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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Un millón de segadors

El título de este artículo es el de un especial de Interviú publicado dos días después del regreso de Tarradellas a España. Era un número sobre todo gráfico, con magníficas fotos que ilustraban la afirmación de portada.

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No es imposible, aunque sí improbable, que entonces saliera a la calle tal número de ciudadanos de Cataluña para dar la bienvenida al Molt Honorable President de la Generalitat, elegido por unos pocos en el exilio, detalle totalmente carente de importancia porque en aquel año de 1977 nadie había sido elegido y todos eran elegibles. Yo también estuve allí y oí el estremecedor "Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!", que Tarradellas nos espetó a todos desde el balcón de la Generalitat en la Plaza Sant Jaume, por entonces San Jaime. Fue una fórmula impecable, abarcadora, en la que cabían desde los gallegos de Buenos Aires como yo hasta los andaluces como Montil·la: éramos, en efecto, ciudadanos de Cataluña, pero no catalanes nativos. Además, en términos generales, lo éramos por elección.

La guerra de cifras en torno de la manifestación convocada por la inmensa mayoría de la clase política catalana –toda, salvo PP y Ciutadans– el pasado día 10 osciló entre 1.100.000 (Guardia Urbana), 1.500.000 (Omnium & Co.) y 64.000 (Lynce, una empresa privada especializada y, al parecer, razonable, contratada nada menos que por EFE y cuyos resultados publicó El Mundo). Está claro que lo que digan los convocantes no es de fiar, y la Guardia Urbana lo ha sido tanto como Omnium, por la parte que le toca en las instituciones de Don Pep el President. EFE tal vez no sea la mejor de las fuentes, pero los números de Lynce parecen razonables cuando se conoce Barcelona, lo que reduce la asistencia a menos del 1% de la población de Cataluña, una autonomía en la que, a pesar de los inmensos esfuerzos en contra, el PP acapara algo más del 15% de los votos: 626.107, que le dan 6 diputados; claro, que a Convergencia el 20% le da 10. Ahora bien: si la cosa acabó mal fue porque los 64.000 asistentes del sábado eran en su mayoría independentistas. Justo una décima parte de los votantes de ERC, lo que señala la diferencia entre votar y militar, lo que condiciona la voluntad independentista manifestada electoralmente de un 8 o 9% de la población total de Cataluña. Bueno, fueron ellos: los únicos que respaldaron la rebelión institucional catalana que nadie reprochará ni castigará.

Ciertamente, no es el 6 de octubre de 1934, y Montil·la no está en condiciones de declarar el Estado catalán; pero su estúpido maximalismo de converso le ha llevado a encontrar sus seguidores más fieles en las filas del separatismo y en el delirio verbal de la dirección de ERC. Ante la evidencia del triunfo de España en el Mundial de Fútbol, el senyor Joan Puigcercós se esmeró en señalar el peso del Barça en la Selección, olvidando que tienen en el equipo españoles de otras partes, lo que le permitió concluir que España sin Cataluña es "poca cosa" y disparar contra la injusticia distributiva de los sucesivos gobiernos de Madrit.

El predominio de las esteladas sobre las senyeras de toda la vida es notable en las fotografías. Y ése es el problema, el problema que tienen los del 3 o el 4 per cent: no pueden dominar a la criatura que ellos mismos han alimentado al llevar al poder a ERC, que no tenía la menor posibilidad de gobernar, para poder montar el pacto del Tinell. La obra de Pasqual Maragall fue arriesgada y de largo alcance:

1) poner a Zapatero en la secretaría general del PSOE, cosa que logró con varias importantes ayudas, la más trascendental de las cuales fue la de Trinidad Jiménez;

2) hacerle prometer un Estatut imposible antes de oler ni de cerca el poder;

3) hacer oídos sordos y boca muda ante el golpe de estado consiguiente al 11-M;

4) proponer el Estatut imposible y aprobarlo en escuálido referéndum (48,85% de participación; 73,24% de votos favorables: el 35,7% del censo);

5) hacer tragar el sapo a todos los legisladores del PSOE, incluido el jacobino Alfonso Guerra y apenas excluido Joaquín Leguina, que tuvo que hacerse un infarto para eludir semejante culpa;

6) decretar la morte civile del PP;

7) empezar a legislar como si el Estatut no hubiese sido recurrido por el PP y no estuviese en manos del TC;

8) funcionar siempre de manera inconsulta en nombre del pueblo catalán, que no es otra cosa que una clase política que, hoy mismo, está más separada que nunca del pueblo al que dice representar.

Y ahí se acabó Maragall, que poco antes de las últimas autonómicas dijo que aún no era tiempo de que un no catalán, como Montil·la, ocupara le presidencia de la Generalitat. No era falta de visión: era que lo habían dejado fuera.

A lo cual siguió la presidencia de Don Pep, prueba clara de que, como afirma Leguina en su blog,

en casi todas partes hay ladrones dentro de los partidos, pero Cataluña es el único lugar de España en el cual los cacos de los diferentes partidos roban juntos.

Y no van a permitir que una tontería como la perpetrada por el TC les impida disfrutar de lo que consideran sus derechos. Porque en eso estoy de acuerdo: lo del TC es una tontería sin remedio: tanto miedo a las reacciones, tantas cosas a medias, tanta reserva, y la reacción que obtiene es la misma que si hubiese rechazado la totalidad del texto desde el principio; y, en cambio, hubiese impedido cambios legislativos locales que tienen toda la pinta de ser irreversibles, y que lo serán gracias a los fragmentos interpretables de Doña María Emilia, hijos de la presión de Moncloa, que lo quería aún más light.

Ahora tenemos alrededor de un 1% de la población de Cataluña –y lo digo así porque la partida está llena de López, Fernández y Rodríguez cuyos abuelos intuían por aproximación dónde quedaba Barcelona– que está por la independencia y que hace ruido como si fuera el 80%. Y al que no tiene más remedio que apoyar la clase política, incluido el serio y responsable estadista llamado Josep Antoni Durán i Lleida, nacido en Huesca en 1952, cuando Huesca estaba casi tan lejos como Iznájar y ponerle a un hijo el nombre de José Antonio no era ninguna tontería. Por supuesto, Rajoy habla con él porque sabe que lo va a necesitar, pero igualmente dice entenderse bien con Iñigo Urkullu, ese señor que dice que no apoya a la selección española en el Mundial porque él espera para dar rienda suelta a su pasión futbolera a que haya una selección vasca (vale la pena ver su blog, empezando por sus comentarios sobre la manifestación de Montil·la, a la que acudió: http://urkullu.wordpress.com/). El PP no lleva en su programa de mínimos la reforma del sistema electoral que otorga a CiU y al PNV una representatividad que no poseen por número de votos, de modo que, si Rajoy no está encantado de conversar con ellos, no tendrá más remedio que fingirlo.

Hay que habituarse a la idea: más tarde o más temprano, el mapa de España va a cambiar, y mucho. Aunque Cataluña o el País Vasco, sin España, sean poca cosa.

 

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