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ADELANTO DEL LIBRO DE PÍO MOA LOS NACIONALISMOS...

Arana: un catolicismo racial, un idioma racial

Pío Moa publicará próximamente un nuevo libro, titulado Los nacionalismos catalán y vasco en la historia de España, como adelanto editorial del cual, Libertad Digital ofrece esta semana la séptima entrega. El libro aparecerá en Ediciones Encuentro, el mismo sello que publicó su trilogía sobre la segunda república y los orígenes de la guerra civil española.

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Arana nunca se molestó en demostrar de algún modo sus asertos sobre los inenarrables vicios de los maketos, ni sobre las no menos inenarrables virtudes de los bizkaínos. No era propiamente un teórico ni un “historiador filósofo”, como se llamaba a sí mismo, pero sí un inspirado agitador y propagandista, y como tal, le bastaba con la repetición martilleante de sus afirmaciones, dándolas por evidentes, y con los llamamientos a actuar en consecuencia. Los textos aquí citados son sólo una mínima parte de los que podían exponerse, y por lo demás, han sido reproducidos a menudo, tanto por sus adversarios como por sus partidarios. Sus conceptos no son muy católicos, pero en su escrito quizá más teórico, “Efectos de la invasión maketa”, dirigido al clero, se las arregla para combinar su racismo y prédica del odio con los intereses de la Iglesia (1).
 
A su juicio, “entre el cúmulo de terribles desgracias que afligen hoy a nuestra amada Patria, ninguna tan terrible y aflictiva (…) como el roce de sus hijos con los hijos de la nación española. Ni la extinción de su lengua, ni el olvido de su historia, ni la pérdida de sus propias y santas tradiciones e imposición de otras extrañas y liberales, ni la misma esclavitud política que hace más de once lustros padece, la equiparan en gravedad y trascendencia”. Pues ese roce “causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de la inteligencia, debilidad y corrupción de corazón, apartamiento total, en suma, del fin de toda humana sociedad”.
 
Tan enorme desdicha provenía de que, simplificando, los vascos son católicos en cierto modo por naturaleza, y su conducta e instituciones correspondían a una moralidad elevadísima, aún antes de su conversión a Cristo en siglos pasados. En cambio los maketos…: “El pueblo español, no obstante los largos siglos en que ha gozado de gobierno y legislación católicos, siempre se ha resistido a su benéfica influencia, siempre ha permanecido irreligioso e inmoral”. Pintar a España como católica le mueve a indignada irrisión: “¡Católica España! Y ¡afirmarlo ahora que cualquiera sabe leer y cualquiera lee periódicos y libros! (…) No es posible, en breve espacio, mencionar siquiera concisamente, los hechos pasados y presentes que prueban bien a las claras que España, como pueblo o nación, no ha sido antes jamás ni es hoy católica”. De ahí el enorme dislate de quienes, como los carlistas, “predican el catolicismo y el españolismo unidos, como si en la práctica fueran compatibles”. La perversidad hispana queda patente por doquier. Olvidando su aserto de que Bolívar —masón— había liberado a América del sur, explica: “Los estados americanos hoy más masonizados en sus ideas y más corrompidos por tanto en sus costumbres, han sido también ¡qué casualidad! posesiones españolas”.
 
En los españoles la moral y la religión, nunca aceptadas, han venido “de arriba abajo”, del poder al pueblo, mientras que entre los vizcaínos había sido el pueblo el que había enseñado e impuesto a los gobernantes las buenas costumbres. El liberalismo no causaba el vicio, incrustado en la naturaleza del maketo como la virtud en la del vasco, pero lo agravaba muchísimo en aquel final de siglo, cuando la antigua y benéfica presión católica desde el poder había cedido a la presión liberal. Y hacía estragos también entre los bizkaínos: “Quiso Castelar oprimir a nuestro clero y sustituir su influencia cristiana con la corruptora de maestros (…) para educar a nuestra juventud en el error y el vicio”.
 
