
El mejor ejemplo cinematográfico en lo que llevamos de década es La vida de los otros, del alemán Florian Henckel von Donnersmarck (2006). Es la historia de un hombre moldeado por la ideología y que, tras su encuentro con una pareja de personas "vivas", entra en su conciencia la nostalgia por una vida más verdadera. Se inicia un proceso imparable de recuperación de su propia humanidad. Merece la pena entender más detalles de la película. Entre otras cosas, porque si El hundimiento (Oliver Hirschbiegel, 2004) es una película alemana imprescindible para entender uno de los capítulos más negros del siglo XX europeo, el nacionalsocialismo, La vida de los otros, ilustra con igual claridad lo que fue la otra cara de la moneda, el socialismo real.
Ambientada en los últimos años de la República Democrática Alemana, el film nos cuenta la historia del capitán Gerd Wiesler (Ulrich Mühe), un oficial concienzudo de la Stasi, la todopoderosa policía secreta del régimen comunista. Cuando en 1984 le encomiendan que espíe a la pareja formada por el prestigioso dramaturgo Georg Dreyman y su novia, la popular actriz Christa-Maria Sieland, no sabe hasta qué punto esa misión va a cambiar su propia vida y su forma de pensar.
Lo más impactante de esta extensa cinta es la disección sutil e inteligente que hace de los usos y costumbres del socialismo real, de su profunda corrupción consustancial y del escaso valor de la persona en ese contexto ideológico y nihilista. Con la excusa de las prácticas de vigilancia y espionaje de la Stasi, el director von Donnersmarck nos va mostrando las terribles mentiras del socialismo. Por ejemplo, constatamos cómo el miedo y la sospecha son la forma permanente de relación con la realidad: cualquier gesto, cualquier palabra mal puesta, pueden ser considerados como una amenaza al dios "socialismo" y deben ser implacablemente perseguidos. También existe ese miedo entre los propios miembros del Partido, miedo a que piensen mal de uno, miedo a caer en desgracia, miedo a no hacer méritos suficientes. Quizá lo más trágico del film tiene que ver con la capacidad que tiene dicho miedo de corromper a las personas, de usar su debilidad o cobardía contra ellas mismas y contra los seres queridos, llevándolas incluso a las puertas del suicidio.
Pero el film tiene la suficiente inteligencia como para no caer en un maniqueísmo fácil, y nos adentra en la profunda infelicidad y soledad en que vive el capitán Gerd, prototipo de oficial del régimen. Es decir, no sólo los "represaliados" son víctimas del inhumano y nihilista sistema socialista, sino que los propios verdugos son las primeras víctimas de esa deshumanización. Es muy elocuente comprobar cómo, después de escuchar por los micrófonos como Georg y Christa mantienen relaciones sexuales en el seno de una relación verdadera de amor, Gerd se va a su casa y contrata los favores de una prostituta. Lo hace porque lo que ve en la pareja espiada despierta en él la nostalgia de una vida verdadera, con afecto y compañía. Y aunque la prostituta es un sucedáneo, el hecho en sí es signo de un corazón que ha empezado a despertar. Este tipo de episodios son los que iluminan la conciencia de Gerd y le descubren paulatinamente que su vida está hecha para otra cosa, y que el socialismo es una radical mentira.
Pero la película tiene una propuesta positiva y esperanzadora, no así El Hundimiento. El director declaró: "Por encima de todo, La vida de los otros es una película sobre la capacidad de los seres humanos para hacer lo correcto, sin que importe lo lejos que se hayan adentrado por el sendero equivocado".
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Dejando a un lado el impresionante panorama del cine alemán, es curioso un film británico que desde la nada inicia un camino de esperanza a sus personajes: Alta Sociedad (Martha Fiennes, 2005). Pertenece a esa serie de películas de dramas cruzados, que tratan de vidas de personajes aparentemente muy diferenciados pero que, a lo largo del film, se descubren conectadas en torno a un hondo conflicto existencial. Es el caso de Vidas contadas, Babel, Crash, Nueve vidas... Normalmente se trata de películas que desarrollan más las preguntas que las respuestas, aunque en casi todas se ofrece un horizonte de esperanza. Y Alta Sociedad no es una excepción.
