
El Estado es como un Dios Padre que nos conduce por la senda de la libertad. El paternalismo de Franco o el de Zapatero. Distintas concepciones pero un mismo método: El “padre” vela por sus hijos, sus costumbres, sus formas de vivir y pensar. César pensaba por sus ciudadanos, a los que sólo quedaba disfrutar sin preocupaciones del panem et circenses.
El ciudadano ideal es el ciudadano sesteante, somnoliento, que sólo pide un sueldo y un mando a distancia. En este contexto, “adoctrinar” es infundir aburrimiento, silenciar el drama humano a base de moralina “ciudadana”. Educar es lo contrario, es provocar un encuentro libre con la realidad, dejar espacio a las preguntas, al grito humano, es provocar la libertad, incitar a la razón, es despertar en vez de adormilar.
El cine tiene un importante protagonismo en este contexto. Podemos encontrar cine de propaganda, que todos los gobiernos totalitarios han sabido difundir. Hoy no se necesita contratar cineastas que difundan los programas del poder. No se necesita porque la cultura dominante ya está informada con las categorías del poder. Este año ha habido en España películas a favor de la adopción de niños por homosexuales (Cachorro), de la legalización de la eutanasia (Mar adentro), deslegitimación de las derechas (Pasos) o de la normalización gay (Reinas) sin más necesidad que la de subvencionar por vía ordinaria las producciones.