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COMISIÓN 11-M

Reflexiones de un día de reflexión

Las comparecencias de José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero en la Comisión Parlamentaria del Investigación del 11-M han vuelto a poner sobre la mesa de la actualidad, si es que en algún momento han dejado de estar allí, los acontecimientos ocurridos entre los días 11 y 14 del pasado mes de marzo, que creo sinceramente no podrán "olvidarse" hasta la celebración de unas nuevas elecciones generales, en el mejor de los casos.

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Aznar señaló en su comparecencia algo que es obvio y que sólo podría ponerse en duda en una democracia orgánica al estilo de la RDA, aquel entrañable país que construyó un muro para evitar ser invadidos por sus compatriotas capitalistas: que el atentado fue pensado, desarrollado y llevado a cabo para influir en el resultado electoral.
 
Explicar esto es sencillo: recordemos que las mochilas explotaron a sólo tres días de las elecciones cuando el año tiene 356, más de 200 de ellos laborables, es decir, en los que el efecto asesino de la infamia habría sido el mismo mientras que el político, mire usted que casualidad, no. Es lo que Aznar ha definido como la "teoría del 4 marzo": si las elecciones hubieran estado convocadas para el día 7 el atentado habría sido el 4, si hubiésemos votado el 21 las bombas habrían estallado el 18, y así sucesivamente.
 
Se podría señalar que un atentado, aun uno de tan brutales dimensiones, puede no ser suficiente para cambiar la voluntad democrática de un país y en eso estoy bastante de acuerdo: era necesario algo más. Y ese algo más fue lo que se nos ofreció el 13 de marzo, presunto día de reflexión, con las manifestaciones "espontáneas" frente a las sedes del PP en muchas ciudades de España y, singularmente, la de la calle Génova de Madrid. Demostraciones tanto jaleadas como convenientemente amplificadas por determinados medios de comunicación a los que no vale la pena citar y que el propio Zapatero no sólo no condenó el pasado lunes sino que justificó y canto "con orgullo". Por cierto, creo que es la primera vez que oigo a todo un presidente del Gobierno manifestar orgullo por que alguien cometa un delito.
 
Varias cosas me llaman poderosamente la atención de estas manifestaciones, tan inmorales como ilegales: la primera es que al grito de "queremos saber" y bajo la coartada del "gobierno que miente" los asistentes no se concentraron frente a la Moncloa o la sede del Ministerio del Interior que era donde estaban los que supuestamente "sabían", sino a las puertas de un partido que concurría a las elecciones del día siguiente. No menos llamativas me resultan las pancartas perfectamente impresas y con tipografías en absoluto manuales que portaban muchas personas, como si junto con el SMS convocante circulara el archivo de ordenador para que la gente practicase el "hazlo tu mismo" antes de salir de casa.
 
Por supuesto, un tercer elemento sorprendente (aunque este no tanto, por desgracia) fue la rápida respuesta de los partidos entonces en la oposición, que en lugar de advertir a los manifestantes de que su comportamiento era delictivo animaban y respaldaban que en la jornada de reflexión colectivos de ciudadanos se reuniesen para expresar sus opiniones políticas y su rechazo a uno de los partidos favoritos en la cita electoral.
 
Desconozco el número total de personas que ese día vociferaron su bilis frente a las sedes del Partido Popular, pero teniendo en cuenta que la manifestación más numerosa era sin duda la de Madrid y que en ella había unos pocos miles de energúmenos es probable que la cifra total en el conjunto de España no llegase a las 20 ó 30.000 personas. No parece mucho en un cuerpo electoral de 30 millones de votantes, sin embargo el impacto sociológico y político de esta demostración "popular" fue brutal, ¿por qué? Desde mi punto de vista porque estas manifestaciones cumplieron un papel fundamental que no estaba al alcance ni de la los partidos políticos ni de los poderes fácticos fácilmente reconocibles: concretar la culpa y la acusación, señalar a unos responsables (que debían ser castigados por las urnas) en un momento en el que todos necesitábamos encontrar a alguien culpable.
 
Es obvio que Rubalcaba no podía salir en la televisión gritando que las bombas las había puesto Aznar por participar en la guerra de Irak, aunque ahora lo diga con ligereza el presidente en ese momento habría sido demasiado fuerte y miserable y, por tanto, contraproducente desde un punto de vista electoral. La estrategia debía basarse en algo más sutil, la supuesta mentira del gobierno respecto a la autoría, para que el público atase los cabos por sí mismo. Hay que decir que, tristemente, la más bien torpe gestión del gobierno en esos días allanó el camino a los que organizaron semejante tinglado.
 
Así, por mucho que aparentemente se preguntasen por la verdad los manifestantes frente a Génova estaban lanzando una serie de mensajes muy claros que se retransmitieron a todo el país a través de televisiones y radios: ellos tienen la culpa, su guerra y nuestros muertos, Aznar asesino… etc. Es decir, relacionaron los 191 cadáveres todavía calientes con toda la ristra de eslóganes pancarteros que se habían usado en las movilizaciones contra la Guerra de Irak y que habían servido de "cobertura ideológica" para atacar más de 300 sedes del Partido Popular en toda España.
 
En definitiva, un paso más, no sé si el más grave, en la estrategia de escenificación de "una mayoría social de progreso enfrentada frontalmente a un gobierno fascista", una bonita historia que no por más falsa era menos ilusionante para un sector de la población que siempre ha añorado las carreras frente a los grises o, más concretamente, que siempre ha lamentado no poder lucir su pañuelo palestino en liberadoras movilizaciones populares frente a la opresión capitalista para contárselo luego al póster del Che que cuelga de la pared de su cuarto.
 
Estaba claro que todo este tinglado no había de producir un trasvase de votos desde el electorado del PP a otras fuerzas políticas (que de darse fue insignificante: ahí están los casi 10 millones de votos), pero sí que podría hacerlo entre las fuerzas de la izquierda (un sector de los votantes de IU se "pasó" al PSOE, quien sabe si definitivamente) y, sobre todo, podía movilizar a un sector del electorado de la izquierda al que la evidente inconsistencia de Zapatero como alternativa habría mantenido en sus hogares.
 
Lo más probable es que nunca sepamos con certeza quién estuvo detrás de estas "improvisadas" y "espontáneas" movilizaciones. Sí que sabemos en cambio a quién beneficiaron y quién está trabajando para borrar todo lo ocurrido entre los días 11 y 14 de marzo como si de una vulgar fonoteca se tratase. Y también sabemos, desde el lunes, quién está orgulloso de aquella ciudadanía a la que espontáneamente le dio por delinquir justo delante de las sedes del PP.
 
Pues lo sentimos, de eso tampoco nos vamos a olvidar.
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