Penélope Cruz, Kristin Scott Thomas, Ralph Fiennes y Ben Chaplin protagonizan esta película que fue presentada en Cannes, y que ha dirigido la hermana de los actores Joseph y Ralph Fiennes. Nos ofrece una mirada descarnada sobre un grupo de personajes asentados la mayoría en la alta sociedad londinense. Distintas tramas nos hablan de la mezquindad, de la esclavitud a la propia imagen, de distanciamientos matrimoniales o de fracasos humanos. Pero afortunadamente, el film nos presenta también corazones generosos, actitudes humanitarias, y gestos de perdón. A pesar de su tono algo artificioso, y de la crudeza de algunas situaciones, hay tramas que redimen al resto, como la que protagonizan Penélope Cruz y Rhys Ifans, una hermosa actualización de la parábola del buen samaritano. Por el contrario, especialmente significativa es también la historia del niño rico, hijo de unos padres demasiado ocupados de su rol social: un hijo único, encerrado en su propia soledad, y que es la víctima más triste de los desmanes varios que nos presenta el film. Se agradece, sin embargo, que casi todos los personajes, aún los más deplorables, encuentran una vía de recuperación. En fin, desamor, pederastia, prostitución, corrupción política y crisis familiar dejan paso a la compasión, a la responsabilidad y a la reconciliación.
Coproducción franco-española fue La curva de la felicidad (Manuel Poirier, 2002). Cuando el cine, aun con defectos, se embarca en la aventura de buscar algo de luz y verdad en la noche de los tiempos que nos ha tocado vivir, merece de antemano todo nuestro respeto, aunque en un segundo momento tengamos en cuenta sus flaquezas o mutilaciones. Es el caso de este film que afronta el problema de la felicidad. Tom (Sergi López) ronda los cuarenta y es padre de familia. Es un tipo corriente que va "tirando" razonablemente bien por la vida. Sin embargo, la realidad que le circunda pide de él un paso adelante en su libertad y responsabilidad: una compañera de trabajo se ha enamorado de él, su mejor amigo pasa por una mala racha con sus hijos adolescentes, a su vecino le abandona su esposa,...y lo más importante, aparece su antigua novia con una noticia decisiva: Tom es padre de una niña de 8 años a la que no conoce y de la que tendrá que hacerse cargo a partir de ahora. Para ello, además, Tom tendría que explicarle muchas cosas a su mujer, con la que, para más inri, no le va muy bien. Como dice la sinopsis oficial del film: "Después de todo, nadie dijo que vivir fuera fácil..."
La curva de la felicidad quiere ser una película positiva y esperanzada. Y sin duda lo es en gran medida. Los personajes abren su corazón, cambian, recuperan la alegría e indudablemente maduran. Tom y su mujer descubren en la acogida doméstica a alguien de fuera una dimensión de la familia y de la casa que les hace más humanos. La misma decisión de decir sí a la posible acogida de la niña es ya una ocasión de crecimiento de la pareja (y uno de los momentos más bellos del film). En este sentido la película es una propuesta muy interesante que dispara contra la cultura burguesa e individualista de los matrimonios encerrados en sí mismos. Además, una cámara sin prisas, que busca captar el instante de verdad, casi improvisado, que surge inesperadamente en los personajes y entre ellos, favorece una madura puesta en escena que huye de cualquier tipo de efectismo.
Sin embargo hay un cierto punto en el fondo de la película que no acaba de parecer satisfactorio y que se traduce en una cierta indefinición del proceso interior del protagonista y en un retrato difuminado de sus motivaciones. En realidad ¿de qué está hecha la felicidad? ¿Por qué es más feliz Tom? ¿Se trata de un mero estar a gusto con uno mismo? ¿Consiste en tener una experiencia sentimental duradera? La película no lo deja claro porque no lo tiene claro. ¿Estar "contentillo" es lo mismo que ser feliz? La vida de Tom se hace más grande porque se hace más humana, pero la felicidad no es una conquista de la voluntad personal. No olvidemos que el deseo del corazón es por naturaleza infinito y nada finito lo puede llenar: ni una mujer, ni una hija. En ese sentido, la letra de la canción con que comienza la película es, probablemente, lo más auténtico de ella. En esa canción, el cantante pide volver a desear, volver a tener ganas de vivir. Porqué, ¿de qué sirve vivir si has perdido el gusto por la vida? El director del film declara: "La felicidad es una búsqueda y cuando se encuentra es que algo empieza a funcionar mal". Esa es la inconsciente y decisiva mentira: Si la felicidad es "buscar", el nihilismo o el escepticismo acaban siendo la única salida. Los cristianos sabemos que la felicidad no es "buscar", sino "encontrar", y cualquier otra fórmula siempre decae, como la energía de una pila que se gasta. Esa es la razón de ese punto de melancolía y nostalgia que atraviesan La curva de la felicidad.
