pérdida de capacidades mentales: la elección de tener descendencia con alguien en particular no puede ser discutida, y el derecho a la reproducción no es más que un corolario evidente del derecho a la vida.

El muerto cerebral, pues, está vivo y en condiciones de dar vida en más de un sentido: no solamente en el de la generosa donación de los propios órganos, también en el reproductivo.

El tema es lo bastante amplio como para emprender un estudio casuístico y de principios, y muchos médicos han reflexionado y reflexionan sobre él, extendiendo el alcance de su juramento hipocrático, de su compromiso de prolongar la vida más allá de todos los límites aparentes.

El derecho a la reproducción no se cuestiona en los casos de delincuentes a los que la ley excluye, al menos temporalmente, del derecho a vivir en sociedad, por su proclividad a violar los derechos de los demás, pero a los que se permite la visita matrimonial privada: miles de niños han sido concebidos en las cárceles, y pese a que esa circunstancia parezca la inauguración de un destino aciago (lo que no siempre es así), nadie puede negar la función social del matrimonio o, en nuestra secularizada sociedad, de la pareja. ¿Por qué no va a nacer un niño de un padre o una madre en muerte cerebral?

Esta apertura del abanico de posibilidades de la naturaleza, en la que nada ni nadie está realmente muerto jamás, ni siquiera después de una cremación, porque las cenizas retornan a la tierra, al aire, al agua, y vuelven a ser de incontables maneras diversas, debería limitar en buena lógica los supuestos legales de autorización del aborto: si el muerto no está muerto, menos aún lo está el ser recién engendrado, que posee desde el instante mismo de la concepción todos los derechos de un individuo en plenitud. Si decidimos acerca de la viabilidad de una nueva vida (decisión que suele arrogarse el Estado en la persona del juez), estamos a un paso de decidir sobre la castración preventiva.

Le conté al doctor Cossio lo que había oído al pasar, días antes, en un café de Buenos Aires, ciudad llena de inmigrantes de otros países de América Latina: "El problema con los paraguayos no es que vengan, sino que se reproducen", le decía un hombre a otro, sin que se le moviera un pelo y cargado de razón.


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