
Es posible que la 60 Asamblea General de la ONU dé para mucho, quizá para demasiado. Pudiera ser, acaso, una buena oportunidad para que su Secretario general, Kofi Annan, lleve a buen puerto la anunciada y necesaria reforma; o la ocasión para que un diletante de tomo y lomo, José Luis Rodríguez Zapatero –si le dejaran sería el reformador primero de tan alta institución-, presente, una vez más, en sociedad, su Alianza de Civilizaciones. O, quién sabe, la ocasión para recordar algo que, un día, escribiera el teólogo Henri de Lubac: “No es verdad, como se dice en ocasiones, que le hombre no puede organizar el mundo de espaldas a Dios. Lo que sí es verdad es que el hombre, si prescinde de Dios, lo único que puede organizar es un mundo contra el hombre”. La modernidad creció entre los brazos de la tecnología y de las ideas del humanismo ateo y ha sido capaz de oscurecer el corazón de la humanidad con las grandes tiranías del siglos XX, el comunismo, el fascismo y el nazismo. Los monstruos de la razón no necesitan más lenitivo que el pensar el sentido de la razón.
La razón política constructora de los fundamentos de la política de respuesta a la necesidad de la Historia, que está en la base de la creación y del funcionamiento de las Naciones Unidas, ha olvidado pronto las raíces de la Ilustración que tenía como horizonte la paz perpetua que no se perpetúa. Los nuevos ilustrados, como los viejos, padecen una amnesia generalizada para la memoria de Dios, y de la Revelación, en la historia. Olvidan, por ejemplo, como nos recuerda el canadiense David Warren, que se puede hablar de un humanismo cristiano y que es un error concebir la Ilustración como ruptura total con el cristianismo. Las pretensiones de la razón están más en deuda con Santo Tomás de Aquino que con Voltaire, y no digamos nada con San Agustín. Las ideas que movieron el París de 1789 ya estaban en el París de 1277.
Lo que la Iglesia propone a la ONU es el desafío de la calidad moral de todas y cada una de las civilizaciones. Sin una cultura moral, si una razón moral, las máquinas de la democracia y de la economía libre no pueden funcionar correctamente. La ONU necesita una cultura moral capaz de orientar las energías liberadas por la política. George Weigel nos recuerda, en un reciente libro, que la Primera Guerra Mundial fue producto de una crisis moral de la civilización, de una quiebra en la razón moral de una cultura que había dado a luz la misma “razón moral”. Una crisis moral que aún está presente en la ONU.
Las naciones en sociedad no salvarán las tentaciones de una razón política contradictoria, sometida al vaivén de los intereses de las grandes potencias vetadoras, si no superan la marca del nihilismo y de la pérdida de referencia en la definición de la persona humana y de sus Derechos. Esta Asamblea General de la ONU es una oportunidad de oro para que se establezca una Alianza entre el pensamiento y la realidad en la conformación de un corpus que contribuya decisivamente a legitimar la acción con una oferta de fundamentación de los Derechos humanos.
La Iglesia es experta en humanidad y conocedora y orientadora del “bien común” de las sociedades. El cardenal Renato R. Martino señaló, en un reciente Congreso en Roma sobre “La Iglesia y el orden internacional”, que la propuesta cristiana referente al nuevo orden de la humanidad refleja “una visión universal de la historia humana y de las vicisitudes individuales que el Evangelio de la paz propone. Esta visión se ha puesto y sigue poniéndose como un factor de agregación, como vínculo unitario para los pueblos de la tierra”. La Iglesia, como nos recuerda el reciente Compendio de Doctrina Social, es la primera realidad que contribuye a la creación de una auténtica comunidad internacional. Considera que la ONU ha contribuido a promover el respeto a la dignidad de la persona humana, la libertad de los pueblos y la exigencia del desarrollo. Pero no olvida que algunas de sus soluciones no afrontaban los problemas de forma correcta. Ahí están las Cartas de Juan Pablo II, por ejemplo, a la señora Nafis Sadik o a la señora Gertrude Mongella, sobre población, desarrollo y mujer.
La Iglesia si por algo se ha caracterizado es por hablar cuando corrían tiempos de silencios impuestos o sospechosos; y por callar cuando las palabras habían perdido su valor y su precio-aprecio. La Iglesia no dejará de proclamar, en éste y en otros aniversarios, que “la fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 153).