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ECONOMÍA

¿Trabajar más y ganar menos?

El todavía presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, abrió la semana pasada la caja de los truenos: si los españoles queremos salir de la crisis, sólo nos queda "trabajar más y ganar menos", osó afirmar. Acto seguido, la izquierda se le echó al cuello.

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Normal, esas cosas tan feas no se dicen; a la ideología del buenismo la realidad, si resulta incompatible con sus deseos, le sobra, y hay que cargar contra ella con todo lo que se pueda. Sólo era necesario leer a las principales plumas socialistas para comprobar que las críticas no se dirigían contra Díaz Ferrán porque estuviera equivocado, sino por pájaro de mal agüero.

Yo, por mi parte, voy a criticar a Díaz Ferrán porque se equivoca, no porque me desagrade lo que diga –que me desagrada–. Eso sí, no yerra en el mensaje general: como país, hemos vivido demasiados años por encima de nuestras posibilidades, así que es lógico que ahora purguemos nuestros excesos, lo que irremediablemente pasa por que veamos reducirse nuestro consumo en relación con nuestro esfuerzo. Más que nada, porque ese extraordinario ritmo de gasto de las primaveras pasadas era fruto de una insostenible y artificial expansión del crédito que, por fortuna, ya ha tocado a su fin.

Pero aunque la tesis de fondo de Díaz Ferrán tenga algo de verdadera, la presentación de la idea es una chapuza convertida en jugosa carnaza para la izquierda; y, lo que es peor, una chapuza que cae en los mismos sofismas en que caen los keynesianos, los inflacionistas y los partidarios de las devaluaciones competitivas.

El problema reside en concebir España como un bloque homogéneo sometido in toto a la misma perturbación. Económicamente hablando, España no es más que un territorio integrado en un sistema internacional de división del trabajo mucho más amplio –del que forman parte desde la Unión Europea a Estados Unidos, pasando por China–, en el que hay industrias que han cometido una enorme cantidad de errores empresariales; no por casualidad, sino como consecuencia de la inflación crediticia promovida por el sistema bancario y los bancos centrales desde 2002.

En este pedazo de tierra que es la península ibérica –y algún archipiélago anejo– se encuentran industrias que no requieren ajuste alguno, pues son tremendamente eficientes (que se lo digan a Amancio Ortega), y otras que están para el arrastre y requieren de un electroshock de urgencia (los ladrillofílicos algo saben al respecto). Éstas sí deben reajustarse, quebrando y liberando todos sus factores, liquidando las partes menos rentables de su negocio, reduciendo costes o mejorando la calidad de sus productos mediante la reconfiguración de su proceso de producción; es decir, haciendo todo lo que puedan para ampliar su margen de beneficio.

Esta sencilla proposición –las industrias en crisis, o logran que sus precios unitarios se sitúen por encima de sus costes medios o desaparecen– suele confundirse con otra, bastante más simplona, que reza que el conjunto de la economía tiene que conseguir que el nivel general de precios (el IPC, por ejemplo) se sitúe por encima de los costes medios agregados. Este es uno de los motivos de que tantos economistas apuesten por la inflación (en la creencia de que el IPC crecerá por encima de los costes medios) o por la devaluación (para que los precios y costes internos se reduzcan relativamente con respecto a los precios y costes del resto de economías). Lo mismo opina Díaz Ferrán: todos deben trabajar más y todos deben ganar menos, tentadora receta pauperizadora en un país donde los salarios se fijan centralizadamente y donde, por tanto, no puede diferenciarse entre el grano y la paja.

Si algo deberíamos tener claro es que no todos los españoles deben reajustarse, al igual que no todos los alemanes están exentos de hacerlo. Es en aquellas industrias en que se han acumulado las malas inversiones –y cuya supervivencia ha dependido directa o indirectamente del crédito barato– donde se debe trabajar más por menos. Lo contrario, por cierto, de lo que necesitamos que suceda en las industrias punteras: han de ganar mucho más para que puedan crecer y seguir generando riqueza.

Aplicar a todas las empresas las mismas medidas correctivas sólo conseguiría colocar parte de la carga que han de soportar quienes deben reestructurarse sobre los hombros de quienes no deben hacerlo. Devaluar la moneda, por ejemplo, provoca que todos los precios internos de un territorio se reduzcan con respecto al extranjero, de modo que aquellos que deberían haber caído sobremanera para volverse competitivos –los de la vivienda, por ejemplo– sólo deban sufrir un pequeño tropezón, mientras que los que deberían de subir entre las compañías más eficientes –señal de que ahí hay una ganancia por explotar– lo hacen mucho menos al verse aguados por el envilecimiento monetario. Lo mismo sucede si los costes de todas las industrias bajan proporcionalmente, como pide Díaz Ferrán: reduciremos la necesidad de contracción de las industrias ineficientes, pero sólo a costa de constreñir la expansión de las industrias eficientes, pues las primeras no liberarán los factores que deberían ir recolocándose en las segundas (gracias a la capacidad de éstas para pagar precios superiores por esos factores). Mediocristán y Estancamientistán, vaya.

Juguetear con los precios de la economía ha sido uno de los ejercicios preferidos de la izquierda extrema. Al fin y al cabo el comunismo, desde un punto de vista económico, es eso. Frente a semejante disparate, la Escuela Austriaca siempre ha enfatizado la importancia de los precios relativos, aquellos que indican la rentabilidad de unas industrias frente a otras, que, por consiguiente, permiten guiar las acciones de los empresarios hasta los dominios donde se maximiza el bienestar del consumidor.

Las palabras de Díaz Ferrán tenían sin duda ese tufillo centralizador y planificador; ese esto-se-arregla-en-un-momento tan del gusto de los políticos mesiánicos. No sé si ésta era su intención o si tan sólo quería transmitirnos el mensaje de que no saldremos de la crisis hasta que muchos españoles –trabajadores, empresarios, rentistas, políticos y grupos de presión– no asuman que tienen que ganar menos porque el valor artificial de sus servicios se desplomó en 2008. Pero, en cualquier caso, el mensaje debe ser matizado por inexacto y peligroso; máxime si la izquierda ya está dándose un festín a su costa.

Eso sí, no se crean que nuestros socialistas han entendido algo acerca de los precios o de las rentabilidades relativas; no, tan sólo aprovechan la receta colectivista de Díaz Ferrán para darle la vuelta y defender la suya propia, que nos llevaría de cabeza al abismo: trabajemos menos y ganemos más. Letal.

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