
¿Cuánto cambiaría la vida si no tuviéramos Seguridad Social y fuese propuesta hoy en todo su esplendor? En pocas palabras, la idea sería rechazada de plano como ridícula. El propósito de la política debería ser el servicio al bien común permitiendo y alentando a las personas a cubrir sus necesidades y las de sus familias de manera responsable y haciendo posible que los pobres y los marginados lleguen a ser capaces de hacer lo mismo. El presente sistema falla en ambos casos.
Imagínese si el senador Robyn Hood propusiese una política en la que una familia monoparental con dos niños y un ingreso que raya en la pobreza perdiese más de 2.400 dólares por un nuevo impuesto del 12.4%. Un hogar con 40.000 dólares de renta perdería casi 5.000 y uno de 90.000 perdería más de 11.000. Pero, según la propuesta de Hood, el tamaño del impuesto no subiría para todos aquellos que ganaran más de 90.000 dólares. El Senador Hood sería tachado de opresor inhumano de los pobres y su propuesta sería vilipendiada como indescriptiblemente injusta. Los líderes religiosos pregonarían su preocupación por los pobres y los oprimidos y protestarían de que esa política viola los ideales de justicia bíblicos. Sin embargo, ésta es la estructura fiscal que toleramos actualmente con la Seguridad Social.
Imagine ahora que el diputado David Ramsey redactara una ley pidiendo a los trabajadores de bajos y medianos ingresos que ahorrasen una parte importante de su dinero, sabiendo que mucha gente no tiene la disciplina y la previsión de ahorrar voluntariamente suficiente dinero para su propia jubilación. (Los trabajadores de ingresos superiores sólo tendrían que ahorrar de sus sueldos en una proporción menor). Asumamos también que Ramsey quisiese autorizar que estos ahorros sólo se pudiesen invertir de una única forma y con un triste 1% de interés. Algún analista seguramente diría que alguien que trabaja de los 18 a los 64 años, 40 horas a la semana, ganando el salario mínimo durante toda su vida e invirtiendo ese mismo dinero a un interés igual que el histórico promedio del mercado de valores tendría unos 600.000 dólares de fondo de pensiones. La ley de Ramsey sería desdeñada porque haría que la gente trabajara mucho más de lo que sería necesario para costear su propia pensión. Sin embargo ésta es la promesa de futuros beneficios atribuible a la Seguridad Social.
Sigamos imaginando que el diputado Ima Grinch propusiese una enmienda a la Ley Ramsey en la que los que murieran pronto perdiesen el derecho a todas esas “inversiones” ahorradas a favor del gobierno – imposibilitando hasta poder legar ese dinero a su herederos. Habría una protesta considerable, la gente señalaría la injusticia del gobierno que les quita el dinero y agrava la situación ante la pérdida relativamente temprana de un familiar. Además, algún otro analista diría que la gente en algunos grupos tiende a morir relativamente joven, por ejemplo en la comunidad negra, y señalaría que esta enmienda iba a poner una carga especialmente dura sobre ellos. Sin embargo, así es el presente convenio de la Seguridad Social.
Encima de todo esto, el actual sistema de la Seguridad Social es en esencia una deuda inmensa que se mantiene “fuera de la contabilidad”, así como un plan de pensiones sin fondos. Algo irónico en una era en la que los políticos dicen estar muy preocupados con la deuda del presupuesto y los planes de pensiones “con fondos insuficientes” en el sector privado. Por otra parte, millones de empleados de gobierno local y estatal han abandonado la Seguridad Social. Pero si la Seguridad Social es una gran idea ¿por qué han escogido salirse (o se les ha permitido hacerlo)?
¿Por qué ha sido la Seguridad Social atractiva alguna vez? Hay por lo menos dos respuestas relacionadas. La primera, el sistema piramidal siempre ha funcionado bien para la primera generación que participa. En lugar del plan de jubilación estándar donde los trabajadores financian su propia jubilación, la Seguridad Social transfiere ingresos de los trabajadores de hoy para los jubilados de hoy. Para la primera generación dentro de ese sistema, los jubilados contribuyen relativamente poco y se llevan bastante por comparación. Una vez que el sistema alcanza la “madurez” es probable que suministre un nivel de interés poco impresionante y también es vulnerable a los cambios demográficos que alteran el número de trabajadores o de jubilados (tal y como lo vemos hoy en día).
Segundo, por naturaleza siempre es difícil ver los costes sutiles y a largo plazo de los cambios de política pública. Así es que deberían haber tenido un poquito de imaginación para ver venir estos problemas cuando establecieron la Seguridad Social. También tomar en consideración que reformar estas políticas es difícil. Porque los políticos por lo general viven a corto plazo, hay poco que ganar políticamente tratando de arreglar un problema a largo plazo y mucho que ganar políticamente a corto plazo atacando a cualquier valiente que proponga un cambio necesario.
¿Y ahora qué? Las opciones básicas son afinar un mal sistema (cambiar la edad de jubilación, reducir beneficios o subir impuestos) o hacer algo más importante (alguna forma de privatización y lidiar con una espinosa transición). Si la Seguridad Social fuese una propuesta nueva, la mejor manera de abordar el asunto sería agarrarlo y acabar con él. Pero ya es tarde para eso. Hace tiempo, el Rey Salomón advirtió: “Si ves en una provincia al pobre oprimido, el derecho y la justicia violados, no te sorprendas” (Eclesiástico 5:8). Y como no deberíamos sorprendernos, deberíamos trabajar con el fin de lograr una política pública mejor. Cual fuere el remedio, los legisladores deberían enfrentar el problema de los impuestos opresivos que la Seguridad Social impone sobre los pobres que trabajan, el patético interés que paga y las injusticias en sus pagos.
Dr. Eric Schansberg es catedrático de Economía en la Indiana University Southeast y especialista adjunto del Instituto Acton. También es autor del libro “Turn Neither to the Right nor to the Left: A Thinking Christian’s Guide to Politics and Public Policy”.