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DESDE JERUSALÉN

Suicidio europeo, capítulo tres

Los tres totalitarismos que han embestido contra Occidente durante el siglo XX (el nazifascista, el comunista y el islamista*) comparten varias características. Belicosos los tres, son enemigos jurados de la libertad del individuo. Su único medio para competir con la cúspide del progreso es desmoronar Occidente. Las trincheras desde la que embisten son enormes maquinarias estatales, todopoderosas y opresivas, puestas al supuesto servicio de, respectivamente, la raza, la clase social o la religión, y timoneadas por pequeñas elites que se arrogan la representación de intereses unánimes.

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Los tres son el resultado de cruzamientos. El nazismo fue el hijo bastardo del nacionalismo alemán con un ímpetu sádico devastador. El comunismo fue la simbiosis de los celos de clase con un impulso imperial y autoritario. El islamismo es el cruce del Islam tradicional con la codicia de dominación y destrucción del otro.
 
A los tres los impregna una judeofobia que les permite cohesionarse internamente, descargar en el sempiterno enemigo externo sus odios y frustraciones y disponer de un eficaz método de sondeo del grado de aletargamiento occidental. No casualmente Hannah Arendt comienza su ya clásico Los orígenes del totalitarismo (1951) con un capítulo dedicado sin prólogos a la judeofobia.
 
Los tres exhiben planes utópicos de dominio mundial, por lo que su guerra es permanente. La victoria les resulta en rigor una imposibilidad, ya que cada conquista es para ellos la antesala de una escalada en la conflagración. En esa obstinación bélica contra Occidente, la convergencia de los caminos totalitarios acelera la destrucción. Dos semanas después del pacto nazi-comunista de 1939 estallaba la Segunda Guerra Mundial. Por momentos, parecerían continuarse uno a otro. Los soviéticos se apoderaron de los territorios evacuados por el nazismo, y cuando fueron expulsados de Afganistán, en 1989, el declive final del comunismo coincidió con el ascenso islamista a su paroxismo. Stalin prolongó eventualmente a Hitler, y los ayatolás al primero.
 
La mancomunión en el accionar de la terna se da a veces explícitamente, como en el violento fantoche de Roger Garaudy, que representa de una sola vez a los tres, o como en proyectos de ley como el que acaba de rechazar la Duma rusa. El pasado 4 de febrero ésta aprobó por 306 votos a 58 una condena de la judeofobia en el país, como respuesta a que legisladores fascistas y comunistas asociados hubieran propuesto la prohibición de todas las organizaciones judías de Rusia, a las que acusaban de "ser satánicas, cometer crímenes rituales y promover el racismo". El proyecto, exhumado directamente de la mitología medieval, había sido elevado en la víspera de la visita del presidente Putin a Auschwitz para conmemorar su desmantelamiento.
 
Hay una faceta adicional que los tres comparten, y que recuerda el título que el historiador León Poliakov dio a su volumen de 1977: La Europa suicida. En él reseñaba el medio siglo previo al ascenso del nazismo; y bien podría definir este medio siglo de consolidación del islamismo.
 
Jean Paul Sartre.La reacción de Europa frente a los tres totalitarismos fue doble. Por un lado, un consistente entumecimiento, especialmente de parte de sus intelectuales y medios de prensa. Antes de la Segunda Guerra un filósofo de la talla de Bertrand Russell sostenía que para evitar una invasión alemana "Inglaterra debía desarmarse y recibir a las tropas nazis como a turistas". En referencia a aquellos pacifistas que esgrimían la necesidad del desarme unilateral, George Orwell acuñó una máxima inspirada en Cicerón: "Hay algunas ideas tan estúpidas que sólo los intelectuales pueden creer en ellas".
 
No muy disímil fue la ceguera de Jean Paul Sartre, y sus viajes a la Unión Soviética en la década de los 60. El gran vidente no veía nada y regresaba embriagado de los irreversibles logros del estalinismo, la misma doctrina que toda su vida enarboló José Saramago, quien hoy recorre el mundo para explicar, siempre científicamente, que el problema no radica en el islamismo sino en quienes aspiran a protegerse de éste.
 
