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EN TORNO A 1934

Los peligros de la CEDA y el fascismo europeo

A pesar de lo que muchos afirman, la insurrección izquierdista de 1934 no tuvo nada que ver con supuestos temores a un golpe fascista o a los sucesos de Alemania y Austria. Sin embargo es cierto que Gil Robles profería a veces frases antidemocráticas y antiparlamentarias. Esto plantea un problema de método que ya he abordado al tratar el mismo tema en relación con las lucubraciones de Paul Preston y de Carrillo

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¿Cuál fue el carácter y la actitud de la CEDA? Esta cuestión, y la de su (improbable) equiparación con la democracia cristiana posterior a la 2ª Guerra Mundial, han suscitado bastante estudio, ya que es una de las claves de la historia de esos años. Que no era un partido democrático, o no plenamente, lo reflejan frases como éstas de Gil-Robles:
 
"De la facilidad con que pude actuar en el Parlamento han deducido muchos que soy un parlamentarista decidido y contumaz. ¡Qué poco me conocen los que tal dicen! Quienes me veían asistir con ininterrumpida asiduidad a las tareas de la Cámara, intervenir en los debates, promover incidentes, interpelar a los ministros y provocar tumultos no hubieran comprendido la violencia inmensa, la repugnancia casi física que me causaba actuar en un medio cuyos defectos se me revelaban tan palpables. Mi formación doctrinal, mis antecedentes familiares, mi sensibilidad se rebelaban a diario contra el sistema en que me veía obligado a actuar"
 
…aunque no se rebeló como lo hicieron las izquierdas.
 
Tomo la cita de Carrillo, quien la usa para demostrar la peligrosidad fascista de Gil-Robles, blasonando él, a su vez, de perfecto demócrata.
 
Frases como éstas las compensa el líder cedista con otras de sentido opuesto, en las que se presenta como educador de la derecha en el espíritu democrático. Y plantean un problema: ¿cómo interpretar las contradicciones, mayores o menores, de los personajes históricos? Contradicciones muy explotables en la propaganda, pues permiten resaltar las citas convenientes y olvidar las contrarias (Carrillo prescinde de citar a Gil-Robles cuando éste resulta poco "fascista").
 
Hay que distinguir entre la línea general del personaje y sus incoherencias parciales, y examinarlas todas en su contexto político. Así, Gil-Robles atacó pocas veces de palabra al parlamentarismo, y ninguna de obra. Carrillo y el PSOE lo atacaron reiteradamente de palabra y de obra: no sufrían de "cretinismo parlamentario", como lo llamaba expresivamente el lenguaje marxista.
 
Peor todavía es cuando, para sustentar una tesis, se mutilan las citas o se generalizan actitudes pasajeras. Esa técnica la domina Preston, como ya he expuesto en repetidas ocasiones. Un ejemplo clásico, en abril de 1934 las juventudes de la CEDA celebraron un congreso en El Escorial. Preston lo interpreta como "un gesto amenazante", "antirrepublicano" en un sentido nazi. Lo probarían los gritos de "¡Jefe, jefe!" que acogieron a Gil-Robles, y las frases de éste:
 
"Somos un ejército de ciudadanos (…) dispuestos a dar la vida por Dios y por nuestra España (…) El poder vendrá a nuestras manos (…) Nadie podrá impedir que imprimamos nuestro rumbo a la gobernación de España"
 
Suena vagamente a fascismo, en efecto. Pero la cosa cambia al completar las frases: "Somos un ejército de ciudadanos, no un ejército que necesite uniformes y desfiles militares. Somos los más firmes defensores de la legalidad establecida" Al exaltar el patriotismo español, el jefe advirtió:
 
"No temo que en España este movimiento nacional derive por cauces violentos; no creo que pretenda resucitar la Roma pagana o haga exaltación morbosa de los valores de la raza"
 
Estas apelaciones a la paz y la legalidad y contra el racismo indican algo muy distinto de lo que Preston da a entender.
 
No menos demostrativo fue el ambiente en que Gil Robles habló, una concentración juvenil fácilmente inflamable, y más después de los ataques que había sufrido desde la izquierda:
 
Gil-Robles, en un retrato de la época"Hemos tenido todas las dificultades: agresiones, bombas, huelgas generales, amenazas y coacciones de todo género", dijo Gil-Robles, y no exageraba. Un joven cedista fue asesinado y otros heridos por pistoleros socialistas. Hechos así caldeaban los ánimos y los tornaban propicios a las reacciones furiosas. Pese a ello, la CEDA se mantuvo sobria y moderada. El observador puede preguntarse sobre la reacción del PSOE a un hostigamiento tal a sus mítines, que, por otra parte, jamás sufrió por parte de la derecha. Nada de ello, con su evidente importancia, es siquiera insinuado por Preston.
 
