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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Los socialistas

La izquierda reaccionaria, encarnada para el caso en Zapatero –cuya pobre idea del mundo se reduce a un manojo de tópicos antiamericanos, proislámicos, anticatólicos, multiculturalistas, parafeministas, atrasistas, etc.–, agoniza. Ya no se parece al pensamiento socialista, a ningún pensamiento, ni por las tapas (aquellas con la rosa en el puño que venían en los panfletos, generadas en las agencias publicitarias del refundado PSF de Mitterrand, que se copiaron aquí).

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Hasta los años setenta, el socialismo tenía algo parecido a un pensamiento de sostén, que sus militantes llamaban marxismo a pesar de que ninguno de ellos había intentado jamás la lectura de una línea de Marx. En el 79, entre nosotros, González negoció o impuso la bajada del burro de ese término. Sin embargo, como el hombre es un gran jugador de póquer, un verdadero "tahúr del Mississippi", como dijo Alfonso Guerra de Adolfo Suárez, consiguió mantener el mito de que él preservaba aquellas esencias y el resto era una concesión para la galería. Pero a esa defección gradual, ya definitiva, de los socialistas españoles contribuyeron varios factores:

1) González gobernó durante 14 años sin volver a acordarse de Marx, a quien mal podía siquiera citar.

2) En el 89 cayó la URSS, materialización del marxismo, y fue como si reventara una cloaca: hasta los comunistas se apartaron horrorizados para que la podre no los salpicara, aunque nunca pudieron librarse del olor, que los acompaña a todas partes día y noche. Los socialistas, encantados, porque ellos no tenían nada que ver con aquello: habían rectificado (fecha a elegir: 1918, 1945, 1956, 1968, 1979) y no tenían nada que ver.

3) España, a diferencia del resto de países europeos, jamás produjo teoría marxista, jamás tuvo intelectuales marxistas –a menos que alguien pretenda que Manuel Sacristán y sus discípulos hayan desempeñado ese rol–, o sea, jamás se desarrolló en español un pensamiento organizado de esas características. Y ni siquiera traducían. El sectario Wenceslao Roces no se ocupó hasta los años del exilio de hacer su versión (y nunca mejor empleado el término) de El Capital. Y sospecho que, por eso mismo, fue el único que lo leyó entero.

O sea que esto no es de ahora. En 1996 el PSOE ya estaba vacío de cualquier forma de pensamiento. Cualquiera. Ni siquiera el estatalismo rampante había sido seña de identidad del felipismo. Por eso pudo Zapatero trepar hasta la secretaría general con el apoyo de los únicos que tenían una ideología en el año 2000: los nacionalistas del PSC. Y conste que digo "ideología" y no "pensamiento". Ruido, nada racional.

Mariano Rajoy.Yo vengo quejándome en este periódico de la falta de programa del PP. Pero lo poquito que Rajoy dice de su proyecto de gobierno (que alguno debe de tener, aunque no lo cuente) es infinitamente más de lo que dicen los socialistas, que hacen leyes a lo bestia sin ton ni son, sin que la realidad las reclame, por puro ejercicio de la autoridad, desoyendo a las pocas personas medianamente sensatas de las muchas que cobran como asesores, y contando con un Congreso sumiso, en el que los representantes de dos partidos sobrevaluados por el sistema electoral perverso que nos aqueja, Coalición Canaria y PNV, hacen las veces de pueblo. Todas las claves políticas de esta gentuza se resuelven en si Zapatero repite o no, cuestión que por otra parte depende del propio implicado. Lo que el presidente diga, y lo dirá cuando le apetezca, se hará. Y es que si él es impresentable, los sucesores potenciales lo son aún más. (No me dirán los lectores que nunca han sentido vergüenza ajena al ver al hombre deambular por Europa, sin hablar una palabra de alguna otra lengua, como perdido en la selva, aislado. Pero les invito a pensar en un Chaves, en un Bono, en una Pajín, en la misma situación).

Ya, ya sé, está ahí Rubalcaba. Porque a Carme Chacón, dedicada por ahora a hacer antimilitarismo y anticatolicismo en el ejército español, como poniendo a prueba su probada capacidad de destrucción, hay que reservarla para 2016, cuando la nación esté absolutamente desarmada y entregada, tras el fracaso de Rajoy, que, de darse, sumiría a la derecha española en el silencio por varias décadas. Cosa, esta última, que los socialistas desean con toda su alma, no porque ellos sean la izquierda, entidad hace tiempo desaparecida, sino porque aspiran al poder para siempre.

Y es que si la historia de la izquierda española es un erial intelectual, la de la derecha no le va a la zaga, a pesar de la ingente producción del pensamiento católico y del pensamiento liberal, que el PP, en tanto que partido representativo, sólo asume a su manera. En las dos próximas elecciones habrá quien vote a Aznar, habrá quien vote a un partido católico y habrá quien vote a un partido liberal (ése al que Mariano quiere enviar a Esperanza Aguirre cuando sale de su sopor), pero resulta que el PP no es aznarista, ni es un partido católico, ni es un partido liberal. Es un partido con miedo a definirse en todos esos aspectos. (Aventuró Rajoy los otros días en El Mundo la posibilidad de derogar la ley del aborto en su reciente versión. Pues verá, señor Rajoy: hay muchísimos votantes del PP a los que defraudaría si no lo hiciera. Contradiciendo a Azaña, España no ha dejado de ser católica).

Con esta carencia de la derecha cuenta el PSOE para volver una y otra vez al poder. Esta inanidad programática es lo que permite a los socialistas seguir fingiendo que ellos sí tienen ideas, cuando hace mucho que han dejado de tenerlas.

El PSOE ha pasado de Julián Besteiro a la señora López i Chamosa sin que nadie se haya dado cuenta. Besteiro tampoco era un teórico del marxismo, pero era un hombre culto y decente, lleno de sentido común, lo que le permitió detener la carnicería en la que los españoles estaban enfangados en 1939, rindiendo Madrid al precio de su vida. Y es que el socialismo español ya no reconocía entonces a hombres como él. Prefería al bulímico Negrín, que se apoyaba en el chamosismo general. Así nos va.

 

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