Un brillante ejemplo es La vida secreta de las palabras (Isabel Coixet, 2005). Después de La vida sin mi, Isabel Coixet vuelve a rodar en inglés y con Sarah Polley de protagonista, en esta ocasión acompañada de Tim Robbins. Hanna es una mujer joven que trabaja en una fábrica textil. Tiene un carácter retraído, algo neurótico y es excesivamente misteriosa. Un día se ve obligada por el director de la fábrica a tomarse unas vacaciones. En ellas realizará un encuentro imprevisto que cambiará su vida por completo. Isabel Coixet hace gala una vez más de una prodigiosa capacidad de dirigir actores y de crear atmósferas dramáticamente muy densas.
Rodada con maestría, cámara en mano y con un delicioso uso de la luz, La vida secreta de las palabras disecciona el horror de la guerra y de sus consecuencias en el ámbito de lo personal. No es un tema nuevo, pero en manos de Coixet adquiere una frescura especial. Es cierto que la cinta es algo reiterativa, imprecisa en la voz en off inicial –probablemente prescindible– y se recrea demasiado en el proceso psicológico –¿psicoanalítico?– de la protagonista, eje absoluto del film. Le da la réplica un Tim Robbins que hace acopio de su acervo dramático creando un personaje lleno de matices y de capas, capas que se van revelando paralelamente al desnudamiento interior y exterior de Hanna. De una inicial sordidez tosca e insintiva, su personaje pasa a una concienciación del dolor y sufrimiento humanos. La película trata el drama humano sin edulcorantes, pero planteando una salida, la liberación de un encuentro redentor, una mirada que acoge sin compadecer, que perdona las huellas de la brutalidad. Sin duda, una película sólida, seria y llena de densidad dramática y poética.
Muy comercial fue el estreno de Collateral (Michael Mann, 2004). Es la historia de un taxista, Max, que vive de sus sueños imposibles mientras transita con sus clientes nocturnos por la ciudad de Los Ángeles. Una noche recoge un pasajero que le va a cambiar la vida: es Vincent (Tom Cruise), un asesino a sueldo que va a cometer varios crímenes esa noche y que ha decidido obligarle a hacer de chofer. Lo más interesante del film reside en la relación entre Max y Vincent, una relación que nace forzada, violenta, perversa y nada libre, pero que con el paso de las horas se convierte en una auténtica provocación: cada uno pone el dedo en la llaga del otro, removiendo lo más profundo de sus conciencias. Max es un hombre bueno, pero que ha decidido que su vida y sus deseos vayan por diferentes caminos. Así, se conforma con trampear, con evadirse de vez en cuando, con mentir un poquillo y de alguna manera, dar un esquinazo imposible a su mediocridad. Por su parte, Vincent encarna la quintaesencia del nihilismo. Y lo tiene muy teorizado: somos un imperceptible episodio banal en un infinito universo, la vida no vale nada, nada vale nada.
Sin embargo, Max, a pesar de sus límites, tiene clara una cosa: "El hombre está hecho con unas piezas en serie, a ti te falta una de esas piezas", le espeta a Vincent. Y se lo dice después de su declaración de nihilismo. Para Max el hombre está hecho para afirmar la vida, la belleza, el bien... y Vincent dice que vive para lo contrario. Pero miente. Es entonces cuando Max le quiere demostrar a dónde lleva el nihilismo y acelera el coche y se salta todos los semáforos. Vincent reacciona inmediatamente y se descompone porque lo suyo no era más que una pose para justificar su injustificable vida. Pero él no quiere morir.
NOTA: Este texto es un fragmento editado del primer capítulo de COMO EN UN ESPEJO, el último libro de Juan Orellana. Ya a la venta, ha sido publicado por Encuentro.