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PÉRDIDA DE FE

El misterio de Navidad castrado

La fiesta más importante para el cristiano no es la Navidad, pero socialmente se suele tener a ésta por tal. Esto ya es muy indicativo de la percepción que se tiene del cristianismo en la vida española, aunque en general se podría decir también de Occidente. Y, claro, lo que se ve de uno mismo, en gran medida, es lo que uno es y muestra de sí.

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Esto evidentemente puede ser mal interpretado por el que me mira. Pero estamos hablando de España donde supuestamente, durante siglos, los cristianos eran una mayoría rayana en la unanimidad; se trata, en buena medida, de una cuestión de autopercepción.

La Navidad ha sufrido un proceso inflacionario a costa del misterio pascual. Éste, en la apreciación popular, no solamente ha sido relegado a un segundo lugar, sino que incluso ha visto cómo el peso ha recaído principalmente sobre la pasión y muerte de Cristo; la cincuentena pascual, la celebración de la Resurrección, ha quedado casi evaporada. Mirando el calendario marcha atrás, a "redrotiempo", vemos que la gravedad se ha invertido, el peso se ha retrotraído; de modo que la significación temporal va de más a menos en el futuro.

Pero ahora le toca a la Navidad sufrir la devaluación; la precipitación por no poder esperar el por-venir se la come. El primer lugar, está pasando al Adviento, al tiempo previo al 25 de diciembre. Y, cuando llega esta fecha, todo empieza a desinflarse; en la Epifanía, ya casi, más que la estrella, brilla su ausencia y de la Navidad, comercialmente, se habla ya en octubre. Este desplazamiento del centro hacia atrás en el almanaque, nos habla más de "regresismo" que de progresismo. Parece como si, conforme se fuera perdiendo la necesidad, por falta de fe, de celebrar la Resurrección, nos fuéramos socialmente situando antes de Cristo. Lo que en Europa no nos teletransporta al judaísmo, sino al paganismo.

Pero si la Resurrección, la Pasión y la Navidad van desinflándose, ¿a qué espera el Adviento? A un creciente futuro vacío; de hecho, como tal, no se conoce. En los meses previos a diciembre y en éste, de lo que se habla es de Navidad. Significativa es la proliferación de comidas y cenas de "Navidad" con compañeros de trabajo, del gimnasio o con grupos de amigos. Y, por aquello del espíritu rebañego, de la falta de personalidad, en las parroquias no hay, por ejemplo, conciertos de Adviento, sino de Navidad. Y el niño Jesús cada vez llega más prematuro a más belenes; al menos, a aquellos que todavía no han pasado a la clandestinidad. Unos pocos resisten heroicamente y el misterio navideño no se completa hasta después de la misa del gallo. ¿Pero qué hay en esta precocidad? Cada vez menos.

Los adornos que colocan los ayuntamientos son muy elocuentes; merecería la pena una fenomenología del tema. A mí me ha llamado la atención sobremanera el de una glorieta de Majadahonda (Madrid). Adorno navideño no es, tiene algo de instalación, incluso de obra de arte conceptual, pero ¿qué es? Por las bombillas y las fechas debe de ser una decoración ex–navideña. Quien la ha hecho es un genio; cuánto dice con tan pocos elementos. Se trata de cuatro figuras saturadas de lucecitas; dos renos flanqueados por sendos ángeles trompetistas. ¿Y qué más? Nada más; son la mejor expresión de la oquedad, de la creciente y retrógrada orfandad nihilista. A los renos les falta San Nicolás, que previamente fue suplantado por un gordo vestido con los colores de un refresco conocidísimo. A los ángeles, el niño Jesús y el resto del misterio. Y, como manifestación de la per–versión, en el centro, los astados y, al margen, los que apuntan a la Navidad.

Muchos dicen que hay que hacer algo para que la Navidad vuelva a ser lo que fue. Si es para volver a lo que fue socialmente, no me apunto, no suelo centrar mis empeños en afianzar efectos colaterales. El problema está en qué sea la celebración navideña para la comunidad de los creyentes. Y pienso que su recuperación, como la de tantas cosas, depende prin­cipalmente de una, de la fe en la Resurrección de Cristo. Si fuera existencialmente el centro, el Adviento recuperaría vigor, pues retoñaría la esperanza en su venida en gloria. Y, con él, la Navidad. Creo que es la única forma de revertir la vivencia del sentido del tiempo.

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