Me temo que Bizcarrondo cae en la misma técnica antihistoriográfica de Preston cuando en su artículo cita de Gil-Robles, por ejemplo: "Nos hallamos como un ejército en pie de guerra". La frase completa es: "Estamos como un ejército en el paroxismo de la lucha (…) en pie de guerra, y sin embargo yo quisiera que el choque no llegara (…) Paz y cordialidad (…) a quienes nos voten y a quienes no nos voten (…) Nuestra doctrina (…) a la que por desgracia no fuimos fieles, arranca de la hermandad de todos los hombres". En fin, compárese con la infinidad de frases de las izquierdas, faltas de la más mínima autocrítica y repletas de injurias y amenazas.
 
Conocemos, además, la línea doctrinal clave de la CEDA, expuesta en su órgano oficioso El Debate, que he citado ampliamente en varios libros y muchas de cuyas expresiones puede leer ahora cualquiera en 1934. Comienza la guerra civil. Me contentaré con dos de ellas bastante reveladoras del "fascismo" de la CEDA: "No pasa un día sin que las noticias de Alemania aludan a la propagación de un espíritu de violencia en la clase juvenil. La juventud entrega su libertad y su independencia a esa vaga idea nacionalista que la convierte en instrumento servil, en cosa de un Estado opresor y absoluto", y concluía lúgubremente: "Su más grave consecuencia será el estallido bélico"; o bien: "¡Qué distintos el pensamiento y la práctica fascista, el pensamiento y la realización prudente de Oliveira Salazar, la nueva política de Roosevelt, la evolución lenta y callada de Inglaterra y las actividades del racismo germánico (…) No necesitamos decir el método que tiene nuestras preferencias: el de los ingleses".
 
Gil Robles en 1934 a la salida de un mitinPero el historiador no debe atender solo a la guerra de palabras entre partidos. Los fundamental, en definitiva, son los hechos. Los continuos llamamientos de la izquierda a la violencia, a la revolución y a la guerra civil podían haber quedado en retórica pintoresca si no hubieran sido acompañadas de hechos. Se habla mucho del carácter fascista o fascistoide de las juventudes de la CEDA. Pero aquellas juventudes no formaron milicias, ni practicaron atentados y asesinatos, ni se dedicaron al espionaje sobre las opiniones de los vecinos, ni apedrearon a votantes izquierdistas, ni desfilaban uniformados en plan intimidatorio, ni acumularon armas… Todas estas cosas, en cambio, las practicaron abundantemente las juventudes socialistas, las de la Esquerra, las comunistas y las anarquistas. En las elecciones de 1933 fueron asesinados seis derechistas –sin réplica de la CEDA– y las agresiones recibidas por ésta eran constantes y exasperantes, y hacían a veces muy difícil reprimir la tendencia a replicar de la misma forma. Incluso la Falange sólo comenzó a practicar atentados después de sufrir un buen número de asesinatos a manos de las juventudes socialistas.
 
En 1934 establezco una analogía entre Gil Robles y Besteiro. Ninguno de los dos era realmente demócrata, pero ambos eran moderados, pacíficos –que no es lo mismo que pacifistas– y respetuosos con la ley. Con esas cualidades podía haber funcionado perfectamente una república democrática. Pero así como Gil Robles dirigía a la amplia mayoría de la derecha, Besteiro sólo representaba un sector marginal de la izquierda. Dicho de otro modo: no había peligro fascista pero sí, y muy grave, revolucionario, y ahí se encuentra la causa de la guerra civil.
 
Unas palabras sobre la situación internacional. Cuando se habla del triunfo de Hitler suele olvidarse que en buena medida su política era una incógnita, y todavía no había acumulado la montaña de cadáveres que, en cambio, había dejado ya Stalin a sus espaldas. El temor de las izquierdas a las intenciones de Hitler no puede equipararse con el de las derechas a las realizaciones de Stalin. Y cuando se habla del aplastamiento de los socialistas por el canciller Dollfuss en Austria se olvida que se trató de una sublevación de los primeros, y que el canciller se lanzó inmediatamente contra los nazis. Éstos replicaron mediante un "putsch" en que, disfrazados con uniformes policiales, asaltaron diversos edificios oficiales y asesinaron al canciller.
 
Ironías de la vida, los socialistas imitaron a los nazis para tomar el poder en Madrid en octubre del 34. Llamaron a esa táctica, precisamente, "putsch a lo Dollfuss", y fracasaron por una casualidad imprevisible, como he expuesto en varios libros.
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