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LECCIÓN DE BENEDICTO XVI

El secreto de la libertad

Benedicto XVI se encontraba a gusto con los que serán futuros sacerdotes de su diócesis de Roma, en vísperas de la fiesta de la Virgen de la Confianza. Hermoso título. Y confiado a ella ha regalado a los seminaristas una de esas lecciones memorables, sin papeles, en las que vibra alegre la sinfonía del pensamiento del Papa Ratzinger. Una lección sobre la libertad y sobre la unidad de la Iglesia. Nada menos.

Jose Luis Restán
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Arrancó de las palabras de San Pablo a los Gálatas, "habéis sido llamados a la libertad", reconociendo que precisamente la libertad ha sido en todos los tiempos, pero especialmente en la edad moderna, el gran sueño de la humanidad. Y así las diversas filosofías e ideologías políticas han trazado sus programas para conseguir ese ansiado bien, que termina escapándose entre las manos. Pero ¿qué es la libertad y cómo podemos vivir en ella? Esta es la audaz provocación del obispo de Roma, al que muchos no concederían títulos para abordar semejante cuestión. Benedicto XVI encuentra la clave en las palabras de San Pablo: "que esta libertad no se convierta en pretexto para vivir según la carne, sino que mediante la caridad estéis al servicio los unos de los otros". En seguida se apresura el Papa a aclarar que ese "vivir según la carne" no se refiere al cuerpo sino que significa hacer del yo un absoluto, un yo que piensa no depender de nada ni de nadie y que así imagina poseer realmente la libertad.

A renglón seguido entra de lleno en la crítica del núcleo duro de la cultura tributaria de los mitos del 68, que hacían de la disolución de todos los vínculos (tradición, familia, religión) el camino hacia la plena libertad. Ese yo convertido en absoluto, advierte Benedicto XVI, se traduce en degradación del hombre, no es la conquista de la libertad sino su fracaso. Por el contrario, como señala San Pablo con sagacidad, la libertad se realiza paradójicamente en el servicio: llegamos a ser libres en la medida en que nos hacemos servidores los unos de los otros. Y es que el hombre absoluto, capaz de autodeterminarse aislado de cualquier vínculo, es ante todo una mentira, simplemente no somos así. Y aquí entra la segunda gran polémica que establece Benedicto XVI con la cultura dominante: según él, la verdad del hombre es ser criatura, y por tanto dependiente de su Creador. Según las diversas formas del ateísmo ésta sería la principal dependencia de la que liberarnos, pero como explica el Papa, esa lucha contra el Creador sólo sería comprensible si éste fuese un tirano al estilo de los tiranos humanos, pero no si es el Dios-amor.

Por el contrario, el Dios que nos ha revelado su rostro en Jesucristo y que nos ama hasta el don de sí mismo en la cruz, nos hace comprender que la libertad consiste en estar en relación con Él, una relación que satisface nuestro deseo y nos hace gustar la alegría de vivir juntos. "Libertad humana es, por una parte, estar en la alegría y en el espacio amplio del amor de Dios, pero implica también ser una sola cosa con los otros y para los otros". Aquí aparece la idea tan querida para Benedicto XVI de que sólo una libertad compartida puede ser verdadera libertad humana, sólo insertándonos en una red de dependencias que nos hace una sola familia, estamos en camino hacia la liberación común. Una liberación que sólo puede darse en el respeto a la verdad del hombre, porque si no se reconoce esa verdad, la libertad se convierte en puro arbitrio, en violencia y lucha de poder.

Después de esta aproximación vertiginosa a la gran cuestión de la libertad, el Papa quiso comentar otro fragmento de la carta de San Pablo a los Gálatas y aplicarlo a la actualidad de la Iglesia. Es aquel en que el apóstol amonesta con palabras duras a los miembros de esa comunidad, diciéndoles que si se muerden y devoran unos a otros terminarán destruyéndose mutuamente. Según Benedicto XVI esas polémicas nacen allí donde la fe degenera en intelectualismo y la humildad es sustituida por la arrogancia de creerse unos mejores que los otros. Es así como nace una caricatura de la Iglesia, que debería ser una sola alma en un solo cuerpo.

No hay duda de que el Papa pensaba en las polémicas destructivas que han sacudido a la Iglesia en las últimas semanas, aunque todas ellas tienen raíces muy viejas. Sobre todo llama la atención la denuncia de lo que denomina la arrogancia intelectual en relación con la fe, una arrogancia típica de los que se consideran sabios y expertos, frente a la supuesta torpeza de los apóstoles y sus sucesores. Sí, tan viejo como una historia de dos mil años. La medicina para esta enfermedad sólo puede ser la conversión, insertarnos con humildad en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, entrar en la obediencia de la fe que nos abre el espacio de la libertad, del amor y de la alegría. Con increíble inteligencia y mansedumbre, el Sucesor de Pedro nos la ha recetado a todos, ése es el ministerio de su paternidad incomprendida.
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