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EDUCACIÓN

Huelga contra los huelguistas

Los sindicatos mayoritarios en el sector educativo convocaron hoy martes una huelga "contra los recortes impuestos" y porque, según ellos, el Gobierno quiere "acabar con los derechos laborales y sociales".

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Que algunos de los principales causantes de que el sistema educativo español fluctúe entre la mediocridad y la melancolía sean los impulsores de este paro no es más que un síntoma de que la decadencia de la Educación en España, de Primaria a la Universidad, es seguramente irreversible. A menos que los profesores les demos la espalda y construyamos un sistema al margen de los mitos y los dogmas promovidos por los lobbies sindical-pedagógicos.

Por supuesto que dichos recortes son sangrantes en un contexto en el que el Gobierno de Mariano Rajoy sigue sin eliminar las diputaciones, privatizar las televisiones públicas, liberar los horarios comerciales, cancelar las subvenciones a los sindicatos de trabajadores y ¡de empresarios!, fusionar ayuntamientos, hacer transparente la Administración Pública o acabar con las redundancias del entramado autonómico, donde campan por sus respetos la ineficiencia y el matonismo. En fin, medidas racionales que exige tanto el liberalismo que detesta el presidente del Gobierno como el sentido común, que dice abrazar pero ignora.

Pero el problema no son los recortes sino, como explica Mauricio Rojas, un pésimo sistema que oferta muy malos títulos a un precio altísimo. El sistema educativo español es malo, feo y caro, como demuestra Mónica Mullor. Lo digo por experiencia propia: cualquier intento de modernizar y hacer eficiente el sistema público se ve siempre sofocado por los intereses y los privilegios de la casta sindical docente, que se niega a ser evaluada y a que se introduzca un régimen competitivo en el mundo de las escuelas, los institutos y las universidades. Los sindicatos de profesores han favorecido el corporativismo de los mediocres y la endogamia, y propagado métodos de enseñanza improductivos en nombre de ideologías trasnochadas.

La reforma del ministro Wert denota falta de arrojo político para enfrentarse a los poderes fácticos que mangonean en este ámbito, lo que representa condenar a más generaciones de estudiantes, a las que se  ofrece el pan para hoy de una "educación para todos" cada vez más adulterada y menos valiosa en lugar de un modelo en el que se fomenten la excelencia y la equidad, el esfuerzo junto al reconocimiento de la diversidad, la ambición al tiempo que el compañerismo.

Frente al calor del rebaño de la protesta por la protesta, indiscriminada y acomodaticia, he hecho huelga contra la huelga e ido a mi centro de trabajo a dar unas clases, ¡qué casualidad!, sobre Karl Marx (impuesto, por cierto, por una comisión de expertos que ha eliminado al liberal John Locke del temario), que si algo detestaba más que el capitalismo era el socialismo utópico. Aunque Robert Owen y Saint Simon fueran utópicos, en el sentido de ilusos, también eran sinceros y honestos. Algo que no se puede decir de los sindicatos de profesores, que operan aún como si Franco y el sindicalismo vertical aún rigieran, convocando protestas en forma de paros propios del siglo XX en lugar de utilizar las redes sociales o, en este contexto de crisis al borde de un ataque de nervios, hacer huelgas a la japonesa, es decir, trabajando más horas en lugar de menos.

El problema del sistema educativo español no reside, como quieren hacer creer entre la demagogia y el cinismo, en que no haya recursos, sino en que los que hay se utilizan mal. La nuestra es una de las peores relaciones coste-calidad del orbe. Como sucede en la sanidad. Pero la propaganda ha hecho que nos creamos unos mitos y dogmas tan estupefacientes como la creencia fabulosa de que tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo civilizado.

Partiendo de un modelo de selección del profesorado manifiestamente mejorable (el sistema de oposición es ineficiente en el mejor de los casos y corrupto en los peores), una inexistente o ridícula evaluación del profesorado, la desincentivación del esfuerzo y la excelencia –en lo que ha significado un triunfo de las ideologías pedagógicas progresistas, nuestra particular versión castiza de lo que significa el creacionismo en los Estados Unidos–, este sistema corrompido hasta la médula se rebela contra las tímidas y triviales reformas promovidas desde el Ministerio, para hacer ver a Rajoy, no precisamente un ejemplo de audacia intelectual y capacidad visionaria (en fin, un conservador), las líneas rojas de lo que significaría una revolución del sistema, una revolución que acabase con la conjura de los necios, los vagos, los instalados en el statu quo y los adoctrinadores masivos que se han adueñado del cotarro, ese despojo que se reparten el Estado y la Iglesia a mayor gloria de sus mitos y en detrimento de la calidad educativa que merecen unos alumnos que han cedido al chantaje de la bajada de nivel a cambio de títulos cuyo valor es cada vez más discutido y discutible.

 

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