
Como pista, se puede tomar en consideración la enérgica campaña de los grupos progres como "Americanos Unidos por la separación Iglesia-Estado". Llaman "discriminación religiosa" que viola la separación Iglesia-Estado a las subvenciones a grupos religiosos. Prometen convertirlo en tema fundamental de futuras campañas electorales.
Lo que la gente piensa sobre el tema depende del sesgo que se le dé. Si usted pregunta: ¿Cree usted que los grupos religiosos deberían ser específicamente excluidos de los contratos públicos para prestar servicios de ayuda humanitaria y benéfica? La respuesta que recibirá es: Probablemente no. Pero si usted pregunta: ¿Cree usted que viola la separación Iglesia-Estado y la Constitución el obligar a los contribuyentes a subsidiar el trabajo benéfico de organizaciones religiosas partidistas? La respuesta que recibirá es: Probablemente sí.
Cómo se presenta el tema, quién o qué gane el argumento de cómo presentar el caso, cuál debería ser o no el resultado y cómo debería destinarse el dinero son todos temas que prometen dividir a la opinión pública en el futuro.
Hay aspectos preocupantes en esto.
Primero, los republicanos presentarán su caso, asumiendo que los grupos religiosos sufren algún perjuicio o son excluidos de la vida pública si no reciben subsidios. Esto es absurdo.
Según Independent Sector, el 60% de los hogares hacen donaciones a congregaciones religiosas, que casi en su totalidad prestan algún tipo de servicio que podría catalogarse como obra de caridad. La mayoría de estos hogares donan a organizaciones tanto laicas como religiosas, pero las organizaciones religiosas reciben la mayor parte (alrededor de 1.391 dólares por año y hogar).
A pesar de lo mucho que el gobierno ha dado desde que el presidente Bush está en el cargo, es sólo una gota de agua si lo comparamos con el océano de aportaciones económicas privadas disponibles y operativas. Pero seguro que las encuestas de la Casa Blanca indican que muchos de sus defensores apoyan estos programas a favor de las congregaciones religiosas.
Yo preferiría mil veces ver a un presidente que exhortase a la gente a que donara más a las instituciones benéficas en lugar de exhortar a los votantes a que apoyen programas gubernamentales dirigidos a organizaciones religiosas y que crease incentivos y redujese las sanciones cuando se hacen donaciones. Lo que me molesta
es la idea de que la aportación económica privada es, de alguna manera, culturalmente insignificante mientras que el subsidio público, de alguna manera, confiere legitimidad a las instituciones y a su lugar en la sociedad.
El segundo aspecto preocupante y mucho más significativo viene por el lado del Partido Demócrata y los progres, con esa idea de que la influencia de la religión en la vida pública es perniciosa, temible y evitable; como si fuera algo que, de alguna manera, corrompe algo que, de lo contrario, sería un sistema objetivo y laico puro de bienestar para todos.
¿Pueden estos grupos defender sus argumentos contra los subsidios públicos para la religión sin avivar también el resentimiento contra los creyentes? Dada su dura retórica y las advertencias histéricas sobre la llegada de una teocracia, no estoy muy seguro.
Aquí está la pregunta a la que ambos lados necesitan enfrentarse. ¿Es posible defender un perfil alto para la religión en las labores caritativas sin que el tema se convierta en algo tan atrozmente politizado? Ciertamente se puede. En realidad es la tradición americana en la práctica. En buena parte, separar la religión del gobierno es necesario para proteger la fe contra la corrupción que aparece acompañando a la política.
¿Pero cómo pueden unos pocos cientos de millones miserables provenientes del gobierno producir este efecto? Los subsidios del pesebre público son más fáciles de conseguir en grandes cantidades que las aportaciones privadas. Sí, hay papeleo, pero es más dinero además de ser algo seguro. Una vez que una institución religiosa llega a verse favorecida con subvenciones, ya se puede relajar y preocuparse menos en buscar aportaciones privadas. Y lentamente, el objetivo de su misión empieza a cambiar.
La sola perspectiva del subsidio puede provocar cambios en las prioridades institucionales. Por supuesto, las religiones "extremistas" (o sea, aquellas que tienen una identidad clara, firme y segura) no serán tan elegibles como las que van escondiendo su agenda religiosa. He visto muchos casos de esta tendencia moderadora en organizaciones religiosas.
Uno puede fácilmente imaginar cómo las finanzas públicas podrían dañar ciertamente las aportaciones privadas, inspirando una actitud tipo "ya-doné-con-mis-impuestos" entre los donantes en potencia. ¿Por qué va a desembolsar alguien su dinero cuando sabe que sus impuestos ya están aliviándole de sus obligaciones?
Además, es difícil discutirles a los demócratas su afirmación de que los contribuyentes tienen el derecho a no aportar dinero para proyectos religiosamente partidistas. Siempre ha habido un pacto en la política americana, aunque se haya seguido de manera imperfecta: Las organizaciones religiosas se costean a sí mismas a través de medios privados y son libres de influenciar la cultura de la manera que puedan. Los que detestan la religión de forma general o alguna religión en particular son libres de hacerlo y no deben temer que los dólares de sus impuestos estén siendo usados para esos fines.
Esta es la forma en la que el pluralismo religioso debería funcionar. Siempre que el estado se ha metido a apoyar la religión, podemos predecir con seguridad el aumento de la intolerancia religiosa. Los católicos saben del odio dirigido contra ellos por la política de Nueva York a finales del siglo XIX, pero pocos saben que el subsidio público a las escuelas parroquiales tuvo mucho que ver con eso. Una forma más refinada de esa misma intolerancia está en funcionamiento hoy en día y no es solamente contra católicos sino contra creyentes de toda fe.
Jim Towey se va para ser presidente de St. Vincent College, una pequeña pero excelente escuela católica en Latrobe, Pensilvania. Pienso que en ese puesto tendrá un mayor y más positivo impacto en las vidas de otras personas. De la misma manera, los creyentes deberían usar mucho más sus propios recursos y donantes para así olvidar esta campaña de financiación tributaria. Los peligros son demasiado grandes, no para el Estado sino para la percepción pública de las organizaciones benéficas.
Si nos gustan las obras de caridad, las apoyamos y queremos verlas desarrollarse con fuerza, mantengámoslas financiadas de forma privada. Y donemos.
El padre Robert Sirico es sacerdote católico y presidente del Instituto Acton para el Estudio de la Religión y la Libertad en Grand Rapids, Michigan.
* Traducción por Miryam Lindberg del texto original en inglés.