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CAPITALISMO Y MONARQUÍA

Reyes, Inc.

Hay instituciones clave. Instituciones como la Monarquía. No voy a hablar aquí de las evidentes ventajas que reporta a nuestro país el hecho de que, a diferencia de lo que ocurre con los estadounidenses, los españoles no hayamos sido creados iguales, sino que algunos tengan asegurado, con cargo al erario, el sustento desde la cuna, y reservados unos cargos, honores y prebendas que no están al alcance de los demás.

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Tampoco voy a hablar de lo duro y difícil que es ser uno de esos seres humanos excepcionales. Y es que, aunque mucha gente no lo vea por envidia, es muy cansino ser rey: ahí están los viajes de estado, las recepciones, los acontecimientos deportivos más destacados... Una lata, sí.

Simplemente, quiero exponer la fórmula para hacer que una institución tan importante, esencial y necesaria como la Monarquía sea más accesible, cercana y económica para el mayor número de ciudadanos. Una fórmula basada en el modelo Telefónica de España, actualmente Movistar.

Muchos dirán que tales instituciones no son comparables, pero en el fondo ambas procuran un servicio a la ciudadanía; y, por otro lado, estoy seguro de que, si le preguntaran si prefiere tener un móvil y un ADSL con tarifa plana o un monarca, la gente optaría por lo primero.

¿Qué pasaba antes con la telefonía? Pues lo típico: era un monopolio estatal y, por consiguiente, deficitario, ineficiente, una carga para el erario; una empresa que debía su estructura a un decreto franquista (¡caramba, qué coincidencia!) y que daba un servicio nefasto a sus consumidores (antes de la liberalización, tardaban meses en instalarte una línea). ¿Y qué pasa ahora? Pues lo típico: aunque no se haya producido una verdadera liberalización de los servicios de telecomunicaciones, sí se ha hecho una regulación que introduce ciertos elementos de libre mercado en el sector, y la compañía se ha privatizado: ya no representa una pérdida neta para el contribuyente, genera beneficios, crea riqueza y presta un servicio mucho mejor.

Pues eso es lo que hay que hacer con la Monarquía. Abrirla al libre mercado, privatizarla, dejar que otras casas reales –tradicionales o de nuevo cuño– entren en competencia con la actual y que todas ofrezcan sus servicios en un régimen libertad.

Los nuevos jugadores podrían ser, insisto, dinastías tradicionales pero sin trono, como la de los Hohenzollern o la de los Saboya, o de nuevo cuño: empresas llamadas, qué sé yo, Reyes Inc., Tele-Monarca o algo por el estilo. Todas ellas habrían de competir, en precio, calidad y servicio, con la actual para hacer lo propio de una monarquía: dar recepciones, grabar mensajes navideños, asistir a acontecimientos deportivos, viajar por el ancho mundo... Gracias a la competencia, serían muchos más los ciudadanos que podrían beneficiarse de los servicios de toda una Figura Real, así, con mayúsculas.

Un ejemplo. Un grupo de empresarios del sector del corcho quiere disfrutar de una recepción real. La Casa Real actual cobraría una tarifa determinada, quizá demasiado elevada para nuestro grupo de empresarios; pero la competencia le ofrecería un precio más ajustado, quizás a cambio de menos boato, y todos tan contentos.

Fulanito en su comunión, los finalistas del Campeonato de Petanca del Bajo Ampurdán, casi todo el mundo podría recurrir a los servicios de una Figura Real. A día de hoy, el Rey, aunque su sustento lo pagan todos los contribuyentes, se limita a participar en acontecimientos de primerísimo nivel, como la Final de la Copa de Él Mismo, los Juegos Olímpicos o las bodas y bautizos de la jet.

En el sistema que proponemos, ninguna Casa Real se mantendría con cargo al erario, sino con cargo al bolsillo de aquellos que libremente deciden contratar sus servicios. Aunque, por supuesto, la actual gozaría de una situación de privilegio en ese nuevo mercado, desde luego que, como en su momento hizo Telefónica, tendría que espabilar, pues el mercado libre es muy volátil, las preferencias de los consumidores cambian y la competencia es feroz...

 

© Instituto Juan de Mariana

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