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HISTORIA DE ESPAÑA

¿Por qué duró tanto el franquismo?

Como régimen en toda España, el franquismo duró 37 años, hasta uno después de la muerte de Franco, y 40 desde su inicio en 1936. La democracia, en aparente paradoja nacida de él —y no de la república, como quieren algunos—, 26 años ya.

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Este largo periodo de estabilidad rompe muchos tópicos sobre el carácter violento y guerracivilista de los españoles, con que se había intentado explicar el carácter convulsivo de sus siglos XIX y buena parte del XX. Sin embargo, la duración de aquel régimen era sumamente improbable. Imposible, de creer a la propaganda antifranquista. ¿Cómo podría haber permanecido un régimen “apestado” internacionalmente, odiado por la inmensa mayoría del “pueblo”, que podía recordar y sin duda recordaba las maravillas de la república, y en especial por los catalanes y los vascos, vencidos como tales, en bloque, durante la guerra?

Ciertamente hay casos de tiranías sostenidas gracias a una represión brutal y a una infiltración policíaca por todo el tejido social. Pero el caso es que a la muerte de Franco, España tenía menos presos que cualquier país europeo equivalente, y entre ellos también pocos políticos. Los cuales, en su inmensa mayoría, eran comunistas o terroristas, no muy buenos ejemplos de demócratas. La explicación hay que buscarla en otra parte, y seguramente no es la misma en toda la historia de la dictadura.

Hubo unos años en que el franquismo pareció abocado al derrumbe, cuando, al aproximarse el fin de la guerra mundial, Stalin, Truman y Churchill mostraban intención de no consentir en Europa un régimen que habían apoyado Alemania e Italia. Con esta perspectiva, los comunistas organizaron guerrillas, el “maquis”, a fin de reavivar la guerra civil, seguros esta vez de vencer. Había, además, muy buenas razones para esperar el apoyo popular. El índice de los muertos por hambre revela que en 1944 las cifras habían vuelto a las “normales” de la república (aun si anormalmente altas en relación con los años prerrepublicanos), pero el boicot internacional hizo subir en flecha esa cifra, multiplicándola casi por cinco en 1946. Esa penuria, sumada a la supuesta nostalgia por la feliz época republicana, más el rencor por la represión de posguerra, debían haber llevado al pueblo a una rebelión generalizada, máxime cuando el triunfo, gracias a la situación internacional, estaba casi garantizado. Añádase que en las filas franquistas se abrían amplias grietas, pues una parte de los monárquicos y del mismo ejército conspiraban para dar fin a la dictadura y congraciarse con los Aliados.

Sin embargo, Franco superó la crisis, y a finales de los 40, su régimen estaba más firme que nunca. A menudo se explica esto por la guerra fría entre los Aliados y los soviéticos, que habría llevado a USA y Gran Bretaña a preservar, aunque de mala gana, al franquismo. Pero la explicación no es suficiente, por dos razones. En primer lugar, minimiza la resistencia de Franco y su previsión, expuesta a Churchill ya en 1944, de que una alianza de las democracias con Stalin no se mantendría. Con esa previsión, que se demostró acertada, contra lo que pensaban los propios Aliados, Franco pudo cerrar con tranquila energía las brechas abiertas en su edificio. En segundo lugar, la supuesta explicación olvida el factor básico de la actitud de la gente. Ciertamente, la población recordaba muy bien la república, pero distaba mucho de añorarla. La expresión “¡esto es una república!” para definir una situación caótica, podía oírse todavía a principios de los años 70, y era una expresión netamente popular. En cuanto al hambre, con toda la que hubo en los años 40, pocos olvidarían que en la zona revolucionaria de Negrín había sido bastante peor todavía. Y, principalmente, casi nadie quería volver a una guerra civil, pues la imagen del terror y las represalias de unos y otros provocaba repugnancia en la gente común. Había, además, la conciencia de que España se había salvado de la guerra mundial, mucho más devastadora que la civil, y ello se atribuía al acierto de Franco.

