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CIENCIA Y FE

Cristo-psicosis pseudocientífica

Al final de la Vida de Galileo, drama de Brecht, el protagonista dice: Y cuando, andando el tiempo, hayáis descubierto todo lo que es posible descubrir, vuestro progreso no será más que un progresivo alejamiento de la humanidad. Entre vosotros y la humanidad puede excavarse un abismo tan grande que, el día menos pensado, se correría el riesgo de que a todo eureka por vuestra parte le respondiera un grito de dolor universal.

Al final de la Vida de Galileo, drama de Brecht, el protagonista dice: Y cuando, andando el tiempo, hayáis descubierto todo lo que es posible descubrir, vuestro progreso no será más que un progresivo alejamiento de la humanidad. Entre vosotros y la humanidad puede excavarse un abismo tan grande que, el día menos pensado, se correría el riesgo de que a todo eureka por vuestra parte le respondiera un grito de dolor universal.

La publicación durante la pasada semana de la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la fe sobre cuestiones de bioética, Dignitatis personae, en un momento en el que se conmemoraban los derechos de la dignidad humana, ha levantado, una vez más, la tormenta de tristes tópicos típicos sobre si la Iglesia está en contra de la ciencia, sobre si se opone a la investigación, sobre si no se tiene en cuenta el sufrimiento de las parejas que no pueden tener hijos... y un etcétera de aburridas lamentaciones. Toda ocasión parece ser buena para esta quinta columna de la ciencia con tal de sembrar la sospecha de una Iglesia contraria al progreso del hombre. ¿Estamos ante un nuevo caso Galileo? ¿Se ha publicado una condena al por mayor, destinada a toda la comunidad científica? ¿Se está embrollando la Iglesia con la ciencia de la vida? No lean los lectores la portada del diario clónico de la sexta generación de público; así evitarán las pesadillas.

Una vez más debemos caer en la cuenta de que la primera y principal tentación de la ciencia es convertirse en una nueva religión en donde depositar todas nuestras esperanzas de salvación. Una nueva religión que ha alcanzado ya, y que está tocando y modificando, las fuentes de la vida, amén del ocaso de la existencia. La ciencia es condición del sentido de la creación, y no la creación fruto de la ciencia. El desarrollo de la tecnología, como largo brazo ejecutor de la capacidad del hombre por preguntar a la realidad y superar las carencias de ésta, no puede ser un instrumento que, aunque defina y caracterice a una civilización, se constituya en el único medio para el avance de la historia personal y social. Hemos progresado mucho en la materialidad, en la técnica, en la estrategia, pero, ¿hemos progresado al mismo ritmo en los criterios de utilización de esa técnica?

La Iglesia no sólo no ha sido enemiga de la ciencia sino que ha asentado, aunque no lo quieran ver los tuertos por la ideología, los principios de una equilibrada relación entre fe y razón, que ha sido causa principal del progreso científico. Las personalidades más revolucionarias dentro de las más variadas especialidades científicas fueron creyentes. Ahí tenemos a Nicolás Copernico en astronomía; a Blaise Pascal, en matemáticas; a Gregor Mendel, en genética; a Louis Pasteur, en biología; a Antoine Lavoisier, en química; a John Von Neumann, en investigación sobre computadoras; a Enrico Fermi y Edwin Schrödinger, en física. Una lista a la que podríamos añadir a Fred Hoyle o Paul Dabies, por ejemplo. Existe una Cristo-piscosis científica que no es más que la bandera que enarbolan quienes someten el conocimiento fiduciario de la realidad, como diría Michael Polanyi, a los dictámenes de su ideología. De lo que está lejos la Iglesia, y la razón, y el sentido comunitario, es de la mala ciencia, es decir, de las prácticas que suponen un mal uso y un abuso.

En materias referidas a la bioética nos estamos encontrando con flagrantes abominaciones de uso, también económicas, como por ejemplo que el desarrollo de la investigación sobre técnicas de reproducción asistida ha paralizado la investigación sobre las terapias de la fecundidad; o que los resultados exitosos en el estudio de la aplicación de células madre de tejidos adultos se han silenciado y minusvalorado en pos de los derrochadores esfuerzos en las células madre embrionarias. Como señala el texto vaticano, "detrás de cada 'no' brilla, en las fatigas del discernimiento entre el bien y el mal, un gran 'sí' al reconocimiento de la dignidad y del valor inalienable de cada singular e irrepetible ser humano llamado a la existencia".