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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Mojarse o rajarse

El otro día Rodríguez Z. echó en cara a Mariano Rajoy que no se mojara, y soberbio añadió: "Nosotros nos hemos mojado". Se trataba de condenar a Israel y de defender el Islam radical y terrorista, tan apreciado en Europa, no sólo por Zapatero, quien esperó, prudentemente, para condenar a Israel, que otros, muchos, lo hicieran.

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Su declaración fue tan torpe que algunos la consideramos una confesión implícita, freudiana, de que aún se mea en la cama. El caso es que si se moja, o no, en su dormitorio, en política siempre se raja. En cuanto a retar humildemente a Rajoy, lleva razón, pero lo malo para España es que Rajoy no dice nunca nada, nada importante, se entiende, y que Zapatero sólo se raja. Su húmeda ruta triunfal, como en el juego de la oca, va de cobardía a cobardía. Hasta se ha rajado de hacer una visita archiprotegida a Siria. ¿Cómo un tipejo así, tan cobarde, ha podido ser elegido dos veces presidente de gobierno? ¿Acaso España, país de locos que fue, se ha convertido en un país de cobardes?
 
Zapatero se raja ante ETA, se raja ante los nacionalismos periféricos –por emplear la grotesca jerga periodística–, se raja ante el Islam, se raja ante cualquier moro que aparezca en la costa, incluso si no es musulmán sino catalán, pongamos. Y hasta pretende imponer la cobardía como modelo de civilización. Fue el miedo, después de los atentados de Atocha, lo que le dio la victoria electoral en 2004, y si repitió en 2008 fue porque no tenía a nadie enfrente. Mariano Rajoy es un Don Nadie, y si en algo se parece a Zapatero es en el tema de la cobardía.
 
Cuando hablo de cobardía no estoy diciendo que España, como cualquier otro país, pese a todo, democrático, tendría que declarar una guerra universal y permanente a sus enemigos; quiero decir que los países democráticos deberían ser capaces de defender sus principios, sus valores y sus intereses nacionales en todas las circunstancias, incluso mediante la guerra. Claro que la negociación es siempre preferible, pero no tiene la misma eficacia cuando los de enfrente saben que estamos dispuestos a defendernos militarmente, no a rajarnos por sistema.
 
Además de timorata, la política exterior del actual gobierno es incoherente (basta con ver la cara de memo de Moratinos, sus declaraciones de memo, su actuación de memo, para entender que no puede ser de otra forma). ¿Para qué hablar tanto de paz y entendimiento entre las naciones... y enviar tropas a Afganistán y al sur del Líbano? Claro que en el caso del Líbano se trata más bien de proteger al Hezbolá para que pueda seguir enviando sus cohetes contra Israel.
 
Israel ha lanzado una operación militar contra Hamás en Gaza porque no puede soportar (ninguna nación lo soportaría) que esa organización terrorista lance sus cohetes tranquila e impunemente. Por ahora, Israel tiene la relativa suerte de que los terroristas de Hamás los lancen al buen tuntún y hagan pocas víctimas, pero no nos llamemos a engaño: de la misma manera que los cohetes, proporcionados por Irán, son cada vez más potentes, la puntería de los terroristas podría afinarse y matar mucho más.
 
La perfecta objetividad no existe, todos tenemos nuestras simpatías y antipatías, y yo reconozco que espero que la intervención militar israelí sea finalmente un éxito. Desde luego, eso no terminará con la larga guerra que nos ha impuesto el Islam, pero, tratándose precisamente de guerras, siempre conviene más ganar batallas que perderlas.
 
Pero las repercusiones en Europa de este nuevo conflicto son nefastas. El País y tantos otros medios se felicitan porque la calle ha recuperado el "No a la guerra", sí, pero eso no quita para que sea la falacia de siempre, una mentira más de los diversos movimientos por la paz. El mejor artículo que he leído sobre este tema lo publicó Robert Redeker en Le Figaro el pasado día 13. Redeker fue condenado a muerte por los islamistas debido a otro artículo, publicado, también en Le Figaro, en septiembre de 2006; desde entonces vive protegido por la policía (ya hemos hablado de ello).
 
Redeker no se raja, y en su artículo "La calle, la mezquita y la televisión" apunta que todas esas manifestaciones que acaban de celebrarse en las capitales europeas –y en otras– no han sido en absoluto pacifistas, sino claramente antiisraelíes, antisemitas, favorables a Hamás y, a fin de cuentas, a una guerra que destruya Israel. Había, sí, manifestantes ingenuos, o más bien imbéciles, porque las consignas, los gritos, las pancartas no pedían la paz, sino la guerra contra Israel.
 
Nota Redeker que toda la extrema izquierda gala, más parte de los socialistas y de los verdes –en España todo el PSOE– participa de ese apoyo a los terroristas islámicos de Hamás, de Hezbolá, y al antisemitismo. Esto no le extraña, lo ha vivido, sabe por experiencia propia que la izquierda francesa es ultracarca –y la española más, digo yo–, pero le indigna y preocupa. Porque, además, se consideraba de izquierdas, es miembro de la redacción de la revista Les Temps Modernes, que no es, digamos, precisamente monárquica.
 
Pero dice algo más, que no se dice, y para demostrarlo le cito:
(...)  estas manifestaciones en Francia tienen un rasgo nuevo, portador de un futuro inquietante: surgen del encuentro de la televisión con la mezquita (…) Hoy, las manifestaciones se producen como identificación, no con las víctimas, de las que poca cosa se sabe, sino con las imágenes de las víctimas en Gaza, con las que las televisiones inundan la opinión.
La televisión, escribe Redeker, no se detiene a analizar, no explica los acontecimientos, muestra las imágenes que considera más espectaculares, para emocionar y aumentar su audiencia, pero no explica nada.
La impronta islámica de estas manifestaciones demuestra la influencia del Islam, de la mezquita. La mayoría de los manifestantes se ha expresado en un horizonte de solidaridad musulmana. El desarrollo del Islam en Francia tiene mucho que ver con el éxito de estas manifestaciones.
Habla, claro, de Francia, pero lo mismo, o peor, podría decirse de España, como de otros países europeos. En resumidas cuentas: el moro no está en la costa, está en casa.
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