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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La Tierra, una esfera hueca

Mientras se especula, con escasos fundamentos científicos, sobre el cambio climático, como si nuestro planeta, y hasta nuestra especie, nunca hubiese sufrido glaciaciones, y se acusa al hombre de promover el desastre al bañarse, ponerse desodorante, lavarse los dientes o afeitarse, nadie menciona un hecho que sí es indiscutible: estamos vaciando la esfera en cuya superficie vivimos.

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No es verdad que el ahorro de agua dependa del gasto doméstico del común de los mortales: el 80% del agua que se consume en España es de uso no urbano. Pero sí es cierto que en 1999 se produjeron, es decir, se recogieron en las bocas de los pozos, 73.215.000 barriles de petróleo, lo que significa, a 159 litros por barril, 11.641.085.000 litros, casi 12.000 millones de litros; y también es cierto que la demanda en 2006 fue de 85.800.000 barriles, lo que representa 13.594.500.000 litros.
 
En 1858, diez años después de que se descubriera oro en California, George Bissell envió a Pennsylvania al seudocoronel Edwin Drake para que construyera y pusiera en funcionamiento el primer pozo de petróleo. La empresa concluyó con éxito el 27 de agosto de 1859, en las inmediaciones de Titusville. El mismo día, otros, imitando el modelo de Drake, empezaron a perforar en la zona. Desde entonces, no hemos parado. Y no está mal, porque hemos sostenido y desarrollado una civilización, contradictoria y suicida, con unos valores que son puestos en entredicho cada día pero que aun así sobreviven y dan sentido al enorme esfuerzo conjunto.
 
El problema es que hemos extraído del interior de la Tierra más de un billón de litros de combustible de diversa condición. Ya no se trata de lo que se dio en llamar "aceite de piedra" y se suponía formado por restos fósiles, sino de una mezcla de varios materiales, fósiles y no fósiles. A esto se ha añadido el gas natural, en ocasiones asociado al petróleo, en ocasiones en yacimientos específicos bajo la corteza. No he logrado dar con datos sobre el gas de precisión comparable a la de los que circulan en relación con el petróleo, pero se trata de cantidades igualmente enormes.
 
El problema que pretendo plantear es el del vaciamiento, rapidísimo, de la esfera planetaria, que, como se ve, no es imaginario. Y también pretendo, desde mi doble condición de lego absoluto en la materia y hombre curioso, preguntar qué efectos tienen esos hechos sobre nuestra realidad climática y sobre el estado de la corteza terrestre en general.
 
¿Tiene la extracción de petróleo y gas alguna influencia sobre la generación de tsunamis? ¿Y sobre las grandes fallas inestables, como la de San Andrés, que puede borrar de un plumazo todas las ciudades de California y Baja California? ¿Y sobre la actividad volcánica? ¿Y sobre la estabilidad de la corteza? ¿Podemos ocuparnos de la contaminación por combustión de hidrocarburos sin preocuparnos por su extracción? ¿No serán estas actividades, a medio o largo plazo, más perjudiciales para el planeta que la producción de energía de origen nuclear?
 
El funcionamiento material de las grandes potencias depende hoy del gas y del petróleo, productos que están en manos de los países más atrasados del mundo o de los menos fiables en términos democráticos, como Rusia o Venezuela. Sólo en 2006, Petróleos de Venezuela (PDVSA) generó casi 100.000 millones de dólares, que Chávez viene empleando sobre todo en la desestabilización política del continente americano y en la preservación de la dictadura castrista. Lo grave es que ninguna de las potencias centrales –en las que todos los políticos, sin excepción, hablan de los riesgos del cambio climático de manera desaforada, sin estudiar realmente la cuestión, simplemente porque venden el asunto impresentables como Al Gore– ha pensado seriamente en desarrollar energías alternativas.
 
Carter, que fue un presidente raro, capaz de enfrentarse a Videla e incapaz de hacer lo mismo con otros dictadores, tuvo un asesor en ese tema, llamado Barry Commoner, al que yo traduje en mis épocas de progre. Este hombre era el colmo del buenismo, y leyéndole uno se convencía de que las fuentes eólicas, solares o de otro estilo inofensivo estaban al alcance de la mano. Han pasado treinta años de aquello y la cosa no va, salvo en el ámbito de la energía nuclear, que Commoner y Carter desechaban.
 
No hay palabra más rabiosamente prohibida por la corrección política que nuclear. El único que la emplea con entera libertad, y no precisamente para referirse a un programa energético, es Ahmadineyad, presidente del cuarto de los países exportadores de petróleo en orden de producción. Es pura hipocresía. Cuando, superados los obstáculos creados por la ineptitud del Gobierno central y la mala fe del tripartito catalán al tendido del AVE, el tren llegue a Francia, lo harán de modo simultáneo las necesarias líneas de alta tensión que permitirán a España importar de Francia electricidad de origen nuclear.
 
Francia produce de ese modo el 79% de la energía eléctrica que consume; Bélgica, el 56,75%. El país de la UE con menor porcentaje de energía de origen nuclear es Holanda, con un 4%. La media europea es del 35%, ocho puntos por encima de la cifra española: 27%.
 
Italia, Dinamarca y Suecia sometieron el asunto a referéndum. Italia, en 1987, decidió el cierre de sus cuatro centrales. Dinamarca prohíbe por ley el uso de esa energía. Suecia cerrará sus doce centrales en 2010. No obstante, 145 de las 438 centrales nucleares existentes están en la UE. Hay 59 en Francia y 35 en el Reino Unido. Una central nuclear produce mucho más que una termoeléctrica y no emite CO2.
 
El grave problema que presenta esta técnica es el de los residuos radiactivos. La vida media de una central es de 22,3 años. En España, en El Cabril, provincia de Córdoba, hay un centro de almacenamiento de residuos radiactivos de baja y media intensidad con capacidad para absorber los que se generen hasta 2020. Por otro lado, diga lo que diga el Gobierno al respecto, hay en Juzbado, provincia de Salamanca, una planta de elaboración de combustible nuclear capaz de producir el equivalente a 300 toneladas de uranio enriquecido y de la que es responsable Enusa, participada en un 60% por la SEPI, es decir, por el Estado.
 
Cuanto mayor es la proporción de energía nuclear de producción propia que un país utiliza, mayor es su independencia económica y política respecto de la OPEP, una organización controlada por los países musulmanes: diez de los once miembros de la OPEP (el undécimo es Venezuela) pertenecen a la Conferencia Islámica. Y nueve (la excepción es Nigeria) a la Liga Árabe. Producen el 77% del petróleo, y no cabe duda de que la activa judeofobia del chavismo está relacionada con la política de sus aliados.
 
La construcción de centrales nucleares resolvería algunos problemas reales: el poder político del islam se vería limitado, lo cual parece vital para la supervivencia de Occidente, y las emisiones de CO2 se reducirían decisivamente, para tranquilidad de quienes creen que ése es eje del cambio climático. Asimismo, resolvería otros problemas que, hoy por hoy, no son realmente tenidos en cuenta, como el de los riesgos que pudiera correr la corteza terrestre por obra del vaciado subterráneo o la contribución de éste a las variaciones del clima.
 
Nuclear, sí, gracias. No hay otra salida racional.
 
 
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