Sobre la ceguera
 
Este embrutecimiento moral tiene causas. En un reciente libro de Robert Gelatelly, traducido al castellano como No sólo Hitler, se demuestra que, a diferencia de lo que se tenía por sabido, los alemanes estaban muy informados de las masacres nazis, pero habían sido sometidos a una tara propagandística que los paralizó para toda reacción medianamente humana.
 
Algo similar ocurre con los nuevos autistas. Han sido robotizados por los estribillos de quienes bajo la hipocresía del pacifismo enarbolan las banderas de regímenes genocidas. Francia, que le había construido el reactor nuclear a Sadam, vetó en la ONU que se revisara el caso iraquí, bajo ninguna circunstancia.
 
Tony Blair, en la Cámara de los Comunes.Cuando la ONU ya no podía ser un instrumento de presión sobre Sadam, la guerra se hizo inevitable. Así lo sintetizó Tony Blair en el Parlamento británico: si no hubiera sido por el veto francés, quizás la invasión de Irak se podría haber evitado. Los pacifistas tenían una buena parte en la responsabilidad de la guerra.
 
El emblemático acuerdo de Munich de 1938 suponía que "la paz en nuestro tiempo" se alcanzaría por medio de apaciguar al nazismo. Una vez "apaciguado" éste, la guerra fue inevitable.
 
Los autistas de hoy no reaccionan frente a las decapitaciones en televisión, el padecimiento de la mujer en los regímenes islámicos, el ataque de los islamistas en España y su expresa aspiración a someter el país al Islam. Tampoco les preocupa que el mundo islámico no se levante contra esos excesos, y para resolver el problema optan por enseñar Islam en las escuelas.
 
Sólo Occidente y sus logros les provocan emociones. Que Afganistán esté en vías de estabilizarse y que haya elecciones en Irak –y de este modo tal vez estemos siendo testigos del nacimiento de la primera democracia del mundo árabe– les irrita porque ellos se oponían, de decenas de guerras, sólo a ésa, y nos confundían denominándola "la" guerra.
 
Los tres totalitarismos generan en Occidente miopes voluntarios que hicieron y hacen la vista gorda ante flagrantes violaciones a los derechos humanos y no toleran el más mínimo esfuerzo para enfrentar al totalitario.
 
De los muchos nombres para denominar esa huida eminentemente europea optaremos por tomar prestado el que acuñó en 1957 el psicólogo social de la universidad de Stanford León Festinger: la disonancia cognitiva. Se refiere al estado mental de quien ve que sus hábitos contradicen la información que recibe (como, por ejemplo, el hecho de fumar junto al conocimiento de que el tabaco daña la salud). La disonancia cognitiva genera malestar, y cuando la realidad no coincide con el dogma que plantea el miope, para resolverla, arremete contra la realidad. Nunca se corrige porque en su imaginario nunca se equivoca; nunca se disculpa, nunca rectifica el camino.
 
Y descargan su enojo sólo contra Occidente, porque son de algún modo la antítesis del pensamiento liberal, que no ve en la política ni ciencia ni camino verdadero, sino una cuestión de ensayo y error, de aprendizaje de la experiencia, de ajustes pragmáticos para un momento determinado.
 
Si Europa no habrá de hundirse ante la agresiva islamización, deberíamos prever escenarios posibles de su rescate. Uno es que los Estados Unidos, como en las dos guerras mundiales, termine liberándola del pantano. Gracias a esa ayuda fueron derrotados los dos totalitarismos difuntos: uno a partir del glorioso Día D de junio de 1944, y el segundo con la llamada Guerra de las Galaxias, que desnudó al Kremlin de sus veleidades de superpotencia.
 
El escenario más deseable es que la reversión del actual proceso emerja de las fuerzas sanas de Europa, como augurara para España Ramón Menéndez Pidal, desde una "tenaz adhesión a la cultura occidental que defiende y propaga".


* El Islam es una religión en la que hallan solaz más de mil millones de personas. El islamismo es una corriente de odio que se ha apoderado de una parte, hasta ahora minoritaria, de los mahometanos, y que procura por la fuerza imponer en el mundo entero una forma muy específica del Islam.
 
 
Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La Judeofobia (Flor del Viento) y España descarrilada (Inédita Ediciones).
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