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LO VISIBLE Y LO INVISIBLE, DE RUDOLF THOME

Cine europeo en estado puro

La expresión "cine europeo" ha adquirido con los años un perfil muy preciso. Con ese calificativo se suele aludir a un cine con deliberada –y a veces impostada– vocación "de autor", de género dramático, tono existencialista, algo autocomplaciente –o mucho–, de planteamientos argumentales centrados en los personajes y con ciertas pretensiones intelectuales.

Juan Orellana
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Se trata de un cine minoritario, a menudo bien acogido en festivales y criticado con despecho por el gran público. En los últimos años ha habido algunos ejemplos de obras maestras –por ejemplo alemanas o danesas– pero también otros tostones manifiestos, a menudo franceses. Pues bien, el caso que hoy traemos a colación es un ejemplo paradigmático de las tendencias actuales de este cine que se hace en Europa.

El autor de Lo visible y lo invisible, estrenada esta semana, es Rudolf Thome, un cineasta alemán con treinta películas a sus espaldas. A sus setenta años, es un director reconocido con una variada filmografía, considerado por muchos el "Eric Rohmer alemán". Su última película, además de ser un buen ejemplo de su estilo personal, es una escalofriante radiografía –una más, por cierto– de los últimos coletazos de la modernidad occidental. Este es un asunto que ilustran cientos de obras de la última década y su núcleo central es: Europa está exhausta, ya es incapaz de sostener el impulso de la existencia con un referente ideal. Europa ha dejado de ser un sujeto protagonista de la historia, como cultura y, por ende, como política.

Rudolf Thome no reflexiona en abstracto, sino que toma como referentes a una pareja de pintores. Él, Marquard, representa la cultura oficial, y ha recibido el premio Chagal 2006. Su pintura, algo expresionista, es desgarrada y muestra el sexo como deseo desesperado. Ella, María, tiende a pintar caballos y aunque es menos conocida sus obras se venden bien. Viven juntos, pero no están casados. Marquard es un alcohólico crónico, un inmaduro visceral que sólo vive pendiente de sus vagas apetencias. Ella se siente cada vez más distante de su pareja, que además ha empezado a acostarse con una alumna de su mejor amigo. Pues bien, este proceso de desencanto tiene un componente autodestructivo evidente, que culmina en Marquard en un comportamiento suicida.

Fotograma de 'Lo visible y lo invisible'Este deprimente planteamiento desesperanzado y contundentemente nihilista sólo tiene un punto de fuga que, aunque no es llevado por el director a sus consecuencias últimas, sí que merece nuestra atención. Nos referimos a la parte en la que Marquard huye de su casa para reencontrarse con su hija, una joven algo ninfómana que también necesita sentir la presencia de un padre a su lado. El tiempo que comparten, unos pocos días, transcurren en silencio, ante la belleza de hermosos paisajes, y con un cuidado mutuo. Ese oasis de felicidad se basa en la mutua pertenencia a un vínculo real: el de un padre y una hija. El único vínculo real en la vida de ese hombre. Pero el director prefiere tratar esta relación como un respiro que sólo deja nostalgia, y no como una ocasión de volver a comenzar. Por eso, cuando termina ese idilio sólo queda una salida: desear la muerte como "la solución final".

El proceso de María es aparentemente diferente. Ella decide agarrarse a un carpe diem romántico, evasivo, bucólico, que aunque le hace permanecer "en la vida", no es más que un sucedáneo, un parche sentimental que deja intacto el vacío en el que están instalados todos los personajes.

La película, con una preciosa fotografía y esmerada puesta en escena, es una gran metáfora del hombre europeo contemporáneo: un hombre que se deja morir por su falta de razones para vivir. El sexo en este film muestra el deseo frenético de vincularse a algo que no suponga un ejercicio incómodo de la libertad y de la responsabilidad. Si verdaderamente este film es sintomático de una Europa real es que ya estamos de lleno en la noche de los tiempos.
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