
Aunque se puede decir que la quizá mejor cineasta española vuelve a sus temas de siempre (la incomunicación, la maternidad, el dolor y la sanación, la convivencia con la muerte...), lo cierto es que en Elegy estos temas se declinan de una forma más esencial que en sus anteriores obras, menos acolchada en las tramas y en la puesta en escena del film. Sin duda, Elegy da un paso más, pero en coherencia, a lo planteado en películas como A los que aman, Cosas que nunca te dije, Mi vida sin mí o La vida secreta de las palabras.
En esencia, el argumento nos cuenta cómo el sexagenario profesor de crítica literaria David Kepesh (interpretado por un imponente Ben Kingsley), tras su fracaso matrimonial, se dedica a seducir a sus alumnas de último curso con el único fin de acostarse con ellas. Hasta que un día se enamora de una, la cubana Consuela Castillo (estupenda Penélope Cruz), y entra en una espiral de celos y obsesión. Una serie de acontecimientos interesantes –que aquí no desvelamos– irán sacando a la luz la verdadera humanidad de Kepesh, sepultada bajo una espesa capa de años de cinismo.
El desarrollo dramático de la película supone un proceso de desnudamiento del personaje de Kepesh en el que va emergiendo la verdadera naturaleza de su corazón: un corazón que necesita algo más que un poco de sexo. Kepesh –que representa la cultura contemporánea, esencialmente narcisista– reconoce que su vida es a la vez búsqueda incansable y huida hacia adelante. Por otra parte, la fugacidad de la belleza es uno de los temas transversales del film, que llega a recordar las esencias de Muerte en Venecia. Y en ese sentido metafórico, también Coixet describe cómo la belleza externa de una mujer puede impedir ver su belleza interior. Y este es el camino que tendrá que recorrer nuestro protagonista con sudor y muchas lágrimas.
En un plano más universal diremos que Elegy es una película sobre la necesidad constitutiva del ser humano. Los cuatro personajes fundamentales de la historia viven necesitados y tratan de sobrevivir de espaldas a esa necesidad. Necesidad de una vida que cumpla sus promesas, necesidad de una belleza que satisfaga plenamente, necesidad de un amor que sea fiel, necesidad de un perdón que haga borrón y cuenta nueva.
Coixet gusta mucho de utilizar una metáfora visual que ya empleó en La vida secreta de las palabras. Cuando el personaje de Consuela muestra la juventud desnuda de sus senos, símbolo tanto de belleza como de maternidad, es porque más adelante esos mismos pechos van a representar el zarpazo del dolor y de la muerte. En la anterior película era la huella de la guerra lo que escondía la belleza de su protagonista. De esta forma la directora vuelve a plantear la contingencia y ambivalencia de lo bello y la necesidad de arraigarse en algo más consistente, como por ejemplo el amor. En este sentido, el film plantea la madurez humana como este camino que va de la fascinación por la apariencia hasta el amor sacrificado por lo que no se ve, el fondo de la persona.
La puesta en escena es muy esencial, gravita sobre los personajes, a menudo silentes ante la cámara, y sobre unos diálogos minuciosamente trabajados. La excelente fotografía de Jean-Claude Larrieu, el iluminador habitual de Coixet, tiene una personalidad dramática que favorece enormemente el desarrollo temático de las propuestas de Coixet. Estamos sin duda ante una película de madurez.