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PAPELES OLVIDADOS

Una carta de René Benjamin

Al terminar la guerra mundial, René Benjamin, acusado de colaboracionista, fue objeto de represalias y expulsado de la Academia Goncourt. De nada le valieron sus dificultades, que las tuvo, con las autoridades bajo la Ocupación. Sería de mal gusto ahora evocar el clima intelectual y moral de la Francia recién liberada.

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En las fiestas navideñas de 1993 me regaló mi hijo Adriano una edición escolar de relatos de Pushkin, hecha en Mâcon en 1943. Entre sus páginas había un formulario de “Viajes organizados” sin rellenar, aunque a lápiz alguien escribió en el apartado correspondiente “Tyrol”, “11 Octobre”, y en el de “cantidad desembolsada”, “3750+100”. Una de las preguntas: “Etes-vous ancien prisonnier, déporté ou S. T. O.?” permitía datar el cuestionario en los tiempos de la Ocupación. S. T. O. significaba “Service Travail Obligatoire”, denominación del sistema de trabajo forzoso de los franceses en Alemania. También había una carta, y en ella unas frases que, a mi juicio, solamente podía haberlas escrito alguien muy familiarizado con estudios nobles. Adriano había adquirido el libro el verano precedente en una librería de lance de Ginebra, y vio la carta y la mostró a conocidos más o menos intelectuales, que la encontraron interesante sin más. La firma era ilegible para quien no conozca con algunos pormenores la literatura francesa de los años 20 y 30. Como quiera que de esa literatura yo tengo una idea, me fijé con detenimiento y con no escasa sorpresa descubrí que la firma era la de René Benjamin.
 
El único Benjamin del que la intelectualidad sabe algo es el judío alemán que se suicidó en la frontera franco-española a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Este otro Benjamin era en cambio francés y no sé si también judío, pero fue uno de los intelectuales franceses que tomaron partido por el bando nacional en la guerra española. Yo había empezado a interesarme por René Benjamin meses atrás al leer las Memorias de Eugenio Vegas Latapie, en las que se mencionaba la presencia en Burgos del escritor francés. René Benjamin era un viejo conocido de los intelectuales españoles, pues pocos años antes había aparecido en Madrid, en la editorial La Nave, su biografía La prodigiosa vida de Honorato de Balzac, traducida por Luis Cernuda.
 
Al terminar la guerra mundial, René Benjamin, acusado de colaboracionista, fue objeto de represalias y expulsado de la Academia Goncourt. De nada le valieron sus dificultades, que las tuvo, con las autoridades bajo la Ocupación. Sería de mal gusto ahora evocar el clima intelectual y moral de la Francia recién liberada, al que serían aplicables unas proféticas palabras de Simone Weil: “Siempre estaré con la justicia, esa fugitiva del campo vencedor”. No sé qué pruebas ni qué argumentos se adujeron en los sumarios y expedientes incoados a Benjamin en aquellos años lamentables, y entre ellos desde luego no estuvo esta carta que el azar pondría en mis manos y cuyo remitente había olvidado cuando tuvo que hacer frente a los comités depuradores. La carta está fechada en Le Plessis el 9 de agosto de 1941. Vale la pena transcribirla por entero:
 
“Mi querido Claudio, // Puesto que tengo tu dirección, la utilizo sin demora para felicitarte directamente. Pues digas lo que quieras, tu esfuerzo, y el don que tienes de triunfar merece parabienes. // Pero… yo no te voy a hacer teorías sobre la nueva Europa, ni profecías sobre el porvenir. Tú tienes ideas firmes; es propio de tu edad. Con la edad irán cediendo. Cuando tengas la mía, nada quedará de ellas. Así es la comedia de la vida. // Yo no creo a los alemanes capaces de establecer una verdadera paz. Lo único que saben instalar es la desdicha. Yo no creo en la Europa unida. Creo en el drama eterno de la vida. Si no lo creyera así, no habría escogido el oficio que tengo, que no tiene más objeto que el de ser un refugio, y de rehuir la realidad… recreándola. Te deseo semanas de ancha y magnífica vida física. Besos a tu abuela, cuando la veas. Y créeme muy afectuosamente tuyo. // René Benjamin.”
 
¿Quién sería este Claudio que estudiaba ruso y quería ir a un campamento juvenil en Alemania? ¿Cómo fue el libro de Pushkin, con los papeles olvidados dentro, a parar a una librería de lance ginebrina? ¿Qué hizo que todo cayera en mis manos meses después de que  hubiera adquirido, precisamente en Ginebra, varias obras suyas? La respuesta a estas preguntas sería esa novela que todo lector tiene derecho a soñar que podría haber escrito.
 
 
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