Y aquella chusma había puesto su yugo a los vascos: “Bizkaya, dependiente de España, no puede dirigirse a Dios, no puede ser católica en la práctica”, y “la sociedad euskeriana, hermanada y confundida con el pueblo español, que malea las inteligencias y los corazones de sus hijos y mata sus almas, está apartada de su fin, está perdiendo a sus hijos, está pecando contra Dios”. La raza vasca, “oprimido su espíritu por el extraño, su cuerpo se extenúa, se extingue, perece”. Por lo tanto, el grito de independencia “ha resonado por Dios”, “es la voz de la razón y la justicia”. Y concluye: “¿Hay otra causa tan noble y santa como la nuestra?”
 
Sabino aspiraba a un estado casi teocrático, y, por convicción y por cálculo, entendía bien la gran ventaja de atraerse al clero, tan influyente en la sociedad vasca. Dentro del clero, Arana admiraba en especial a los jesuitas, entre quienes se había educado y a profesar en los cuales parece haberse inclinado en su juventud: “Un grande hombre engendró la raza vasca: Ignacio de Loyola. Su obra fue aún más grande”. La acogida eclesiástica inicial a sus doctrinas fue desfavorable, pero él estaba convencido de que sus promesas de una tierra exenta de liberalismo, socialismo o anarquismo le ganarían a muchos religiosos, vista la amarga sensación de fracaso dejada por la última guerra carlista. Y así iba a ocurrir, pese al fondo paganoide de sus ideas. Un sector muy nutrido del clero vasco iba a tener un papel clave en la propagación y justificación de la doctrina sabiniana. Para muchos curas, los vascos pasaron a ser una especie de pueblo elegido, católico casi por raza, oprimido por gentiles difícilmente redimibles.
 
Ello tenía otro efecto peculiar, pues normalmente en toda España era la influencia cristiana el principal valladar a la expansión de las doctrinas revolucionarias, pero la adopción de la doctrina nacionalista por muchos clérigos debilitaba la oposición a las influencias socialistas entre la masa de los trabajadores.
 
Al lado de la raza, aunque sin la importancia de ella, Arana destacaba la lengua como elemento distintivo de la nación vasca. El vascuence, en regresión, podía haber sido defendido de forma políticamente más neutra, pero el fundador del PNV convirtió enseguida esa defensa en un nuevo motivo de excitación separatista a los bizkaínos y de ataque a los maketos siempre dispuestos a las peores fechorías. Con lógica algo inconexa lanza avisos como éste: “Olvida esa tu lengua, sí. Pero si el maketo, penetrando en tu casa, te arrebata a tus hijos y tus hijas, para quitar a aquéllos su lozana vida y prostituir a éstas…ya entonces no llores”. Denuncia cómo el castellano se habla, sobre todo en Bilbao, “por ser la [lengua] que más se presta para la vida mercantil e industrial, única que absorbe la atención de la metalizada villa”, pues los representantes de la cultura bilbaína “no tienen espíritu, sólo estómago”. Pero aunque “el euzkera apenas sirve más que para hablar de las labores del campo, encierra en sí elementos abundantísimos que, bien desarrollados, le harían de hecho la lengua más rica del mundo”. Con su genio práctico, se aplicó a perfeccionar esos elementos en lo que su capacidad le permitía, fuera poco o mucho.
 
