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SPE SALVI

La encíclica "de donde salen las tormentas"

Ortega y Gasset recuerda, en su obra El hombre y la gente, la dedicatoria que Paul Morand le había escrito en una biografía de Maupassant: "Le envío esta vida de un hombre que no esperaba". "¿Es posible – se pregunta Ortega –, literal y formalmente posible, un humano vivir que no sea un esperar?" ¿Es posible un humano existir en sociedad sin esperanza? ¿Cuál es el nuevo nombre de la esperanza? "Un hombre sin esperanza – diría Laín Entralgo – es un absurdo metafísico".

Ortega y Gasset recuerda, en su obra El hombre y la gente, la dedicatoria que Paul Morand le había escrito en una biografía de Maupassant: "Le envío esta vida de un hombre que no esperaba". "¿Es posible – se pregunta Ortega –, literal y formalmente posible, un humano vivir que no sea un esperar?" ¿Es posible un humano existir en sociedad sin esperanza? ¿Cuál es el nuevo nombre de la esperanza? "Un hombre sin esperanza – diría Laín Entralgo – es un absurdo metafísico".
Benedicto XVI

¿Qué es una sociedad sin esperanza? Durante muchos años, las imágenes de las sociedades comunistas eran las de los regímenes sin esperanza; se decía que Occidente, el desarrollado mundo del capitalismo, había perdido la fe y la caridad, pero mantenía la esperanza; mientras que el Oriente comunista, marxista dialéctico y por sistema, conservaba una aparente solidaridad –sobre todo dentro de la nomenclatura–, pero había perdido la esperanza. Pues no era así. Benedicto XVI, el Papa del amor, el Papa de la esperanza, nos acaba de enseñar, con su nueva encíclica Spe Salvi, que los nombres de la fe y de la esperanza son sinónimos para los hombres que viven las contradicciones de la historia.

Hablar de la esperanza es hablar del tiempo; hablar de la esperanza hoy es hablar de nuestro tiempo. Después de la publicación de esta encíclica, el texto probablemente más importante de la Iglesia en diálogo con la modernidad, cabe preguntarnos si el cristianismo contemporáneo ha abandonado, en gran medida, la predicación de la esperanza. Abandonar la palabra esencial de la esperanza cristiana es abandonar la realidad. Sorprende que en las homilías, en los sermones, en las prédicas y pláticas de hoy, la Sagrada Escritura se conjuga con el verbo presente de las noticias de los telediarios y con las ideas repetitivas de unos manuales de colorines con los que las generaciones de sacerdotes postconciliares se han formado bajo el dogma indiscutido de la pastoral. ¿Acaso esta encíclica no es un antídoto contra la sensación que tienen no pocos cristianos de desaliento, de desorientación y de abatimiento?

Juan Pablo II amonestando a Ernesto Cardenal, destacado teólogo de la liberaciónLa apostasía silenciosa de las grandes masas, en las urbes industrializadas, era, más que nos pese, apostasía de esperanza. La teología secular, que se ha infiltrado implícitamente en no pocas de las intervenciones de algunos eclesiásticos, mutiló la escatología utilizando denigrantes imágenes medievales. La esperanza pasaba, en el estudio de la teología, de la escatología, su lugar natural, el lugar en el que se habla del principio del hombre y del fin del hombre, a la moral, convirtiéndose así en el leit motiv de la ideología y haciendo de la fe en Cristo una fe liberadora, terrena, humana, demasiado humana y nada divina. Una fe que era confianza en el poder del grupo, en el socialismo utópico de la voluntad general. Una fe en el progreso de una Iglesia secular formada por eslóganes propagandísticos y construida sobre técnicas de animación de grupos y meditación trascendental. Cuando el cristianismo perdió el horizonte de la transmisión de la esperanza, que es y significa felicidad y progreso, se convirtió en ideología, ideología de progreso y de felicidad imaginada. El teólogo Hans Urs Von Balthasar explicó, en un memorable artículo, que en la teología de nuestro tiempo la escatología es "el rincón de donde salen las tormentas". Para la teología secular del siglo XIX y del XX, "el despacho de la escatología está cerrado".

Benedicto XVI ha tenido la valentía, con esta encíclica, de abrir la caja de los truenos de la historia del hombre, de la historia del cristianismo, para recuperar el auténtico principio de la esperanza. Balthasar afirmó que "la filosofía del tiempo y de la historia, del hombre y de su fin natural, de la finalidad del cosmos en general, son hoy otros tantos campos llenos de problemas sin resolver, que están aguardando a los trabajadores". No debemos olvidar nunca que Joseph Ratzinger se presentó en el Vaticano, nada más ser elegido Papa, como un humilde trabajador en la viña del Señor. Y eso ya se está notando.

Desde que el marxismo de Bloch se hiciera espiritual gracias a su principio de esperanza, se nos ha olvidado que el mayo del 68, y la voluntad de poder habían pasado la página de la esperanza para llegar a la de la utopía, que es ucronía de esperanza. Benedicto XVI nos ha devuelto a la realidad, y a la realidad de la esperanza.