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PENSAMIENTOS ALEATORIOS

Pistolas, escopetas y pontificadores ignaros

Aquellos que han hecho del indignarse un estilo de vida –al parecer, son cada vez  más– sufren accesos de ira siempre que la policía abate a tiros a un criminal. Suele ser gente que no ha disparado un solo tiro, que jamás ha tenido que tomar en una fracción de segundo una decisión de la que podría depender su vida, o la de un semejante, pero que sin embargo está convencida de que los agentes del orden hacen un uso desproporcionado de la fuerza.

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Yo, que he impartido clases de tiro a los marines, nunca he sentido extrañeza ante el hecho de que la policía dispare en ocasiones decenas de veces sobre un criminal. A pesar de que un experto puede lograr marcas impresionantes en una galería de tiro, no se necesita mucho para que, en una situación imprevista donde están en juego la vida y la muerte de sus protagonistas, las balas no acaben donde debieran.
 
Cuando se maneja una pistola, no es raro marrar el tiro; incluso cuando el objetivo tiene las dimensiones de un torso humano. Esto sugiere, entre otras cosas, que quizá no sea la pistola el arma ideal para proteger el hogar. Cuánto mejor tener, por ejemplo, una escopeta: es mucho más fácil acertar, y mucho menos probable que te disparen primero.
 
Ante el sonido característico que emiten las escopetas cuando se las está cargando, es muy probable que el intruso decida inmediatamente poner pies en polvorosa... y no volver jamás.
 
Y ahora volvamos a las fuerzas del orden, pues acaba de publicarse un estudio que informa de la frecuencia con que la policía de Nueva York marra un disparo durante una confrontación con criminales. Incluso en un radio de acción inferior a 6 pies (1,82 metros), los yerros (57%) son superiores a los aciertos (43%). A 75 pies (22,68 metros), sólo 7 de cada 100 balas alcanzan su objetivo.
 
Para empezar, podríamos decir que el haber disparado una vez no quiere decir que sea seguro dejar de hacerlo. En primer lugar, porque en la vida no pasa como en los videojuegos, donde se encienden lucecitas cuando aciertas: hay ocasiones en que el policía no sabe si ha dado al criminal; a veces, puede que no lo sepa ni el propio criminal, por obra y gracia de la adrenalina (siempre y cuando, claro está, no se trate de una herida grave).
 
Pero es que, aun en el caso de que el policía sepa que ha dado al criminal, la pregunta crucial es: ¿ha dejado éste de ser peligroso? Si todavía es capaz de responder al fuego, aún no ha llegado el momento de dejar de disparar.
 
Cuando hay más de un policía en escena, no hay razón alguna para que uno de ellos lleve la cuenta de cuántas veces se ha disparado. Al final, puede que entre todos hayan efectuado 30 ó 40 disparos, pero es que difícilmente todas esas balas habrán alcanzado el objetivo.
 
Son legión quienes no conocen las ventajas y desventajas de los distintos tipos de armas, las distancias de seguridad, los niveles de tensión que se registran durante un tiroteo, pero eso no es lo más grave; lo más grave es que cada vez son más las personas que no se cortan un pelo a la hora de soltar discursos sobre cosas de las que no tienen la más remota idea. Así, hay tipos que jamás han dirigido siquiera una pequeña empresa pero que proclaman, con gran entereza y no menos indignación, que los ejecutivos de las multinacionales tienen unos sueldos que no se merecen; o que no saben ni papa de medicina y economía pero aseguran que los medicamentos son caros.
 
Puede que el fenómeno de los pontificadores ignaros sea cosa de nuestras escuelas, donde se habla sin parar de la autoestima y se deja de lado la enseñanza de las materias clásicas, de las que nuestros muchachos saben bastante menos que los de otros países.
 
 
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