No obstante, como quedó dicho, el vascuence, “la lengua racial”, tiene valor secundario ante la raza, en cuanto rasgo nacional, porque, “la pureza de la raza es como la lengua, uno de los fundamentos del lema vizcaíno, y mientras que la lengua, siempre que haya una buena Gramática y un buen diccionario, puede restaurarse aunque nadie la hable, la raza, en cambio, no puede resucitarse una vez perdida”. De la lengua podría incluso prescindirse si, por desdicha, los foráneos llegaban a aprenderla. “Tanto están obligados los bizkaínos a hablar su lengua nacional, como a no enseñársela a los maketos o españoles (…) Si nuestros invasores aprendieran el euzkera, tendríamos que abandonar éste”. En tal exclusivismo llega a extremos cómicos: “Gran daño hacen a la Patria cien maketos que no saben euskera. Mayor es el que le hace un maketo que lo sepa”. “Para nosotros sería la ruina que los maketos residentes en nuestro territorio hablaran euzkera”. “Aquí padecemos muy mucho cuando vemos la firma de un Pérez al pie de unos versos euzkéricos, oímos hablar nuestra lengua a un cochero riojano, a un liencero pasiego o a un gitano, o cuando al leer la lista de marineros náufragos de Vizcaya tropezamos con un apellido maketo”.
 
En su misión fundadora o restauradora de las esencias vascas, tal como él las imaginaba —es decir, bastante vagamente, aunque con mucho fervor—, Arana hizo un descubrimiento harto pasmoso: “He aquí un pueblo que, con ser singularísimo entre todos, carece de nombre” en su propio idioma. Existía un nombre tradicional, Euscalerría, o “Euzkelerría”, pero, hizo notar el fundador, no servía, porque además de tener demasiadas variantes dialectales, de las cuales él menciona quince, el término definía textualmente sólo a los hablantes del vascuence, y podía aplicarse a los forasteros vascófonos. Así, “un barrio de gitanos euzkeldunes, tales como los hay en Nabarra y Guipúzcoa, es “Euskelerría”, y no lo serían las grandes porciones de población vasca erdelduna que hay en Bizkaya, Alaba y Nabarra”.
 
Esa carencia le llevó a inventar un nuevo término, conservando la raíz “euzko”, relacionada a su entender con “eguzki”, (“el del sol”), indicativa de procedencia oriental o bien de “veneración al sol como la obra más benéfica del Creador”. Así pues, por una u otra razón, la raza vasca de Arana sería un pueblo “sol” o “solar”, idea remitente, una vez más, a su exclusividad y preeminencia.
 
Para formar una palabra que añadiera a “euzko” la idea de pueblo y tierra, Arana le aportó el sufijo -di, expresivo a su juicio de conjunto y localización, y común a todos los dialectos vascuences. Quedaría “Euzko-di”, transformado por una regla fonética en “Euzkadi”. Sus adeptos saludaron la invención con júbilo, viendo en él un hallazgo genial, “mágico”, en expresión de Manuel Eguileor, diputado nacionalista en la II República española: “Ahí tienes ahora las palabras de Arana-Goiri tar Sabin, el Maestro: palabras luminosas, tras la ceguera secular de la raza; profundas, como si el silencio racial durante siglos, en este aspecto del propio conocimiento, hubiese sido fructífera meditación; taumatúrgicas, porque levantaron a Euzkadi de su inconsciencia mortífera; creadoras de una nueva vida nacional, al infundir en las entrañas de la raza más vieja de la tierra el anhelo novísimo de supervivencia y renovación; aquel anhelo que se condensa maravillosamente en una sola palabra, la que no acertó a sacar durante cuarenta siglos nuestra raza del fondo de su alma, palabra mágica creada también por el genio inmortal de nuestro Maestro: ¡Euzkadi!”.
 
Sin embargo la palabra no resultó del todo afortunada, porque el sufijo -di se aplica sólo a vegetales, de modo que Euzkadi ha sido tratada, en burla, como “bosque de plantas solares”, siguiendo la etimología de Arana, o como una reducción —involuntaria, y por ello cómica— de los vascos al nivel de vegetales. Unamuno, quizá el intelectual vasco más prominente del siglo XX y que ya destacaba cuando Arana inventó el término, lo trata con desprecio: “Ese nombre de Euzkadi, con k y todo, no quiere decir nada en vascuence, ni pasa de ser una invención, bastante caprichosa por cierto, de un improvisado lingüista”. Equivaldría a rebautizar España como “Españoleda”, por relación a términos como rosaleda, pereda etc. Unamuno desdeñaba también el uso de la “k”, que, como la palabra Euzkadi, carece de toda tradición y reflejaba a su juicio sólo un esnobismo infantil por distinguirse.
 