De ahí que, contra todos los cálculos en apariencia razonables y objetivos, el maquis quedara aislado, pudiendo la Guardia Civil reducirlo a la impotencia en menos de dos años, y luego ir extinguiendo sus restos en unos pocos años más. Se dice que Franco siempre explotó el resorte psicológico del recuerdo de la guerra, pero se trata de un argumento ambiguo en boca de quienes lo utilizan, porque la alusión a la guerra debería haber reavivado el recuerdo de los días felices y “democráticos”, según ellos, de la república. Por lo demás, es cierto sólo a medias. En realidad, aunque la guerra se mantuvo, lógicamente, como una referencia obligada en la propaganda del régimen, con el paso de los años se volvió una referencia abstracta y retórica, sin apenas detalles, y que en los años 60 impresionaba a poca gente. La baza clave del franquismo, una vez superados los efectos del boicot internacional y de la autarquía, fue el creciente desarrollo, que en los años sesenta se volvió impetuoso, y que arruinaba los argumentos de la oposición, según los cuales el franquismo sólo podía traer hambre, analfabetismo y estancamiento: todas esas lacras del pasado estaban siendo superadas a marchas forzadas. Obsérvese que ni siquiera se volvió antifranquista la mayoría de los tres millones de personas que, entre idas y venidas, emigraron a los países europeos más ricos, pese a que en principio tenían los mayores motivos para estar resentidos, viviendo, además, en un medio democrático, donde la propaganda y las organizaciones antirrégimen obraban a sus anchas.

Creo haber contado cómo mi primera aproximación a los opositores a Franco, en París, en 1966, se saldó con una desilusión: aquellos tipos me describían una España de cárceles, hambre e ignorancia, que nada tenía en común con la que yo conocía, pese a provenir de Galicia, una de las regiones entonces más atrasadas. Y en el país las posibilidades de expresión crecían con rapidez, siendo incluso claramente procomunistas varias de las publicaciones de mayor difusión, como la revista Triunfo.

Porque otra causa de la pervivencia de la dictadura fue la oposición con la que contó, repleta de los tics y estereotipos izquierdistas y jacobinos de la guerra. El país había cambiado de modo radical, y ella rechazaba la realidad, o, incluso aceptándola en parte, como lentamente hizo el PCE, apenas podía ocultar la carga de revanchismo, violencia y tiranía que en el trasfondo portaba, tan evidenciada en el caso Solyenitsin, cuando saltó furiosamente a la luz, rompiendo su cuidadoso disimulo habitual.

Por otra parte, eso del “apestamiento internacional” es, cuando menos muy exagerado. Con la excepción de PRI mejicano, por otra parte un régimen despótico y corrupto, el franquismo fue reconocido por todo el mundo. Fue Franco quien se negó a reconocer a la URSS —aunque aceptó a China— y no a la inversa; y lo mismo a Israel, si bien, por otro lado, salvó a los judíos de Marruecos de las explosiones de extremismo musulmán y facilitó su emigración a la “tierra prometida”.

En suma, para estar en peligro, habría sido preciso que aquel régimen tuviera una alternativa clara a los ojos de la gente, pero la oposición real y actuante no lo era, desde luego: insistamos, la mayor parte de los presos políticos eran comunistas o terroristas. Y eso es lo que no quiere aceptar la multitud de antifranquistas de después de Franco, obsesionados con la idea de derrotarle: no paran de demostrar que quien les venció, o venció a sus modelos, una y otra vez, en la guerra y en la paz y año tras año, era un lelo, un simple criminal, un incapaz o mediocre absoluto. Desde la televisión y la cátedra difunden masivamente las mismas estupideces que yo oía en París en 1966. ¡Y lo hacen en nombre de la democracia y la reconciliación, tal como quienes iniciaron la guerra civil en octubre de 1934 lo hacían en nombre de la libertad!

Como a Franco, evidentemente, ya no lo pueden derrotar, intentan derrotar la memoria histórica, lo que sería simplemente cómico si no fuera tan peligroso: “Los muertos matan a los vivos”.



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