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DESARROLLO HUMANO

'Sobreviviendo al progreso'... y al pesimismo

"La batalla por alimentar a toda la humanidad ha terminado. En la década de 1970, cientos de millones de personas morirán de hambre, sin importar los programas improvisados que adoptemos ahora. A estas alturas, nada podrá evitar un aumento sustancial en la tasa mundial de mortalidad". Así comienza la célebre Bomba demográfica del profesor Paul Ehrlich, de la Universidad de Stanford.

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Desde que Ehrlich publicara esas palabras, en 1968, la población mundial se ha duplicado –de 3.500 millones a 7.000 millones–, el ingreso promedio anual ajustado a la inflación ha aumentado de 3.147 a 5.997 dólares y la esperanza de vida al nacer ha pasado de los 59 a los 69 años.

La ingesta diaria por persona ha aumentado de 2.610 calorías en 1990 a 2.790 en 2006. Ese incremento no se debe sólo al aumento de peso de los habitantes de Occidente: en el África subsahariana han pasado de las 2.290 a las 2.420. Para poner estas cifras en perspectiva: el Departamento de Agricultura de EEUU recomienda un consumo diario de 2.000-2.500 calorías a los hombres y de 1.800-2.300 a las mujeres.

A menudo se lo considera un caso perdido, pero lo cierto es que África ha logrado avances significativos. A pesar de las guerras, la espantosa gestión de los responsables económicos y los estragos del sida, la población del Continente Negro se ha triplicado desde 1996, desde los 280 hasta los 854 millones de habitantes, y éstos han visto crecer su esperanza de vida en diez años, desde los 44 hasta los 54.

Según la última investigación del Banco Mundial, la pobreza está disminuyendo rápidamente. En 1981 el 70% de los habitantes de los países pobres vivía con menos de dos dólares diarios, y los que vivían con menos de un dólar representaban el 42%. Hoy en día la primera categoría engloba al 43% de esa población, y la segunda al 14. "Una reducción de la pobreza de esta magnitud no tiene precedentes en la historia", sostienen los investigadores de la Brookings Institution Laurence Chandy y Geoffrey Gertz. "Nunca antes habían salido tantas personas de la pobreza en un período tan corto de tiempo".

También en el ámbito de la violencia se está experimentando una notable mejoría. De acuerdo con el profesor Steven Pinker, de la Universidad de Harvard, la violencia lleva miles de año declinando, y hoy podríamos estar viviendo "la era más pacífica" en la historia de la humanidad. Las sociedades de cazadores registraban 524 muertes violentas por cada 100.000 personas. La tasa de muertes violentas del siglo XX, devastado por tantas guerras, fue de solo 60 por 100.000. Como dijo el primer ministro británico Harold Macmillan (1957), "nunca habíamos estado tan bien".

La evidencia histórica respalda lo que el escritor Matt Ridley denomina "optimismo racional". Desgraciadamente, optimismo es lo último que uno puede encontrar en el documental Surviving progress (Sobrevivir al progreso), producido por Martin Scorsese y recientemente estrenado. Se trata de una cinta en la que se insiste en muchos de los mantras que apocalípticos como el Sr. Ehrlich llevan tanto tiempo vendiendo: los peligros de la superpoblación, el consumismo desenfrenado, la destrucción de los recursos naturales, la codicia capitalista, el declive de la cultura...

Si la acogida que tuvieron títulos como Soylent Green o An Inconvenient Truth (Una verdad incómoda) sirven de referencia, cabe prever que Surviving progress será aclamada por la crítica y vista por mucha gente. Lo que plantea una pregunta interesante: ¿por qué estamos tan dispuestos a creer en futuros apocalípticos que finalmente nunca se materializan? En su nuevo libro Abundance: The Future is Better Than You Think (Abundancia: El futuro es mejor de lo que se piensa), Peter H. Diamandis y Steven Kotler ofrecen una explicación muy interesante.

Los seres humanos recibimos un bombardeo constante de información. Debido a que nuestro cerebro tiene una capacidad de cómputo limitada, ha de separar lo crucial de lo secundario. Como la supervivencia es más importante que cualquier otra cosa, la mayor parte de la información accede a nuestro cerebro por medio de la amígdala, "responsable de las emociones primitivas, como la ira, el odio y el miedo". La información relativa a dichas emociones capta nuestra atención inmediatamente porque la amígdala está pendiente de hipotéticas amenazas. Nuestra especie ha evolucionado para dar prioridad a las malas noticias. Los pesimistas sobrevivieron, mientras que a los optimistas se los comieron los leones.

Los periódicos saben que el pesimismo vende. Los políticos también lo saben, de ahí que no dejen hablar de crisis. A Al Gore, el alarmismo le hizo ganar un Premio Nobel y todo.

Así pues, Surviving progress recibirá amplia atención porque el cerebro del mamífero que llegó a la Luna y desentrañó el átomo evolucionó acuciado por animales salvajes que lo amenazaban o pretendían devorarlo. Esto no desmerece en nada los logros humanos; si acaso, los hace aún más impresionantes.
 

© El Cato


MARIAN L. TUPY, analista del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.

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