Y tampoco era hacer un gran elogio de las excelencias intelectuales de la raza atribuirle incapacidad, durante tantos siglos, para inventar un término que la identificase. Esa ineptitud no es la única que, paradójicamente, achaca Sabino a sus paisanos. Según él, “el pueblo vasco, ayer libre y feliz, hoy despojado de cuanto constituía su felicidad”, llevaba “un siglo entero de españolismo, de degradación, de miseria, de ruina; un siglo de aberraciones, de tinieblas; un siglo de esclavitud”. Esto resultaba chocante: ¿cómo podía una raza tan superior someterse a otra tan mísera? La razón sólo podía radicar en alguna debilidad de los propios vascos, como aclara el fundador: “La causa de nuestra vergonzosa esclavitud está en los hijos de nuestra raza misma”; y escribía en 1899: “El carácter de los euskeldunes en nada se asemejará dentro de poco al de nuestros antepasados cuya hombría de bien, cuya sencillez y entereza les constituían en modelo envidiado”. Por alguna razón difícil de explicar, los vascos “besan la mano que les azota”, y de ser “la raza más altiva del mundo”, el bizkaíno habría decaído hasta convertirse en “el hazmerreír del extranjero. Hoy eres su payaso favorito (…) ¿Has olvidado la tradición de tu independencia? ¿Has olvidado la tradición escrita con sangre de tus antepasados?”. Sin embargo tales aberraciones venían de muy atrás, al menos desde el siglo IX, según había advertido en el discurso de Larrazábal. “Aun en aquella fecha en que estas provincias vascas eran estados independientes, su lengua oficial era la española (…) Ni entonces los vascos amaban su independencia”.
 
En consecuencia, debía emprenderse una lucha especialmente dura contra los “traidores” y los “maketófilos”, contra quienes orienta con particular irritación el filo de su retórica, y a quienes llega a amenazar: “Esto no debe escribirse con tinta y pluma. Esto lo debiéramos escribir con hierro y sangre”. Pues, en definitiva, “la material inmigración del pueblo español en Euskeria ningún daño moral o muy poco considerable acarrearía, en efecto, si el español no fuera recibido acá como conciudadano y hermano, sino como extranjero”.
 
Por desgracia, el número de maketófilos parecía inagotable: “Ni parece que hay maketos y bizcaitarras, sino que todos somos hermanos”, o bien “el euskeriano y el maketo. ¿Forman dos bandos contrarios? ¡Cá! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esta unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas”. Él trataba de acabar con tan siniestra fraternidad y “desterrar de nuestra mente y nuestro pecho toda idea y todo afecto españolista”, extender el sentimiento de que “pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas (…) el que España prosperara y se engrandeciera”. Tarea en verdad ardua, como lamentaba a menudo, pues “el bizkaíno (…) tiene por suyas las glorias patrias de los españoles, por decadencia patria la de España, ríe y se regocija con el español, y con él se entristece, piensa y obra como el español (…) Lo estamos viendo todos los días”.


(1) Obviamente, después de la derrota hitleriana, el PNV procura ocultar en lo posible el racismo de su maestro y fundador, alegando que “era un hombre de su tiempo”, una época en que “todo el mundo era racista”. Además incluye sus aisladas denuncias sobre los boers y el trato a los pueblos de color para  demostrar su buen espíritu. En realidad, no todo el mundo era racista, él lo era mucho más virulentamente que cualquier otro ideólogo en España, y sus muy ocasionales palabras de compasión se referían a pueblos muy lejanos y en realidad desconocidos de él.
 
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